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Falto de aliento de repente, Labieno logró dejar la copa sobre el escritorio sin derramar el contenido y luego miró a César fijamente como si nunca lo hubiera visto antes. ¿Por qué veía César tantas ramificaciones cuando nadie más las veía? ¿Por qué él, Tito Labieno, no había entendido mejor lo que Cicerón estaba haciendo en realidad? ¡Oh, dioses, Cicerón no lo había comprendido! Sólo César lo había captado. Aquellos que votaron en contra de la ejecución lo habían hecho porque sus corazones no lo aprobaban, o bien habían buscado a tientas la verdad como ciegos que discuten acerca de cómo es un elefante.

– Cuando yo hablé esta mañana cometí un terrible error-continuó César con enojo-. Opté por ser irónico, no me pareció adecuado enardecer los sentimientos. Decidí ser inteligente y poner de manifiesto la locura de la propuesta de Cicerón hablando todo el tiempo de los reyes y diciendo que Cicerón estaba abrogando la República y arrastrándonos a los tiempos de los reyes. Pero no lo hice de forma lo suficientemente simple. Debería haber descendido al nivel de los niños, deletreando despacio las verdades manifiestas. Pero los consideré hombres adultos, educados y de cierta inteligencia, así que opté por ser irónico, sin darme cuenta de que no seguirían por entero adónde quería ir yo a parar con mi argumento, por qué empleaba aquella táctica. ¡Debería haber hablado con más franqueza de la que ahora te estoy hablando a ti, pero no quise que se les erizara el espinazo porque pensé que la rabia los cegaría! ¡Ellos ya estaban ciegos, yo no habría tenido nada que perder! No cometo errores a menudo, pero esta mañana cometí uno, Labieno. ¡Mira Catón! El único hombre del que yo estaba seguro de que me apoyaría, aunque me tenga poca simpatía. Lo que él dijo no tiene ningún sentido en absoluto. Pero ellos prefirieron seguirle a él como un montón de eunucos detrás de Magna Mater.

– Catón es un perro que da ladridos agudos.

– No, Labieno, sólo es un tonto de la peor clase que existe. Pero cree que no es tonto.

– Eso puede decirse de casi todos nosotros.

César alzó las cejas.

– Yo no soy un tonto, Tito.

El hecho de llamarlo Tito era con intención de suavizar la cosa, desde luego.

– Concedido.

– ¿Por qué sería que cuando uno se hallaba en compañía de un hombre que no bebía vino, el vino perdía su encanto? Labieno se sirvió un poco de agua-. De nada sirve darle vueltas al asunto ahora, César. Yo te creo cuando dices que harás que Cicerón lamente haber nacido, pero… ¿cómo?

– Muy sencillo. Haré que se trague ese senatus consultum ultimun suyo -dijo César con expresión soñadora, pero sin que la sonrisa le asomase a los ojos.

– Pero, ¿cómo? ¿Cómo, cómo, cómo?

– Te quedan cuatro días de tu año como tribuno de la plebe, Labieno, y será suficiente si actuamos con rapidez. Podemos tomarnos el día de mañana para organizarnos y poner en claro nuestro modo de actuación. Pasado mañana llevaremos a cabo la primera fase. Los dos días siguientes son para la última fase. El asunto no habrá terminado para entonces, pero ya habrá llegado lo suficientemente lejos. ¡Y tú, mi querido Tito Labieno, dejarás tu cargo de tribuno envuelto en un absoluto resplandor de gloria! ¡Si no hay otra cosa que ensalce tu nombre para la posteridad, te prometo que los acontecimientos de los próximos cuatro días lo harán!

– ¿Qué tengo que hacer?

– Esta noche nada, excepto quizá… ¿tienes acceso a…? No, no puedes tenerlo. Lo planearé de otro modo. ¿Puedes hacerte con un busto o una estatua de Saturnino? ¿O de tu tío Quinto Labieno?

– Puedo hacer algo mejor que eso -respondió rápidamente Labieno-. Yo sé dónde hay una imago de Saturnino.

– ¿Una ¡mago? ¡Pero si no fue nunca pretor!

– Cierto -dijo Labieno sonriendo-. El problema de ser un gran noble, César, es que no tienes ni idea de cómo trabajan nuestras mentes, las de los ambiciosos y emprendedores picentinos, samnitas, Hombres Nuevos de Arpinum y otros por el estilo. ¡Estamos, sencillamente, impacientes por ver nuestras facciones exquisitamente formadas y coloreadas como si estuvieran vivas en cera de abeja, con pelo auténtico, exactamente del mismo color y con el mismo peinado! Así que en cuanto tenemos dinero en el bolsillo nos vamos en secreto a uno de los artesanos del Velabrum y le encargamos una ¡mago. Yo conozco a hombres que ni siquiera estarán nunca en el Senado que tienen imagines. ¿Cómo, si no, te crees que se ha hecho tan rico Magio, el de Velabrum?

– Bueno, dada la situación me alegro mucho de que vosotros, los Hombres Nuevos y emprendedores de Picenum, también encarguéis imagines -dijo con viveza César-. Consigue el retrato de Saturnino y encuentra a un actor que pueda ponérselo como máscara causando el efecto deseado.

– Mi tío Quinto también tenía una ¡mago, así que contrataré a un actor para que la lleve puesta. También puedo conseguir bustos de ambos hombres.

– En ese caso no tengo ningún otro encargo para ti hasta mañana al amanecer, Labieno. Pero te prometo que a partir de entonces te haré trabajar sin descanso hasta que llegue el momento de dejar tu cargo de tribuno.

– ¿Vamos a hacerlo solos tú y yo?

– No, seremos cuatro -le indicó César al tiempo que se levantaba para acompañar a Labieno hasta la puerta principal-. Para lo que tengo planeado somos necesarios cuatro: tú, yo, Metelo Celer y mi primo Lucio César.

Todo lo cual no sirvió para aclararle las cosas a Tito Labieno, quien se marchó de la domus publica intrigado, perplejo, y preguntándose cómo la curiosidad y la excitación que sentía iban a dejarle dormir.

César había abandonado toda idea de dormir. Volvió a su despacho tan sumido en sus pensamientos que Eutico, el mayordomo, tuvo que aclararse la garganta varias veces en la puerta antes de que César se percatase de su presencia.

– ¡Ah, excelente! -dijo el pontífice máximo-. No estoy en casa para nadie, ni siquiera para mi madre. ¿Comprendido?

– ¡Edepol! -gritó el mayordomo mientras se llevaba las rollizas manos a la cara, también rolliza-. Domine, Julia está muy ansiosa por hablar contigo inmediatamente.

– Dile que ya sé de qué quiere hablarme, y que estaré muy contento de estar con ella todo el tiempo que quiera el primer día del nuevo tribunato de la plebe. Pero ni un momento antes.