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La audiencia estaba fascinada; César apuró lo que le quedaba del agua con vinagre, ya tibia, y continuó.

– El procedimiento, en el único juicio que ha llegado hasta nosotros, durante el reinado de Tulo Hostilio, el de Horacio por el asesinato de su hermana, exige una vista ante dos jueces solamente. Ahora bien, actualmente sólo hay cuatro hombres en Roma que estén cualificados para ser jueces, porque descienden de familias instaladas entre los padres en la época en que el juicio tuvo lugar. Yo soy uno de ellos y tú eres otro, Lucio. El tercero es Catilina, oficialmente declarado enemigo público. Y el cuarto es Fabio Sanga, que en estos momentos está de camino hacia las tierras de los alóbroges en compañía de sus clientes. Por tanto tú, Celer, nos nombrarás a Lucio y a mí jueces, y ordenarás que el juicio se celebre inmediatamente en el Campo de Marte.

– ¿Estás seguro de todo lo que estás diciendo? -le preguntó Celer arrugando la frente-. Hay testimonios de que los Valerios datan de aquella época, y ciertamente los Servilio y los Quintilios vinieron de Alba Longa cuando la ciudad fue destruida, igual que los Julios.

Lucio César optó por responder.

– El juicio de Horacio tuvo lugar mucho antes de que Alba Longa fuera saqueada, Celer, lo cual descalifica a los Servilios y a los Quintilios. Los Julios emigraron a Roma cuando Numa Pompilio estaba todavía en el trono. Fueron desterrados de Alba por Cluilo, que les usurpó la monarquía albana. En cuanto a los Valerios -aquí Lucio César se encogió de hombros-, eran sacerdotes militares de Roma, lo cual también los descalifica.

– ¡Me doy por corregido -dijo Celer al tiempo que dejaba escapar una risita entre dientes, inmensamente divertido-, pero lo único que yo puedo alegar es que, al fin y al cabo, no soy más que un mero Cecilio!

– A veces vale la pena escoger a los antepasados, Quinto -dijo César encajando la pulla-. Es una suerte para César que nadie, desde Cicerón hasta Catón, pueda discutir tu elección de los jueces.

– Provocará furor -dijo Labieno con satisfacción.

– Así será, Tito.

– Y Rabirio seguirá el ejemplo de Horacio y apelará.

– Desde luego. Pero primero daremos un maravilloso espectáculo al exhibir todas las antiguas galas: la cruz hecha de un árbol de mal agüero; la estaca en forma de horquilla para los azotes; tres lictores que transporten las varas y las hachas en representación de las tres tribus de los orígenes de Roma; el velo para la cabeza de Rabirio y las ataduras rituales para las muñecas. ¡Todo un soberbio teatro! Spinther se morirá de envidia.

– Pero no harán más que encontrar excusas para retrasar la apelación de Rabirio en las Centurias hasta que el resentimiento público se apacigüe -dijo Labieno, que ahora se había puesto lúgubre-. Nunca se celebrará la vista de Rabirio mientras alguien recuerde el destino de Léntulo Sura y de los demás.

– No pueden hacer eso -intervino César-. La ley antigua se impone, así que la apelación hay que celebrarla de inmediato, exactamente igual que la apelación de Horacio se celebró en seguida.

– Deduzco que nosotros condenamos a Rabirio -dijo Lucio César-, pero no lo entiendo, primo. ¿Para qué?

– En primer lugar, nuestro juicio es muy diferente de un juicio moderno como lo establece Glaucia. Visto con ojos modernos parecerá una farsa. Los jueces determinan qué pruebas quieren oír y deciden cuando ya han oído bastante. Cosa que decidiremos nosotros una vez que Labieno haya expuesto el caso ante nosotros. Nos negaremos a permitir que el acusado presente prueba alguna en su propia defensa. ¡Es vital que se vea que no se hace justicia! Porque, ¿qué justicia recibieron esos cinco hombres ejecutados ayer?

– ¿Y en segundo lugar? -preguntó Lucio César.

– En segundo lugar, la apelación se hace acto seguido, lo que significa que las Centurias todavía estarán en ebullición. Y Cicerón se verá invadido por el pánico. Si las Centurias condenan a Rabirio, el cuello de Cicerón está en peligro. Y Cicerón no es estúpido, ya sabéis, sólo un poco obtuso cuando su vanidad y su certeza de que tiene razón se llevan la mayor parte de su buen criterio. En el momento en que oiga lo que estamos haciendo, comprenderá exactamente por qué lo hacemos.

