– ¡Este no es momento ni lugar para palabrería legal, aunque tú no tengas otra razón para tu petición de clemencia, César! -dijo con furia Catón-. ¡Deben morir hoy!
Y así continuó, sin tener en cuenta el paso del tiempo. Catón estaba lanzado, la arenga continuaría hasta que viera, satisfecho, que su pura monotonía repetitiva había dejado a todos agotados. La Cámara se encontraba acobardada, estaba a punto de llorar, Catón iba a seguir lanzando improperios hasta que el sol se pusiera y no podrían votar aquel día.
Hizo falta que una hora antes de la puesta del sol un sirviente entrase con sigilo en la Cámara y le entregase discretamente una nota doblada a César.
Catón dio un brinco.
– ¡Ah! ¡El traidor se descubre! -rugió-. Está ahí sentado recibiendo notas traicioneras ante nuestros propios ojos. ¡Hasta ahí llega su arrogancia, el desprecio que siente por esta Cámara! ¡Yo afirmo que eres un traidor, César! ¡Afirmo que esa nota contiene las pruebas!
Mientras Catón atronaba con la voz, César leía la nota. Cuando levantó el rostro tenía en él una expresión muy peculiar: ¿una leve angustia? ¿O diversión?
– Léela en voz alta, César, lee en voz alta! -le pidió a voces Catón. Pero César dijo que no con la cabeza. Dobló la nota, se levantó de su asiento, cruzó la sala hacia la grada del medio, donde se hallaba sentado Catón, y le entregó la nota esbozando una sonrisa.
– Creo que a lo mejor prefieres guardar para ti solo el contenido -dijo.
Catón no leía muy bien. Tardó mucho rato en descifrar los interminables garabatos que no estaban separados más que por columnas -y a veces una palabra continuaba en la línea de más abajo, lo cual venía a aumentar la confusión-. Y mientras murmuraba y se hacía un lío, los senadores permanecieron sentados, agradecidos en cierto modo por aquel relativo silencio y temerosos de que Catón continuase -y temerosos también de que, en efecto, aquella nota revelase una traición.
Un chillido brotó de la garganta de Catón; todo el mundo se sobresaltó. Luego arrugó la nota y se la arrojó a César.
– ¡Guárdatela, asqueroso mujeriego!
Pero la nota no llegó hasta donde se encontraba César, sino que cayó a bastante distancia de donde César se hallaba sentado, Filipo la cogió apresuradamente del suelo… y la abrió en seguida. Mejor lector que Catón, al cabo de unos momentos estaba riéndose a carcajadas; en cuanto hubo terminado la pasó por toda la fila de pretores electos en dirección a Silano y el estrado curul.
Catón se dio cuenta de que había perdido a su audiencia, que estaba muy afanada riendo, leyendo o muriéndose de curiosidad.
– ¡Es típico de este cuerpo que algo tan despreciable y mezquino resulte más fascinante que el destino de los traidores! -dijo a gritos-. Cónsul senior, exijo que la Cámara te de poder bajo las condiciones del existente senatus consultum ultimum para ejecutar inmediatamente a los cinco hombres que se encuentran bajo nuestra custodia, y que apruebe una sentencia de muerte contra otros cuatro hombres: Lucio Casio Longino, Quinto Annio Quilón, Publio Umbreno y Publio Furio, qué se hará efectiva en el mismo momento en que cualquiera de ellos sea capturado.
Desde luego Cicerón, al igual que todos los hombres allí presentes, estaba ansioso por leer la nota de César, pero vio su oportunidad y la aprovechó.
– Gracias, Marco Porcio Catón. Votaremos tu moción de que los cinco hombres que se hallan bajo nuestra custodia sean ejecutados de inmediato, y que los otros cuatro hombres mencionados sean ejecutados en cuanto se les capture. Todos aquellos que estén a favor de una sentencia de muerte, que pasen a mi derecha. Los que no estén a favor, que se sitúen a mi izquierda.
El cónsul senior electo, Décimo Junio Silano, marido de Servilia, recibió la nota justo antes de que hiciera la petición de voto, La nota decía:
Bruto acaba de entrar en casa corriendo para decirme que mi hermanastro barriobajero Catón te ha acusado de traición en la Cámara, ¡a pesar de admitir que no tiene ninguna prueba en absoluto! No hagas caso, mi apreciadísimo y más querido de los hombres. Es despecho porque le robaste a Atilia y le pusiste cuernos en la frente… por no mencionar que yo sé que ella le dijo que él era pipinna comparado contigo. Hecho que yo estoy bien capacitada para afirmar por mí misma. El resto de Roma es pipinna comparado contigo.
