A nadie le apetecía comer ni beber; Cicerón dejó salir a Cepario del armario y llamó a los alóbroges que estaban en el comedor. Las ganas de pelea que hubiera podido tener Cepario antes de que lo encerrasen le habían abandonado por completo; el armario de Cicerón había resultado ser casi hermético y Cepario salió de allí como desvariando.
¡Un pretor en el cargo que era un traidor! Y que además había sido cónsul antes. ¿Cómo manejar aquello de un modo que hiciera honor a aquel Hombre Nuevo, a aquel huésped, a aquel residente forastero procedente de Arpinum? Al final Cicerón atravesó la habitación hacia donde se encontraba Léntulo Sura, cogió la lacia mano derecha de aquel hombre y se la apretó con fuerza.
– Vamos, Publio Cornelio -le dijo con gran cortesía-, es hora de ir al templo de la Concordia.
– ¡Qué raro! -dijo Lucio Cotta cuando la doble fila de hombres cruzó el Foro inferior desde las escaleras Vestales hasta el templo de la Concordia, separado de la cámara de ejecución Tuliana por las escaleras Gemonias.
– ¿Raro? ¿Qué hay de raro? -preguntó Cicerón, que todavía llevaba de la mano al flojo Léntulo Sura.
– Justo en este momento los contratistas están poniendo la nueva estatua de Júpiter Optimo Máximo sobre la peana en el interior del templo. ¡Ya era hora de que se hiciera! Hace casi tres años que Torcuato y yo lo prometimos.
– Lucio Cotta se estremeció-. ¡Cuántos presagios!
– Hubo muchos en tu año -le dijo Cicerón-. Sentí ver a la vieja loba etrusca perder al bebé que mamaba de ella a causa de aquel rayo. ¡Me gustaba ver aquella expresión tan de perrita que tenía la loba en el rostro! Le daba su leche a Rómulo, pero sin preocuparse de él lo más mínimo.
– Nunca comprendí por qué no estaba amamantando a dos bebés -dijo Cotta; luego se encogió de hombros-. Oh, bueno, quizás entre los etruscos la leyenda dijera que sólo había un niño. Pero lo que es seguro es que la estatua es anterior a Rómulo y Remo, y todavía nos queda la loba.
– Tienes razón -convino Cicerón mientras ayudaba a Léntulo Sura a subir los tres escalones que conducían hasta el porche del templo, que era bastante bajo-, es un presagio. ¡Confío en que orientar al Gran Dios hacia el Este signifique que se van a producir cosas buenas!
– Se detuvo bruscamente al llegar a la puerta-. ¡Edepol, vaya apreturas!
La voz se había corrido rápidamente. El templo de la Concordia estaba hasta los topes para dar cabida a todos los senadores que se hallaban presentes en Roma, porque los que estaban enfermos también acudieron. La elección de aquel local no obedecía únicamente al capricho, aunque Cicerón tenía un tic acerca de la concordia entre las distintas categorías de hombres romanos; se suponía que no había de celebrarse ninguna reunión en la Curia Hostilia para tratar de las consecuencias de una traición, y como aquella traición recorría toda la gama de categorías de hombres romanos, el templo de la Concordia era un lugar lógico para reunirse. Desgraciadamente, las gradas de madera que se instalaban dentro de templos como el de Júpiter Stator cuando el Senado se reunía allí no cabían dentro del de la Concordia. Todo el mundo tenía que quedarse de pie donde podía, y todos deseaban una mejor ventilación.
Por fin Cicerón logró establecer cierto tipo de orden entre aquel gentío e hizo que los consulares y magistrados se sentasen en taburetes delante de los senadores de pedarius o de rango inferior. Envió a los magistrados curules hasta la parte de atrás, justo en el centro, y luego, entre las dos filas de taburetes situadas una de frente a la otra, situó a los alóbroges, así como a Volturcio, a Cepario, a Léntulo Sura, a Cetego, a Statilio, a Gabinio Capitón y a Fabio Sanga.
– ¡Las armas estaban almacenadas en la casa de Cayo Cetego!
– dijo el pretor Sulpicio, que entró casi sin aliento-. Había cientos y cientos de espadas y dagas, unos cuantos escudos y ninguna coraza.
