En el extremo del fondo de las escaleras Gemonias, que conducían hacia arriba, al Arx del Capitolio, se extendía la destartalada, ruinosa -y única- prisión, las Lautumiae; su primer y más antiguo edificio era el Tullianum, una reliquia pequeña y de tres lados de los tiempos de los reyes. En la pared que daba al Clivus Argentarius y la basílica Porcia se encontraba su única puerta, un horror de madera que siempre estaba cerrada y con la llave echada.
Pero aquel atardecer estaba abierta de par en par, y el hueco de la entrada tapado por hombres medio desnudos, seis en total. Los verdugos públicos de Roma. Eran esclavos, desde luego, y vivían en cuarteles en la vía Recta, en el exterior del pomerium, junto con otros esclavos públicos de Roma. Este grupo se distinguía de los otros ocupantes de aquellos cuarteles en el hecho de que los verdugos públicos de Roma no cruzaban el pomerium para entrar en la ciudad excepto para cumplir con su deber. Un deber que normalmente se reducía a poner sus manos grandes y musculosas en torno al cuello de extranjeros solamente, y rompérselo; un deber que generalmente se producía una o dos veces al año, durante un desfile triunfal. Hacía mucho tiempo desde que los cuellos que rompían pertenecían a ciudadanos romanos. Sila había matado a muchos romanos, pero nunca oficialmente dentro de Tullianum. Mario había matado a muchos romanos, pero nunca oficialmente dentro del Tullianum. Por suerte la situación fisica de la cámara de ejecución no permitía que toda aquella multitud presenciase lo que ocurría, y cuando hubo reunido a sus cinco condenados y hubo colocado un sólido muro de lictores y de miembros de la milicia entre ellos y las masas, había verdaderamente poco que ver.
Cuando Cicerón subió los pocos escalones para ponerse de pie en la parte exterior de la puerta, el olor le dio de lleno. Feroz, fétido, un abrumador hedor de putrefacción, porque nadie limpiaba jamás la cámara de ejecuciones. Entró un hombre, se aproximó a un agujero que había en el suelo, en medio, y descendió a las profundidades.
Allí, unos pies más abajo, los verdugos esperaban para romperle el cuello. Después de lo cual el cuerpo quedaba en el suelo y se pudría… La próxima vez que se necesitaba la cámara, los verdugos apartaban los restos podridos hacia un conducto abierto que iba a dar a las cloacas.
Sintiendo un asco creciente, Cicerón permaneció de pie con el rostro ceniciento mientras los cinco hombres desfilaban hacia el interior, el primero Léntulo Sura, el último Cepario. Ninguno de ellos le dedicó ni una sola mirada, por lo cual él estuvo muy agradecido.
La inercia del susto les hacía andar rápido.
Sólo duró unos instantes. Uno de los verdugos salió por la puerta y le hizo a Cicerón un gesto con la cabeza. Ahora puedo marcharme, pensó Cicerón, y se dirigió, detrás de sus lictores, hacia la tribuna.
Desde lo alto de la tribuna contempló a la multitud, que se extendía hasta donde a Cicerón le alcanzaba la vista; se humedeció los labios. El estaba dentro del pomerium, los límites sagrados de Roma, y eso significaba que no podía emplear la palabra «muerto» como parte de la pronunciación oficial.
¿Qué podía decir en lugar de «muerto»? Al cabo de unos instantes extendió los brazos y gritó:
– ¡Vivere! Han vivido!
Pretérito perfecto, pasado y acabado.
Nadie vitoreó. Nadie abucheó. Cicerón bajó de la tribuna y echó a andar en dirección al Palatino mientras la multitud se dispersaba en su mayor parte hacia el Esquilmo, Subura, el Viminal. Cuando llegó a la pequeña y redonda Casa de Vesta apareció un gran grupo de caballeros de las Dieciocho guiados por Ático, con antorchas encendidas porque se iba haciendo de noche, que le aclamaron como salvador de la patria, como pater patriae, como un héroe salido de la mitología. ¡Un bálsamo para su animus! La conspiración de Lucio Sergio Catilina ya no existía, y la había sacado a la luz él solo, había acabado con ella él solo.
Quinta parte
Pompeya Sila
Aurelia
César se dirigió a grandes zancadas hacia la domus publica sintiendo una rabia muy violenta, y Tito Labieno iba casi a la carrera para mantenerse a su lado. Un perentorio gesto que César le había hecho con la cabeza le había indicado al domesticado tribuno de la plebe de Pompeyo que le acompañase, pero Labieno no sabía cuál era el motivo; iba porque en ausencia de Pompeyo, César era quien lo controlaba.
César le invitó a que se sirviera bebida con un nuevo movimiento de cabeza; Labieno se sirvió vino, tomó asiento y se quedó contemplando cómo César paseaba sin parar por los límites de su despacho.
