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– ¿En qué soy idiota? -preguntó Cicerón indignado.

– Pues cuando escribes esas tontas poesías, por ejemplo. Y también cuando intentas ganarte una reputación de entendido en arte. Cuando gastas en exceso, sobre todo en un desfile de villas en las que nunca tendrías tiempo de vivir aunque viajases constantemente, cosa que no haces. Cuando mimas a Tulia de ese modo tan atroz. O cuando les haces la pelota a personas como Pompeyo Magnus.

– ¡Basta!

Terencia desistió y lo miró con aquellos ojos suyos que nunca se iluminaban de amor. Lo cual era una lástima, porque la verdad era que ella lo amaba muchísimo. Pero conocía bien las muchas debilidades de su marido, aunque ella no tuviera ninguna. A pesar de que Terencia no ambicionaba que se la considerase la nueva Cornelia, madre de los Gracos, sí poseía todas las virtudes propias de una matrona romana, cosa que hacía que a un hombre del carácter de Cicerón le resultase extremadamente difícil convivir con ella. Frugal, hacendosa, fría, testaruda, intransigente, sin pelos en la lengua, sin miedo a nadie y consciente de que estaba a la altura de cualquier hombre en cuanto a vigor mental. Ésa era Terencia, que no soportaba con alegría a ningún tonto, ni siquiera a su marido. Ni por asomo intentaba comprender la inseguridad de Cicerón y su complejo de inferioridad, porque su propia cuna era impecable y su ascendencia romana se adentraba en el pasado generaciones y generaciones. Para Terencia lo mejor que podía hacer su marido era relajarse e introducirse en el corazón de la sociedad romana pegado a las faldas de ella; en cambio, él se empeñaba en relegarla a la oscuridad doméstica y volaba en mil direcciones en busca de una aristocracia que no podía reclamar para sí.

– Deberías pedirle a Quinto que viniera -le dijo ella.

Pero Cicerón era tan incompatible con su hermano menor como con Terencia, así que el cónsul senior movió hacia abajo las comisuras de la boca y dijo que no con la cabeza.

– Quinto es tan malo como el resto de ellos, cree que estoy haciendo una montaña de un cubo de arena. Pero mañana veré a Ático, él sí que me ha creído. Pero claro, es un caballero y tiene sentido común.

– Se quedó pensando unos instantes y luego añadió-: Léntulo Sura se ha mostrado muy grosero conmigo en los saepta. No logro entender por qué. Sé que hay muchos en el Senado que me culpan de echar a perder las oportunidades de Catilina, pero había algo muy extraño en Léntulo Sura. Daba la impresión de que hubiera algo que… que le importase demasiado.

– ¡El y su Julia Antonia tienen esos espantosos zoquetes de hijastros! -comentó Terencia con desprecio-. A uno le resultaría difícil encontrar una pandilla más inútil. No sé cuál de ellos me fastidia más, si Léntulo, Julia Antonia o esos horribles hijos que ella tiene.

– A Léntulo Sura le ha ido bastante bien, teniendo en cuenta que los censores lo expulsaron hace siete años -dijo Cicerón, contemporizador-. Volvió a entrar en el Senado a través del cargo de cuestor y ha empezado de nuevo su carrera. Fue cónsul antes de que lo expulsaran, Terencia. Debe de ser una caída muy traumatizante tener que volver a ser pretor en esta época de su vida.

– Lo mismo que su esposa, es un incompetente -dijo Terencia sin mostrar comprensión.

– Sea como sea, lo de hoy ha sido muy extraño.

Terencia resopló.

– En más aspectos, aparte de lo de Léntulo Sura.

– Mañana averiguaré qué sabe Ático, y es probable que sea interesante -dijo Cicerón bostezando hasta que los ojos se le humedecieron-. Estoy cansado, querida mía. ¿Puedo pedirte que me envíes a nuestro querido Tirón? Tengo que dictarle algo.

– ¡Sí que debes de estar cansado! No es propio de ti pedir que alguien que no seas tú te escriba las cosas, ni siquiera Tirón. Te lo enviaré, pero sólo un ratito. Necesitas dormir.

Cuando Terencia se levantó de la silla Cicerón le tendió una mano para ayudarla y sonrió.

