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– Sal de aquí y no vuelvas nunca más -le dijo ella en voz baja y suave.

– ¡Tu hijo acabará siendo mío, no lo dudes!

– Si tan sólo lo intentas, Catón, lo que te he hecho hoy te parecerá el beso de una mariposa.

– ¡Eres un monstruo!

– Sal de aquí, Catón. Y Catón salió, sujetándose los pliegues de la toga contra la cara y el cuello.

– Pero, ¿cómo no se me ha ocurrido decirle que fui yo quien mandó a Cepión a la muerte? -se preguntó Servilia mientras se agachaba junto a la inanimada forma de su hijo-. Da igual -continuó diciendo para sí al tiempo que se limpiaba los dedos antes de empezar a administrar sus cuidados a Bruto-, así me queda esa cosita en reserva para otra ocasión.

El muchacho recobró la conciencia poco a poco, quizá porque en el fondo de su mente moraba ahora un terror absoluto hacia su madre, que era capaz de comerse la carne de Catón con deleite. Pero al final no tuvo más remedio que abrir los ojos y mirarla fijamente.

– Levántate y siéntate en el canapé.

Bruto se levantó y la obedeció.

– ¿Sabes de qué se trataba todo eso?

– No, mamá -repuso él en un susurro.

– ¿Ni siquiera cuando Catón me llamó ramera?

– No, mamá -susurró Bruto.

– No soy una ramera, Bruto.

– No, mamá.

– No obstante -dijo Servilia colocándose en una silla desde la cual podía acercarse rápidamente a Bruto si hacía falta-, desde luego ya eres lo bastante mayor como para comprender las cosas de la vida, así que ya es hora de que te abra los ojos sobre ciertos temas. De lo que se trababa -continuó en tono desenfadado- es del hecho de que desde hace algunos años el padre de Julia ha sido mi amante.

Bruto se inclinó hacia adelante y dejó caer la cabeza entre las manos, incapaz de combinar dos sensaciones distintas: una desventurada tristeza y un dolor perplejo. Primero, todo aquello que había sucedido en el templo de la Concordia mientras él estaba de pie a las puertas, escuchando; luego informó de ello a su madre; más tarde, un delicioso intervalo peleándose con los textos de Fabio Pictor; luego el tío Catón irrumpiendo violentamente en su habitación y agarrándolo por la oreja; a continuación el tío Catón dándole voces a su madre; luego mamá atacando al tío Catón, y… y… el más absoluto horror por lo que su madre había hecho después impresionó a Bruto de nuevo; comenzó a tiritar y se estremeció; estuvo llorando desconsoladamente con el rostro entre las manos.

Y además aquello. Mamá y César eran amantes, hacía años que eran amantes. ¿Cómo se sentía él por aquello? ¿Cómo se suponía que debía sentirse? A Bruto le gustaba que lo guiasen; odiaba la sensación de tener que tomar una decisión sin timón -sobre todo si era una decisión sobre emociones-, sin haber aprendido primero cómo personas como Platón y Aristóteles consideraban aquellos entes ingobernables, ilógicos y desconcertantes. De alguna manera no parecía ser capaz de sentir nada al respecto. ¿Toda aquella pelea de mamá y Catón por una cosa así? Pero, ¿por qué? Mamá siempre obraba por su cuenta; seguramente el tío Catón se daba cuenta de eso. Si mamá tenía un amante, habría una buena razón para ello. Y si César era el amante de mamá, también habría una buena justificación. Mamá no hacía nada sin un buen motivo. ¡Nada!

No había logrado avanzar más en sus pensamientos cuando Servilia, cansada de aquel silencioso llanto, habló de nuevo.

– A Catón le falta un tornillo, Bruto -le dijo-. Siempre ha sido así, incluso cuando era muy pequeño. Marmolyce se apoderó de él. Y con el paso del tiempo no ha mejorado. Es torpe, estrecho de miras, un fanático, y se siente increíblemente satisfecho de sí mismo. No es asunto suyo lo que yo haga con mi vida, como tampoco eres tú asunto suyo.

– Nunca me había dado cuenta de lo mucho que lo odias -dijo Bruto al tiempo que apartaba las manos de la cara para mirar a su madre-. ¡Mamá, lo has dejado marcado con cicatrices para toda la vida!

