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– ¡Me parece -le dijo a Labieno- que yo debería pedir protección tribunicia!

– Como patricio, César, no tienes derecho a protección tribunicia -le dijo con solemnidad Labieno.

Viendo que no podía acabar con aquella pelea, Cicerón, en lugar de eso, decidió disolver la reunión del Senado; agarró a César por el brazo y comenzó a tirar de él hacia el exterior del templo de la Concordia.

– ¡Por Júpiter, César, vete a casa! -le rogó-. ¡Qué problema puedes llegar a ser!

– Eso tiene doble sentido -le respondió César con una mirada despreciativa; e hizo ademán de volver atrás y entrar de nuevo en el templo.

– ¡Vete a casa, por favor!

– No hasta que me des tu palabra de que no habrá confiscación de propiedades.

– ¡Te doy mi palabra con mucho gusto! ¡Pero vete!

– Me voy. Pero no creas que no te haré cumplir tu palabra. Cicerón había ganado, pero aquel discurso de César le daba vueltas incesantemente en la cabeza como un torbellino mientras se dirigía con lentitud en compañía de sus lictores y de un buen grupo de milicia hacia la casa de Lucio César, donde seguía alojado Léntulo Sura. Había enviado a cuatro de sus pretores a buscar a Cayo Cetego, a Statilio, a Gabinio Capitón y a Cepario, pero le parecía que era él quien había de ir a buscar a Léntulo Sura; aquel hombre había sido cónsul.

¿Era el precio demasiado alto? ¡No! En el momento en que aquellos traidores estuvieran muertos, Roma se tranquilizaría como por arte de magia; cualquier idea de insurrección se desvanecería de la imaginación de todos los hombres. Nada disuadía tanto como una ejecución. Si Roma ejecutase más a menudo, los crímenes disminuirían. En cuanto al proceso judicial, Catón tenía razón por partida doble. Eran culpables porque lo habían confesado por su propia boca, así que juzgarlos era un desperdicio de dinero para el Estado. Y el problema del proceso judicial era que podía manipularse con mucha facilidad y destreza, siempre que alguien estuviera dispuesto a poner suficiente dinero contante y sonante para pagar el precio que el jurado pusiera. Tarquinio había acusado a Craso, y aunque la lógica le decía que Craso en modo alguno podía estar implicado, pues al fin y al cabo había sido él quien le había proporcionado a Cicerón las primeras pruebas, la semilla había quedado plantada en la mente de Cicerón. ¿Y si Craso hubiera estado involucrado, luego lo hubiese pensado mejor y, de forma muy mañosa, hubiese tramado lo de aquellas cartas?

Catulo y Cayo Pisón habían acusado a César. Y Catón también. Ninguno de ellos tenía ni un asomo de evidencia, y todos ellos eran enemigos implacables de César. Pero la semilla estaba sembrada. ¿Y aquel tema que había sacado Catón a colación de que César había conspirado para asesinar a Lucio Cotta y a Torcuato casi tres años antes? Se había corrido el rumor de que había un complot para asesinar en aquellos días, aunque entonces se dijo que el culpable era Catilina. Luego Lucio Cotta y Torcuato habían demostrado que no se creían aquel rumor al defender a Catilina en un juicio por extorsión. En aquel tiempo no hubo la menor insinuación del nombre de César. Y Lucio Cotta era tío de César. Pero… otros patricios romanos habían conspirado para matar a parientes cercanos, incluido Catilina, que había asesinado a su propio hijo. Sí, los patricios eran diferentes. Los patricios no obedecían a otras leyes más que a las que ellos respetaban. Y si no mira a Sila, el primer dictador auténtico de Roma… y era patricio. Mejor que los demás. Desde luego, mejor que un Cicerón, un huésped venido de Arpinum, un nuevo residente forastero, un despreciado Hombre Nuevo. Tendría que vigilar a Craso, decidió Cicerón. Pero tendría que vigilar todavía más de cerca a César. Mira las deudas que tenía César; ¿quién tenía más que ganar que César si había una cancelación general de deudas? ¿No era ése motivo suficiente para respaldar a Catilina? ¿De qué otro modo podía esperar salir de lo que era la ruina inevitable? Necesitaría conquistar grandes extensiones de terreno que no fueran dominadas todavía por Roma, y Cicerón, por su parte, consideraba que aquello era imposible. César no era Pompeyo; nunca había estado al mando de ningún ejército. ¡Y Roma no se vería tentada de investirle a él de mando para llevar a cabo misiones especiales! En realidad cuanto más pensaba en César, más se convencía de que éste había tenido parte en la conspiración de Catilina, aunque sólo fuera porque la victoria de Catilina significaría que el peso de las deudas desaparecería por fin.