– ¡Gracias por todo, Terencia! Qué distinto es tenerte a mi lado.

Terencia cogió la mano que le tendía su marido, la apretó con fuerza y le dirigió a Cicerón una sonrisa más bien tímida, infantil e inmadura.

– No hay de qué, marido -dijo; y luego se apresuró a salir de la habitación antes de que el estado de ánimo pudiera ponerse sentimentaloide.

Si alguien le hubiese preguntado a Cicerón si amaba a su esposa, éste habría contestado al instante de modo afirmativo, y tal respuesta habría sido verdad. Pero ni Terencia ni Quinto Cicerón ocupaban un lugar tan importante en el corazón de Cicerón como algunas otras personas, sólo una de las cuales era pariente de él. Esa persona, desde luego, era su hija Tulia, un cálido y chispeante contraste con su madre. El hijo que tenían era aún demasiado pequeño para haber podido abrirse camino en los fuertes afectos de Cicerón; y quizá el pequeño Marco nunca se abriera camino en el corazón de su padre, pues era de un carácter más parecido al del hermano de Cicerón, Quinto, que era impulsivo, con mucho genio, engreído y no un prodigio precisamente.

Entonces, ¿quiénes eran esas otras personas?

El nombre que primero le hubiera acudido a la mente a Cicerón era el de Tirón. Tirón era su esclavo, pero también formaba parte, literalmente, de la familia, cosa que de hecho ocurría en una sociedad en cuyo seno los esclavos no eran tanto seres inferiores como objeto desafortunado de las leyes de la propiedad y de la posición social. Porque los esclavos domésticos de un romano vivían en cercana -en realidad, casi íntima- proximidad con las personas libres de la casa, eran como miembros de la familia y tenían todas las ventajas y desventajas que ello comportaba. El entretejido de personalidades era muy complejo, las tormentas, grandes y pequeñas, iban y venían, existían focos de poder tanto en la parte servil como en la libre, y sólo el amo estricto podía permanecer insensible a las presiones serviles. En la casa Tulia, la casa de Cicerón, los esclavos tenían que andarse con ojo con Terencia, pero incluso Terencia era incapaz de resistirse a Tirón, que sabía tranquilizar al pequeño Marco con tanta facilidad como sabía convencer a Tulia de que su madre tenía razón.

Había llegado a la casa Tulia de joven; era un griego que se había vendido a sí mismo como esclavo como una alternativa preferible a estancarse en un pobre y oscuro pueblo de Beocia. Que se hubiese ganado el afecto de Cicerón era inevitable, porque era un hombre tierno y tan bueno cuan brillante en su trabajo de secretario; la clase de persona a la que uno no puede evitar querer. Como Tirón era sensato y considerado de un modo soportable, ni siquiera el más desagradable y egoísta de sus compañeros esclavos de la casa Tulia podían acusarle de ir contando comadreos para ganarse el favor del amo o el ama; aquella dulzura suya se hacía extensible también a las relaciones con sus compañeros esclavos y hacía que ellos también lo quisieran.

Sin embargo, el cariño de Cicerón hacia él pesaba más que todos los demás. No sólo eran excelentes el griego y el latín de Tirón, sino también su instinto literario, y cuando Tirón lanzaba una débil mirada de desaprobación ante alguna frase o ante la elección de algún adjetivo, su amo se detenía y reconsideraba de nuevo la elección que a Tirón le molestaba. Tirón escribía una taquigrafía impecable, luego lo transcribía en una caligrafía clara y lúcida, y nunca osaba alterar ni una sola palabra.

En la época del consulado, éste, el más perfecto de todos los sirvientes, llevaba en el seno de la familia cinco años. Desde luego, ya estaba emancipado en el testamento de Cicerón, pero en el transcurso normal de los acontecimientos sus servicios como esclavo continuarían durante diez años más, después de los cuales pasaría a formar parte de la clientela de Cicerón como un próspero esclavo manumitido; su salario ya era elevado, y siempre era el primero en recibir otro aumento de sus estipendios. Así que en la casa Tulia todo se reducía a algo muy sencillo: ¿cómo sería la casa sin Tirón? ¿Cómo podría sobrevivir Cicerón sin Tirón?