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El segundo de la lista era Tito Pomponio Ático. Aquélla era una amistad que se remontaba a muchos años atrás. Cicerón y él se habían conocido en el Foro cuando Cicerón era un joven prodigio y Ático aprendía para con el tiempo encargarse de los múltiples negocios de su padre, y después de la muerte del hijo mayor de Sila -que había sido el mejor amigo de Cicerón-, fue Ático quien ocupó el lugar del joven Sila, a pesar de ser cuatro años mayor que Cicerón. El nombre familiar de Pomponio era considerablemente distinguido, porque los Pomponios eran de hecho una rama de los Cecilios Metelos, y eso significaba que pertenecían al verdadero meollo de la alta sociedad romana. También significaba que, si Ático así lo hubiera querido, la carrera en el Senado y quizá el consulado habrían estado a su alcance. Pero el padre de Ático había ansiado las distinciones senatoriales, y por ello había sufrido con las idas y venidas de las facciones que controlaban Roma durante aquellos terribles años. Firmemente colocado entre las filas de las Dieciocho -las dieciocho Centurias de más categoría de la primera clase-, Ático había renunciado tanto al Senado como a los cargos públicos. Sus inclinaciones iban de la mano de sus deseos, que eran hacer tanto dinero como fuera posible y pasar a la historia como uno de los grandes plutócratas de Roma.

En aquellos primeros tiempos, como su padre antes que él, era simplemente Tito Pomponio. No tenía tercer nombre. Luego, durante los turbulentos y escasos años de gobierno de Cinna, Ático y Craso habían formado el proyecto de una compañía para recaudar los impuestos y los bienes en la provincia de Asia, que Sila había vuelto a arrebatarle al rey Mitrídates. Habían ordeñado el capital necesario de una horda de inversores, pero sólo para encontrarse con que Sila prefería regular la administración de la provincia de Asia de un modo que impedía que los publicani romanos se beneficiasen de ello. Tanto Craso como Ático se vieron obligados a huir de los acreedores, aunque Ático logró llevarse consigo su fortuna personal y por tanto tuvo los recursos para poder vivir de una manera extremadamente confortable mientras estuvo en el exilio. Se instaló en Atenas, y le gustó tanto que siempre la llevó en primer lugar en su corazón.

No supuso para él ningún problema crearse una buena reputación con Sila cuando aquel hombre formidable regresó a Roma como dictador, y Ático -llamado ahora así a causa de sus preferencias hacia Atica, la tierra ateniense donde había vivido- quedó libre para vivir en Roma. Cosa que él empezó a hacer a temporadas, pues nunca se desprendió de su casa de Atenas, a la que solía ir con regularidad. También adquirió enormes extensiones de tierras en el Epiro, la parte de Grecia que queda en la costa del mar Adriático, al norte del golfo de Corinto.

La predilección de Ático por los jóvenes amantes masculinos era bien conocida, pero extraordinariamente libre de tacha en un lugar tan homofóbico como era Roma. Eso se debía a que él sólo se lo permitía cuando viajaba a Grecia, donde tales preferencias constituían la norma, incluso aumentaban la reputación de un hombre. Cuando estaba en Roma no dejaba traslucir, ni de palabra ni con la mirada, que practicara el amor griego, y este rígido control de sí mismo permitía que su familia, sus amigos y sus iguales en sociedad fingieran que no había una parte diferente en Tito Pomponio Ático. Cosa que era importante también porque Ático se había hecho enormemente rico y tenía gran influencia en los círculos mercantiles. Entre los publicani -que eran hombres de negocios que pujaban por conseguir contratos públicos-, era el más poderoso y el más influyente. Banquero, magnate de una flota de barcos de transporte, príncipe mercante, Ático tenía una inmensa importancia. Si por sí mismo no tenía poder suficiente para hacer que un hombre fuera nombrado cónsul, ciertamente sí que podía hacer muchísimo por ayudar a ese hombre, como había ayudado a Cicerón en su campaña.