Finalmente César habló:
– ¡Haré que Cicerón se arrepienta de haber nacido! ¿Cómo se ha atrevido a interpretar la ley romana? ¿Y cómo llegamos a elegir a semejante cónsul senior, tan gandul?
– ¿Cómo? ¿Tú no votaste por él?
– Ni por él ni por Híbrido.
– ¿Votaste por Catilina? -le preguntó Labieno sorprendido.
– Y por Silano. Sinceramente, en realidad no había ninguno al que yo desease votar, pero uno no puede abstenerse de votar, eso es evitar el problema.
Los puntos rojos todavía ardían en las mejillas de César, y los ojos los tenía, pensó Labieno con desacostumbrada imaginación, helados aunque ardiendo.
– ¡Siéntate, hombre, venga! Ya sé que tú no tocas el vino, pero esta noche es una excepción. Una copa te hará bien.
– Una copa nunca hace ningún bien -dijo César con énfasis; pero no obstante se sentó-. Si no estoy en un error, Tito, tu tío Quinto Labieno pereció bajo una teja en la Curia Hostilia hace treinta y siete años.
– Junto con Saturnino, Lucio Equitio y el resto, sí.
– ¿Y qué opinas tú al respecto?
– ¿Qué quieres que opine, sino que fue algo imperdonable e inconstitucional? Eran ciudadanos romanos y no los habían sometido a juicio.
– Cierto. No obstante, no fueron ejecutados oficialmente. Fueron asesinados para evitar conservarlos con vida y que así no pidieran ser sometidos a un proceso judicial del que ni Mario ni Escauro podían estar seguros de que no causaría una violencia mucho peor. Naturalmente, fue Sila quien resolvió el dilema mediante el asesinato. Era la mano derecha de Mario en aquel tiempo: muy rápido, muy inteligente, muy despiadado. Así que quince hombres murieron, no hubo incendiarios juicios por traición, llegó la flota que transportaba el grano y Mario lo distribuyó a un precio regalado. Roma se apaciguó con la barriga llena, y más tarde Escévola se llevó todo el mérito del asesinato de aquellos quince hombres.
Labieno frunció el entrecejo y añadió un poco más de agua al vino.
– Ojalá supiera yo adónde quieres ir a parar.
– Yo lo sé, Labieno, y eso es lo que importa -dijo César mostrando los dientes apretados al sonreír-. Piensa, por favor, en esa oportunidad republicana relativamente reciente, el senatus consultum de re publica defendenda, o, como Cicerón la ha llamado con nuevo y bonito nombre, senatus consultum ultimum, que fue inventado por el Senado cuando nadie quería que se nombrase a un dictador que tomase las decisiones. Y desde luego que sirvió al propósito del Senado en el período que siguió al de Cayo Graco, por no hablar de Saturnino, Lépido y algunos otros.
– Sigo sin saber qué quieres decir -dijo Labieno.
César respiró hondo.
– Ahora aquí está de nuevo el senatus consultum ultimum, Labieno. ¡Pero mira lo que le ha pasado! En la mente de Cicerón ello se ha convertido en algo respetable, inevitable y altamente conveniente. ¡Seduce al Senado para que lo apruebe y luego, amparándose en ello, procede a incumplir tanto la constitución como la mos maiorum! Sin alterarlo ante la ley en modo alguno, Cicerón ha utilizado su senatus consultum ultimum para aplastar las tráqueas romanas y romper los cuellos romanos sin un juicio previo, sin ceremonia, ¡sin la decencia más normal siquiera! ¡Esos hombres fueron a la muerte con más rapidez de la que caen los soldados en el campo de batalla! No de manera no oficial, bajo una lluvia de tejas arrojadas desde el tejado, ¡sino con la completa aprobación del Senado de Roma! ¡El cual, a instancias de Cicerón, ha asumido las funciones de juez y jurado! ¿Qué impresión crees que eso le habrá causado a la muchedumbre congregada esta tarde en el Foro, Labieno? Yo te diré qué efecto les ha producido. Que desde el día de hoy en adelante ningún ciudadano romano podrá estar seguro de que se le concederá su absolutamente inalienable derecho a un juicio antes de cualquier condena. ¡Y ese supuestamente brillante hombre, ese engreído e irreflexivo Cicerón, en realidad cree que ha librado al Senado de una situación dificilísima del mejor y más conveniente modo! Le concedo que para el Senado ése ha sido el camino más fácil. Pero para la inmensa mayoría de ciudadanos romanos de todo tipo, desde los de la primera clase hasta el proletariado, lo que Cicerón ha tramado hoy significa la muerte de un derecho inalienable en el caso de que el Senado tenga que decidir bajo un futuro senatus consultum ultimum que otros hombres romanos deban morir sin previo juicio. ¡Sin el proceso de la ley! ¿Qué va a impedir que ello ocurra de nuevo, Labieno? Dime, ¿qué?