– ¿Qué?
– ¡Se parece tanto a su padre! Es como una copia de Holberg y no puede vivir con eso. No puede. No después de enterarse de lo que Holberg le hizo a su madre. Dijo sentirse como encerrado en el cuerpo de su padre. Dice que por sus venas corre la sangre de Holberg y que no lo puede soportar.
– ¿De qué estás hablando?
– Es como si se odiara a sí mismo -explicó Elín-. Dice que ya no es el mismo de antes, que ahora es otra persona y se siente culpable por lo que ha pasado. No quiso escuchar lo que yo le decía.
Erlendur bajó la vista para mirar el álbum de fotos y la imagen de la niña del hospital.
– ¿Por qué quería hablar contigo?
– Quería conocer la historia de Audur. Quería saberlo todo. Qué clase de niña era. Cómo murió. Dijo que yo era su nueva familia. ¿Te imaginas?
– ¿Dónde habrá ido? -se preguntó Erlendur mirando su reloj.
– Por amor de Dios, procura encontrarlo antes de que sea demasiado tarde.
– Haremos lo que podamos -dijo Erlendur.
Iba a despedirse, pero notó cierta indecisión en la voz de Elín.
– ¿Qué ocurre? ¿Hay algo más?
– Vio cómo desenterrabais a Audur -dijo Elín.
– ¿Lo vio?
– Me había encontrado a mí y le bastó con seguirme hasta el cementerio para ver cómo sacabais el ataúd de la tierra.
Capítulo 41
Erlendur hizo que intensificasen la búsqueda de Einar. Se distribuyeron fotografías suyas por todas las comisarías de Reikiavik y de los alrededores, así como por los pueblos más importantes del país; se enviaron comunicados a la prensa y a la televisión. Erlendur dio instrucciones de no molestar al hombre; en caso de detectar su paradero debían limitarse a avisarle a él, sin hacer nada más. Erlendur habló brevemente con Katrín, quien le dijo que no sabía nada de su hijo. Los dos hijos mayores estaban con ella. Les había contado la verdad. Ellos tampoco sabían nada de su hermano. Albert seguía en su habitación del Hotel Esja, no había salido de allí en todo el día. Hizo dos llamadas, las dos a su empresa.
– Qué drama -murmuraba Erlendur, camino de su despacho.
No habían encontrado nada en la vivienda de Einar que pudiera indicarles dónde estaba.
Iba pasando el día e iban repartiéndose los trabajos. Elinborg y Sigurdur Óli hablaron con la ex esposa de Einar y Erlendur se fue al Centro de Secuenciación Genética, situado en un gran edificio nuevo de cinco plantas, dotado de una rigurosa vigilancia en la entrada. Dos agentes de seguridad privada recibieron a Erlendur en un espléndido vestíbulo. Había anunciado su llegada de antemano y el director de la empresa se había visto obligado a recibirle y dedicarle algunos minutos.
El director era uno de los propietarios de la empresa. En realidad era una directora, una genealogista islandesa, educada en Gran Bretaña y Estados Unidos, que había sido quien sugirió la idea de Islandia como país adecuado para estudios genealógicos con fines farmacéuticos. Con la ayuda de la base de datos se podían reunir todos los informes médicos del país en un mismo lugar y sacar de ahí información sanitaria, que podía ser útil en la búsqueda de genes defectuosos.
La directora recibió a Erlendur en su despacho. Se llamaba Karitas, era una mujer de unos cincuenta años, delgada, con el pelo negro corto y una sonrisa agradable. Era más baja de lo que parecía cuando salía en los programas de televisión. No entendía el porqué de la visita de la policía a la empresa. Invitó a Erlendur a sentarse.
Mientras observaba los cuadros contemporáneos islandeses que colgaban de las paredes, Erlendur le dijo que había razones para pensar que alguien se había introducido ilegalmente en la base de datos y había extraído cierta información relacionada con los individuos afectados. Él mismo no entendía exactamente lo que estaba diciendo, pero Karitas pareció entenderlo. Erlendur se sintió aliviado cuando ella le respondió sin entretenerse en dar vueltas al asunto. Había esperado encontrar más resistencia. La ley del silencio.