También era el editor de Cicerón, pues había decidido que hacer dinero resultaba un poco aburrido, y la literatura suponía un cambio refrescante. Extremadamente bien educado, tenía una natural afinidad con los hombres de letras, y adivinaba el estilo de Cicerón con las palabras como pocos. Al mismo tiempo le divertía y le satisfacía ser patrón de escritores… lo que además le permitía sacar algún dinero de ellos. La editorial que puso en el Argileto como negocio rival del de los Sosios prosperó. Sus relaciones proveían de un filón de nuevos talentos cada vez más extenso, y sus copistas producían manuscritos de precios elevados.

Alto, delgado y de aspecto austero, habría podido pasar por padre de nada menos que Metelo Escipión, aunque los lazos de sangre no eran cercanos, pues Metelo Escipión sólo era un Cecilio Metelo en virtud de su adopción. Pero no obstante, aquel parecido de hecho significaba que todos los miembros de las Familias Famosas entendían que su linaje era impecable y de gran antigüedad.

Amaba sinceramente a Cicerón, pero era insensible a las debilidades ciceronianas, en lo cual seguía el ejemplo establecido por Terencia, también muy acaudalada y poco dispuesta a sacar de apuros a Cicerón cuando las finanzas de éste así lo requerían. En la única ocasión en que Cicerón había reunido el valor necesario para pedirle a Ático un préstamo insignificante, su amigo se había negado con tanta obstinación que Cicerón nunca más le había vuelto a pedir ninguno. De vez en cuando tenía la esperanza de que Ático se lo ofreciera, pero éste nunca lo hizo. Muy bien dispuesto a procurarle estatuas y otras obras de arte a Cicerón en los extensos viajes que realizaba a Grecia, Ático también insistía en que su amigo se las pagase… y también que le pagase los costes del transporte hasta Italia. Por lo que no le cobraba, suponía Cicerón, era por el tiempo que empleaba en buscarlas. En vista de todo eso, ¿se podía decir que Ático fuese un tacaño incurable? Cicerón no lo creía así, porque Ático, al contrario que Craso, era un anfitrión generoso y les pagaba buenos salarios a sus esclavos y a sus empleados libres. Más que el hecho de que a Ático le importase el dinero, era que lo consideraba un artículo merecedor de enorme respeto y no soportaba otorgarlo gratuitamente a aquellos que no le tenían el mismo respeto. Cicerón era un tipo extravagante, un diletante, un despilfarrador en caliente y en frío; por lo tanto él no podía tener el dinero en la estima que se merecía.

El tercero de la lista era Publio Nigidio Figulo, de una familia tan antigua y venerable como la de Ático. Igual que éste, Nigidio Figulo -el apodo Figulo significa trabajador con arcilla, alfarero, aunque la familia no sabía cómo se había ganado ese nombre el primer Nigidio que lo llevó- había renunciado a la vida pública. En el caso de Ático, la vida pública habría significado renunciar a todas las actividades comerciales que no surgieran de la posesión de tierras, y Ático amaba el comercio más que la política. En el caso de Nigidio Figulo, la vida pública habría erosionado con demasiada voracidad su mayor amor, que era la afición por los aspectos más esotéricos de la religión. Reconocido como el mejor experto en el arte de la adivinación tal como lo practicaban los etruscos, desaparecidos en tiempos remotos, sabía más acerca del hígado de las ovejas que ningún carnicero o veterinario. Entendía el vuelo de los pájaros, los dibujos que formaban los destellos de los relámpagos, los sonidos del trueno, los movimientos de tierra, los números, las bolas de fuego, las estrellas fugaces, los eclipses, los obeliscos, los monolitos, las pirámides, las esferas, los túmulos, la obsidiana, el sílex, la forma y color de las llamas, los pollos sagrados y todas las circunvoluciones que un intestino animal podía producir.

Naturalmente, era uno de los custodios de los libros proféticos de Roma y una mina de información para el Colegio de los Augures, entre cuyos miembros no había ninguno que fuera una autoridad en materia de augurio, pues los augures no eran ni más ni menos que funcionarios religiosos elegidos que estaban legalmente obligados a consultar unas tablas antes de pronunciar los presagios favorables o desfavorables. El deseo más ardiente de Cicerón era ser elegido augur -no era tan tonto como para pensar que tenía oportunidades de ser elegido pontífice-; había prometido que cuando lo fuera él sabría más de augurios que cualquiera de los demás que, ya fueran electos o elegidos por cooptación, se adentraban tranquilamente en el cargo religioso porque sus familias tenían derecho a ello.