– En cuyo caso -dijo Celer-, y si tiene algo de sentido común, irá derecho a la Asamblea Popular y procurará hacer una ley que invalide el procedimiento antiguo.

– Sí, supongo que así es como lo abordará.

– César le echó una mirada a Labieno-. Me fijé en que Ampio y Rulo votaron con nosotros ayer en el templo de la Concordia. ¿Crees que cooperarían con nosotros? Necesito un veto en la Asamblea Popular, pero tú estarás muy atareado en el Campo de Marte con Rabirio. ¿Crees que estarían dispuestos Ampio o Rulo a ejercer su derecho al veto en nuestro beneficio?

– Ampio seguro que sí, porque tiene relación conmigo y ambos la tenemos con Pompeyo Magnus. Y creo que Rulo también cooperaría. Haría cualquier cosa que imagine que hará sufrir a Cicerón y a Catón. Les echa la culpa a ellos del fracaso de su proyecto de ley sobre los terrenos.

– Entonces Rulo, y Ampio le apoyará. Cicerón le pedirá a la Asamblea Popular una lex rogata plus quam perfecta para poder castigarnos legalmente por instituir el procedimiento antiguo. Y tendrá que invocar a su precioso senatus consultum ultimum para que la ley se apruebe apresuradamente y entre en vigor, añado yo; así tendrá que centrar la atención pública en el decreto último cuando precisamente lo que él estará deseando será quemarlo para que se olvide. Después de lo cual Rulo y Ampio interpondrán sus vetos. Y después quiero que Rulo se lleve aparte a Cicerón y le proponga un pacto. Nuestro cónsul senior es un alma tan tímida que se agarrará a cualquier proposición que tenga probabilidades de impedir la violencia en el Foro… siempre que ello le permita salirse con la mitad de lo que se propone.

– Deberías oír lo que cuenta Magnus que hacía Cicerón durante la guerra italiana -dijo Labieno con desprecio-. Nuestro heroico cónsul senior se desmayaba al ver una espada.

– ¿Qué trato ha de proponerle Rulo? -preguntó Lucio César mientras fruncía el entrecejo al mirar a Labieno, a quien consideraba un mal necesario.

– Primero, que la ley que Cicerón se procure no nos haga susceptibles de ser procesados más tarde. Segundo, que la apelación de Rabirio ante las Centurias tenga lugar al día siguiente para que Labieno pueda continuar como acusador mientras siga siendo tribuno de la plebe. Tercero, que la apelación se lleve a cabo según las normas de Glaucia. Cuarto, que la sentencia de muerte sea sustituida por el exilio y una multa.

– César lanzó un suspiro, a sus anchas-. Y quinto, que se me nombre a mí juez de apelación en las Centurias, con Celer como mi custos personal.

Celer prorrumpió en carcajadas.

– ¡Por Júpiter, César! ¡Qué inteligente!

– ¿Y para qué molestarse en cambiar la sentencia? -preguntó Labieno, todavía dispuesto al pesimismo-. Las Centurias no han declarado jamás a ningún hombre culpable de perduellio desde que Rómulo era niño.

– Eres excesivamente pesimista, Tito.

– César juntó las manos sin apretarlas sobre el escritorio-. Lo que tenemos que hacer es atizar los sentimientos que ya están a punto de estallar en el interior de la mayoría de los que vieron cómo el Senado negaba el inalienable derecho a juicio de un romano. Este es un tema en el que la primera y la segunda clases no consentirán seguir el ejemplo del Senado, incluso entre las filas de las Dieciocho. El senatus consultum ultimum concede al Senado excesivo poder, y no hay un caballero ni un hombre moderadamente acaudalado ahí afuera que no comprenda eso. Ha habido guerra entre las clases desde los hermanos Graco. Rabirio no goza de la menor simpatía, es un viejo villano. Por eso lo que le depare a él el destino no le importa nada a los votantes de las Centurias, lo que les importa es ver amenazado el derecho a un juicio. Creo que hay muchas probabilidades de que las Centurias opten por condenar a Cayo Rabirio.