– ¡Estupendo! -dijo Servilia con cara de auténtica complacencia. Luego asimiló por completo con la mirada la imagen que ofrecía su hijo e hizo una mueca de desagrado. Este, a causa de los granos, no podía afeitarse, tenía que conformarse con recortarse mucho la densa barba negra; entre los enormes granos y los mocos esparcidos por toda la cara, estaba peor que feo. Estaba espantoso. Servilia buscó con la mano por detrás de ella hasta que localizó un trapito suave cerca de las jarras del agua y el vino; se lo arrojó a su hijo-. ¡Límpiate la cara y suénate, Bruto, por favor! No es que yo esté de acuerdo con las críticas que te hace Catón, pero hay ocasiones en que me decepcionas horriblemente.

– Ya lo sé -susurró él-, ya lo sé.

– ¡Oh, bueno, da lo mismo! -dijo Servilia en tono vigoroso; se levantó, se acercó a él hasta situarse de pie detrás de su hijo y le pasó el brazo por encima de los abatidos hombros-. Tú posees cuna, riqueza, educación e influencia. Y todavía no tienes veintiún años. Seguro que con el tiempo mejoras, hijo mío, pero a Catón no le ocurrirá lo mismo. No hay nada, ni siquiera el tiempo, que pueda hacer que Catón mejore.

El brazo de Servilia le cayó a Bruto como un cilindro de plomo caliente, pero no se atrevió a hacer ningún movimiento para quitárselo de encima. Se incorporó un poco.

– ¿Puedo irme, mamá?

– Sí, siempre que entiendas mi posición.

– La entiendo, mamá.

– Lo que yo haga es asunto mío, Bruto. No voy a darte ni una sola excusa para la relación que existe entre César y yo. Silano lo sabe desde hace mucho tiempo. Es lógico que César, Silano y yo hayamos preferido guardarlo en secreto. La luz se hizo en Bruto.

– ¡Tercia! -dijo con un grito ahogado-. ¡Tercia es hija de César, no de Silano! Se parece a Julia.

Servilia contempló a su hijo con cierta admiración.

– Qué perspicaz de tu parte, Bruto. Sí, Tercia es de César.

– ¿Y Silano lo sabe?

– Desde el principio.

– ¡Pobre Silano!

– No malgastes tu compasión en quien no se la merece.

Una diminuta chispa de valor brotó lentamente en el pecho de Bruto.

– ¿Y qué me dices de César? -preguntó-. ¿Lo amas?

– Más que a nadie en este mundo exceptuándote a ti.

– ¡Oh, pobre César! -dijo Bruto; y escapó antes de que su madre pudiera decir otra palabra, con el corazón latiéndole con fuerza por aquella temeridad.

Silano se había ocupado de que aquel único hijo varón tuviera una grande y cómoda suite de habitaciones para él, con una agradable vista al peristilo. Allí huyó Bruto, pero no se quedó mucho tiempo. Después de lavarse la cara, de recortarse la barba todo lo que pudo, de peinarse y de llamar a su criado para que le ayudase a ponerse la toga, abandonó la siniestra casa de Silano. No recorrió las calles de Roma solo, no obstante. Como se había hecho de noche, iba escoltado por dos esclavos que llevaban antorchas.

– ¿Puedo ver a Julia, Eutico? -le preguntó a éste cuando llegó a la puerta de César.

– Es muy tarde, domine, pero averiguaré si está levantada -le dijo el mayordomo con respeto; y lo dejó entrar en la casa.

Naturalmente, ella lo recibiría; Bruto subió la escalera y llamó a la puerta de la habitación de Julia.

Cuando ésta abrió la puerta cogió a Bruto entre los brazos y lo abrazó, con la mejilla pegada al cabello de él. Y los más exquisitos sentimientos de paz completa e infinito afecto brotaron en Bruto desde la piel hasta los huesos; por fin comprendió lo que algunas personas querían decir cuando aseguraban que no había nada tan bueno como llegar al hogar. Su hogar era Julia. Su amor hacia ella no paraba de crecer; las lágrimas le cayeron desde los entornados párpados en medio de una dicha que lo curaba todo; se agarró a Julia e inhaló su olor, delicado como todo en ella. Julia, Julia, Julia…