– Soy un ardiente coleccionista de armas -aseguró Cetego, aburrido.
Cicerón frunció el entrecejo y se puso a meditar sobre otro problema logístico que aquel reducido espacio había generado.
– Cayo Cosconio -le dijo a aquel pretor-, he oído que eres un brillante taquígrafo. Sinceramente, no veo que quede espacio aquí para media docena de escribas, así que dispenso de la presencia de profesionales. Elige a tres pedarii que sean también capaces de tomar nota de la causa que aquí se instruya palabra por palabra. Eso divide la tarea entre cuatro de vosotros, y tendrá que ser suficiente con cuatro. Dudo que ésta sea una reunión larga, así que creo que tendréis tiempo después de comparar las notas que hayáis tomado y redactarlas todas juntas.
– ¿Lo ves y lo escuchas? -le cuchicheó Silano a César; extraña elección para hacer confidencias, dada la relación que existía entre ambos, pero probablemente, decidió César, no había nadie más apretujado contra Silano que éste considerase digno de hablar con él, incluido Murena-. ¡Por fin se ve en la gloria!
– Silano hizo un sonido que César interpretó como asco-. ¡Bueno, yo por mi parte encuentro este asunto indeciblemente sórdido!
– Hasta los hacendados de Arpinum deben tener su gran día -dijo César-. Cayo Mario empezó esa tradición.
Por fin, y de forma muy puntillosa, Cicerón abrió la sesión con las oraciones y las ofrendas, los auspicios y las salutaciones. Pero la valoración previa que había hecho era acertada; no fue aquél un asunto prolongado. El guía Tito Volturcio escuchó a Fabio Sanga y a Brogo cuando éstos prestaron declaración, luego se echó a llorar y exigió que se le permitiera contarlo todo. Y así lo hizo; respondió a todas las preguntas e incriminó a Léntulo Sura y a los otros cuatro de forma cada vez más grave. Lucio Casio, explicó, había partido muy de repente hacia la Galia Transalpina, él suponía que se dirigía a Masilia en exilio voluntario. Otros también habían huido, incluidos los senadores Quinto Annio Quilón, los hermanos Sila, y Publio Autronio. Fueron saliendo a trompicones un nombre tras otro, caballeros y banqueros, secuaces, sanguijuelas. Cuando Volturcio llegó al final de aquella letanía, había implicados unos veintisiete hombres romanos importantes, desde Catilina hacia abajo hasta llegar al propio Volturcio (y el sobrino del dictador, Publio Sila -que no había sido nombrado- sudaba profusamente).
Después de lo cual, Mamerco, príncipe del Senado, rompió los sellos de las cartas y comenzó a leerlas en voz alta. Casi fue una decepción.
Deseando con ansia hacer el papel de gran abogado en persecución de la verdad, Cicerón interrogó primero a Cayo Cetego. Pero, ay, Cetego se vino abajo y confesó inmediatamente.
A continuación le tocó el turno a Statilio, con parecidos resultados.
Seguidamente le llegó la vez a Léntulo Sura, y ni siquiera esperó a que le interrogasen antes de confesar.
Gabinio Capitón luchó un poco, pero confesó justo cuando Cicerón empezaba a cogerle el tranquillo a la cosa.
Y finalmente vino Marco Cepario, quien prorrumpió en frenético llanto y confesó entre ataques de sollozos.
Aunque resultó bastante difícil para Catulo, cuando el asunto hubo terminado propuso una moción de agradecimiento al brillante y vigilante cónsul senior de Roma; se le atascaron un poco las palabras al hablar, pero salieron de su boca con tanta claridad como la confesión de Cepario.
– ¡Te aclamo como pater patriae… padre de nuestra patria! -fue la contribución de Catón.
– ¿Lo dice en serio o no es más que un sarcasmo? -le preguntó Silano a César.
– Con Catón, ¿quién sabe?
Luego concedieron autoridad a Cicerón para emitir órdenes de arresto contra los conspiradores que no estaban presentes, después de lo cual llegó la hora de poner a los cinco conspiradores presentes bajo custodia senatorial.