Entonces, cuando regresaba al Foro con Léntulo Sura -a quien volvía a llevar de la mano como a un niño-, otro César le salió al paso. Lucio César, a pesar de todo, seguía siendo un hombre formidable: cónsul el año anterior y augur, probablemente sería elegido censor en algún momento futuro. Cayo y él eran primos cercanos y se tenían afecto.

Pero Lucio César se había detenido con la incredulidad escrita en el rostro cuando sus ojos vieron a Cicerón, que llevaba de la mano a Léntulo Sura.

– ¿Ahora? -le preguntó a Cicerón.

– Ahora -repuso éste con firmeza.

– ¿Sin preparativos? ¿Sin clemencia? ¿Sin un baño, ropa limpia, un estado mental adecuado? ¿Acaso somos bárbaros?

– Tiene que ser ahora -insistió Cicerón con cierto aire de tristeza-, antes de que se ponga el sol. No intentes ponerme obstáculos, por favor.

Lucio César se apartó ostensiblemente del camino.

– ¡Oh, que los dioses me libren de ponerle obstáculos a la justicia romana! -dijo con ironía-. ¿Le has dado ya la noticia a mi hermana de que su marido tiene que morir sin tomar antes un baño, sin ropa limpia?

– ¡No tengo tiempo! -gritó Cicerón por decir algo. ¡Oh, aquello era horrible! ¡El sólo estaba cumpliendo con su deber! Pero no podía decirle eso a Lucio César. ¿Podía? ¿Qué podía decir?

– ¡Entonces será mejor que vaya yo a su casa mientras ésta permanezca todavía a nombre de Sura! -dijo Lucio César con brusquedad-. Sin duda pensarás reunir al Senado mañana para disponer de todas las propiedades.

– ¡No, no! -le indicó Cicerón casi llorando-. Le he dado a tu primo Cayo mi solemne palabra de que no habrá confiscación de propiedades.

– Muy generoso por tu parte -dijo Lucio César. Miró a su cuñado Léntulo Sura, con los labios separados como si fuera a decir algo; luego cerró la boca con firmeza, movió a ambos lados la cabeza y dio media vuelta. No podía ayudar en nada, y tampoco creía que Léntulo Sura estuviera en condiciones de escucharle. El susto lo había sacado de sus cabales.

Temblando a causa de aquel encuentro, Cicerón siguió por las escaleras Vestales hacia el Foro inferior, que estaba rebosante de gente… y no precisamente asiduos del Foro profesionales todos ellos. Mientras sus lictores le abrían camino entre aquella masa de gente, a Cicerón le pareció vislumbrar algunas caras conocidas. ¿Era aquél el joven Décimo Bruto Albino? ¡Desde luego, aquél no era Publio Clodio! ¿El hijo, marginado por la sociedad, de Gelio Publícola? ¿Por qué cualquiera de ellos iba a estar mezclado codo con codo con toda aquella gente vulgar y corriente de los peores callejones traseros de Roma?

En el aire se notaba cierta sensación, y la naturaleza de la misma asustó al ya turbado Cicerón. La gente gruñía, tenían la mirada turbia, los rostros malhumorados; aquellos cuerpos se resistían a apartarse al paso del cónsul senior de Roma y de la víctima que llevaba de la mano. Un escalofrío de terror invadió a Cicerón, le recorrió la columna vertebral y casi le hizo darse media vuelta y echar a correr. Pero no podía hacerlo. Aquello era obra suya. Tenía que acabarlo en aquel momento. El era el padre de la patria; él había salvado a Roma de un nido de patricios sin ayuda de nadie.