– Este tema es muy delicado por tratarse de información sobre personas -dijo ella en cuanto Erlendur terminó su historia-. Por lo tanto, tengo que pedirte que todo lo que te diga quede entre nosotros. Hace algún tiempo que sabemos que la base de datos ha sido forzada. Hemos abierto una investigación interna en la empresa. Todo parece indicar que el responsable fue uno de los biólogos, pero no hemos podido hablar con él todavía porque ha desaparecido de la faz de la tierra.
– ¿Einar?
– Sí, Einar. Aún estamos creando la base de datos, por decirlo de alguna manera, pero evidentemente no queremos que se sepa que es posible descifrar el código secreto y sacar información. ¿Me entiendes? Aunque en este caso el problema no sea el código secreto.
– ¿Por qué no habéis avisado a la policía?
– Como te he dicho, hemos intentado solucionarlo desde dentro. Para nosotros es un asunto espinoso. La gente confía en que toda la información de la base esté a salvo, segura, que no vaya a ser utilizada para propósitos dudosos, ni mucho menos quedar expuesta a robos. Como debes saber, la población está muy sensibilizada con relación a esta base de datos y queríamos evitar una reacción adversa en masa.
– ¿En masa?
– A veces parece que toda la nación está en contra de lo que hacemos.
– ¿Pudo alguien descifrar el código? ¿Por qué dices que en este caso el código no es el problema?
– Estás haciendo que esto parezca una novela de suspense. Lo hizo sin tener que descifrar ningún código. Utilizó otros medios.
– ¿Qué hizo?
– Improvisó un trabajo de investigación que no estaba aprobado. Falsificó firmas, entre ellas la mía. Hizo ver que la empresa estaba investigando una enfermedad hereditaria que se había identificado en algunas familias de aquí. Engañó al Consejo de Informática, que es una especie de guardián de la base de datos. Engañó al Consejo de Ética Científica. Nos engañó a todos.
Se calló un momento y miró su reloj. Se levantó y fue hasta su escritorio, desde el que habló con su secretaria. Dio órdenes de retrasar una reunión unos diez minutos y volvió a sentarse con Erlendur.
– Ése ha sido el procedimiento hasta ahora -dijo.
– ¿El procedimiento? -preguntó Erlendur.
Karitas le miró pensativa. El móvil empezó a sonar en el bolsillo de Erlendur, éste se disculpó y contestó. Era Sigurdur Óli.
– El departamento técnico está revisando la vivienda de Einar -dijo-. Les he llamado y me dicen que no han encontrado gran cosa, sólo un permiso de armas que Einar consiguió hace unos dos años.
– ¿Permiso de armas? -repitió Erlendur.
– Lo tenemos registrado. Pero eso no es todo. Tiene una escopeta y han encontrado el cañón recortado debajo de su cama.
– ¿Cañón?
– Ha recortado el cañón.
– ¿Quieres decir…?
– Lo hacen a veces. Así es más fácil acertar.
– ¿Piensas que puede ser peligroso?
– Cuando le encontremos tendremos que acercarnos con cautela. Es imposible saber qué piensa hacer con una escopeta -dijo Sigurdur Óli.
– No creo que vaya a matar a nadie con ella -repuso Erlendur, que se había levantado y daba la espalda a Karitas expresamente.
– ¿Por qué no?
– Porque en ese caso ya la habría utilizado -contestó Erlendur suavemente-. Por ejemplo con Holberg. ¿No crees?
– Yo no sé nada.
– Nos vemos -se despidio Erlendur, apagó el móvil y volvió a disculparse antes de sentarse.
– Hasta ahora, ése ha sido el procedimiento -siguió Karitas como si no hubiera habido interrupción-. Solicitamos permiso a esos consejos para emprender cualquier investigación científica, tal como hizo Einar, en este caso para investigar la posible herencia de una enfermedad concreta. Recibimos una lista codificada con los nombres cifrados de las personas que sufren esa enfermedad o que son posibles portadores y esa lista se compara con una base genealógica codificada. De ahí sale un árbol genealógico asimismo codificado.