Recuerda que Catón no vale siquiera lo que la tierra que hay bajo el pie de un patricio, que no es más que el descendiente de una esclava y de un viejo campesino malhumorado que les dio suficiente coba a los patricios como para lograr que le hicieran censor, y que a partir de ese puesto deliberadamente arruinó a tantos patricios como pudo. A este Catón también le encantaría hacer lo mismo. Odia a todos los patricios, pero a ti en particular. Y si supiera lo que hay entre nosotros, César, aún te odiaría más.
Conserva el ánimo elevado, no hagas caso de las malas hierbas y de todos sus secuaces. Roma está mejor servida por un sólo César que por medio centenar de Catones y Bíbulos. ¡Como todas sus esposas podrían atestiguar!
Silano, con el rostro apagado pero no exento de dignidad, le dirigió una mirada a César. Este tenía una expresión triste, pero no contrita. Luego Silano se levantó y se situó a la derecha de Cicerón; él no pensaba votar la moción de César.
Y muchos otros tampoco votaron por César, aunque no todos pasaron a la derecha. Metelo Celer, Metelo Nepote, Lucio César, varios de los tribunos de la plebe entre los que se encontraban Labieno, Filipo, Cayo Octavio, los dos Lúculos, Tiberio Claudio Nerón, Lucio Cotta y Torcuato se pusieron a la izquierda de Cicerón, junto con unos treinta de los pedarii de los bancos de atrás. Y también Mamerco, príncipe del Senado.
– Hago notar que Publio Cetego se encuentra entre los que han decidido votar por la ejecución de su hermano -observó Cicerón-, y que Cayo Casio se encuentra entre los que votan por la ejecución de su primo. El resultado de esta votación se acerca bastante a la unanimidad.
– ¡Ese hijo de puta! ¡Siempre exagera! -gruñó Labieno.
– ¿Por qué no? -preguntó César encogiéndose de hombros-. La memoria es frágil y las actas que se toman al pie de la letra suelen reproducir frases como ésa, ya que Cayo Cosconio y sus escribas probablemente no querrán registrar nombres.
– ¿Dónde está la nota? -preguntó Labieno, que estaba deseando verla.
– Ahora la tiene Cicerón.
– ¡Pues no será por mucho tiempo! -afirmó Labieno; se dio la vuelta, se acercó al cónsul senior con aspecto beligerante y le arrebató la nota-.
– Toma, te pertenece a ti -dijo al tiempo que se la tendía a César.
– ¡Oh, léela primero, Labieno! -le contestó César riéndose-. No veo por qué no habrías de enterarte tú de lo que todo el mundo sabe, incluido el marido de la señora.
Los hombres volvían a sus asientos, pero César permaneció en pie indicando así su deseo de hablar hasta que lo reconoció oficialmente.
– Padres conscriptos, habéis indicado que nueve hombres deben morir -dijo César sin manifestar emoción-. Ese es, según el argumento expuesto por Marco Porcio Catón, el peor castigo, con diferencia, que el Estado puede decretar. En cuyo caso debería ser suficiente. Me gustaría presentar una moción en el sentido de que no se haga nada más, es decir, que no se confisque ninguna propiedad. Las esposas y los hijos de los hombres condenados nunca volverán a verlos. Por lo tanto, ése es también suficiente castigo por tener un traidor en el seno de sus familias. Por lo menos deberían seguir teniendo el dinero que les hace falta para vivir.
– ¡Bien, todos sabemos por qué estás pidiendo compasión! -aulló Catón-. ¡No quieres tener que mantener a toda esa porquería de alcantarilla que son los tres Antonios y la puta de su madre!
Lucio César, hermano de la puta y tío de la porquería de alcantarilla, se lanzó sobre Catón desde un lado, y Mamerco, príncipe del Senado, desde el otro. Lo cual hizo que Bíbulo, Catulo, Cayo Pisón y Ahenobarbo acudieran en defensa de Catón a puñetazos. Metelo Celer y Metelo Nepote se unieron a la refriega, mientras César permanecía de pie sonriendo.