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– Y de que lo manden al exilio -dijo Celer con cierta tristeza-. Ya sé que es un viejo granuja, César, pero es viejo. El exilio lo mataría.

– No, si el veredicto no llega a emitirse -dijo César.

– Cómo puede ser que no se emita?

– Eso queda por entero en tus manos, Celer -dijo César sonriendo con malicia-. Como pretor urbano estás encargado del protocolo para las reuniones en el Campo de Marte. Y eso incluye tener vigilada la bandera roja que has de izar en lo alto del Janículo cuando las Centurias estén fuera de las murallas, por si acaso aparecen invasores.

Celer se echó a reír otra vez.

– ¡No, César!

– Mi querido amigo, ¡nos encontramos bajo un senatus consultum ultimum porque Catilina está en Etruria con un ejército! El desgraciado decreto no existiría si Catilina no tuviera un ejército, y hoy cinco hombres estarían vivos. En condiciones normales nadie se molestaría siquiera en mirar hacia el Janículo, y menos que nadie el pretor urbano: él está muy atareado al nivel del suelo, no en un tribunal. Pero con Catilina y un ejército que se espera que caigan sobre Roma cualquier día, en el momento en que la bandera se arríe cundirá el pánico. Las Centurias dejarán de votar y saldrán huyendo a sus casas para armarse contra los invasores, igual que en los tiempos de los etruscos y de los volscos. Yo sugiero -continuó César con recato- que pongas a alguien en el Janículo dispuesto para bajar la bandera roja y establezcas algún sistema de señales: una hoguera quizás, si el sol no está lo bastante lejos en el Oeste, o un espejo que lance destellos si lo está.

– Todo eso está muy bien -dijo Lucio César-. Pero, ¿qué se conseguirá con toda esa tortuosa sucesión de acontecimientos si a Rabirio no se le declara culpable y el senatus consulturn ultimum continúa en vigor hasta que Catilina y su ejército sean derrotados? ¿Qué lección crees que le darás realmente a Cicerón? Catón es una causa perdida, es demasiado duro de mollera como para sacar alguna lección de algo.

– En cuanto a Catón, tienes razón, Lucio. Pero Cicerón es diferente. Como ya he dicho, es un alma tímida. En la actualidad está exaltado por la riada de éxito. Quería una crisis durante su período de cónsul y la ha tenido. Todavía no se le ha pasado por la cabeza que exista alguna posibilidad de desastre personal. Pero si le hacemos ver que las Centurias habrían declarado culpable a Rabirio, él comprenderá el mensaje, creedme.

– Pero, ¿cuál es el mensaje exactamente, César?

– Que ningún hombre que actúe bajo el amparo del senatus consultum ultimum está a salvo de un justo castigo en algún momento del futuro. Que ningún cónsul senior puede engañar a un cuerpo de hombres tan importante como el Senado de Roma para que apruebe la ejecución de ciudadanos romanos sin un juicio, y no digamos sin apelación. Cicerón captará el mensaje, Lucio. Cada hombre de las Centurias que vote por condenar a Rabirio estará diciéndole a Cicerón que el Senado y él no son lo árbitros del destino de Roma. También le estarán diciendo que mediante la ejecución de Léntulo Sura y los demás sin juicio previo, ha perdido la confianza y la admiración que le tenían. Y eso último, para Cicerón, será peor que cualquier otro aspecto de todo este asunto -dijo César.

– ¡Te odiará por esto! -le gritó Celer.

César alzó las rubias cejas; ahora había adoptado una pose altanera.

– ¿Y a mí qué me importa? -preguntó.

El pretor Lucio Roscio Otón había sido tribuno de la plebe al servicio de Catulo y de los boni, y se había ganado la antipatía de casi todos los hombres romanos por devolverles a los caballeros de las Dieciocho las catorce filas de asientos que estaban justo detrás de los asientos senatoriales. Pero le había entregado su afecto a Cicerón el día en que un teatro lleno de gente le había silbado y abucheado a rabiar por reservar esos asientos tan apetecibles según derecho, y Cicerón se había visto obligado a hablar ante aquella airada muchedumbre de seres inferiores para intentar calmarlos y convencerlos.

Ahora pretor responsable de los litigios extranjeros, Otón se encontraba en el Foro inferior cuando vio a Tito Labieno, aquel individuo de aspecto salvaje, que avanzaba a grandes zancadas hacia el tribunal de Metelo Celer y empezaba a hablar con mucha insistencia. Picado por la curiosidad, Otón se acercó despacio a tiempo de oír la última parte de la exigencia de Labieno acerca de que Cayo Rabirio fuera juzgado por alta traición de acuerdo con la ley vigente durante el reinado del rey Tulo Hostilio. Cuando Celer sacó la gruesa disertación de César sobre leyes antiguas y empezó a comprobar la validez de las pretensiones de Labieno, Otón decidió que había llegado el momento de pagarle a Cicerón una parte de su deuda informándole de lo que ocurría.

Casualmente Cicerón había estado durmiendo hasta tarde, porque la noche siguiente a la ejecución de los conspiradores no había podido dormir casi nada; luego, al día siguiente, había recibido la visita de numerosísimas personas que acudían a felicitarlo, lo que le produjo una clase de excitación que lo condujo al sueño mucho más que la del día anterior.

Así que no había salido aún de su cubículo cuando Otón llegó y se puso a aporrear la puerta principal, aunque acudió en seguida al atrio cuando oyó el alboroto… ¡qué casa tan pequeña!

– ¡Otón, querido amigo, lo siento! -gritó Cicerón sonriendo radiante al pretor al tiempo que se pasaba la mano por el desordenado pelo para alisárselo-. Hay que echar la culpa a los acontecimientos de los últimos días; esta noche por fin he descansado realmente bien.

– Su burbujeante sensación de bienestar empezó a desvanecerse un poco cuando captó la expresión perturbada de Otón-. ¿Está ya en camino Catilina? ¿Ha habido una batalla? ¿Han sido derrotados nuestros ejércitos?

– No, no tiene nada que ver con Catilina -dijo Otón al tiempo que movía negativamente la cabeza-. Se trata de Tito Labieno.

– ¿Qué pasa con Tito Labieno?

– En estos momentos se encuentra abajo, en el Foro, ante el tribunal de Metelo Celer; y le está pidiendo a éste que se le permita procesar al viejo Cayo Rabirio perduellionis por los asesinatos de Saturnino y Quinto Labieno.

– ¿Qué estás diciendo?

Otón repitió su declaración.

A Cicerón se le quedó la boca seca; notó que la sangre se le retiraba del rostro y que el corazón se le tropezaba y tartamudeaba mientras el pecho se le quedaba sin aire. Alargó una mano y agarró con fuerza a Otón por un brazo.

– ¡No me lo creo!

– Pues será mejor que te lo creas, porque está ocurriendo; y Metelo Celen tenía cara de estar dispuesto a aprobar el caso. Ojalá pudiera decir que comprendí exactamente qué ocurría, pero no es así. Labieno no hacía más que citar al rey Tulo Hostilio, hablaba de algo relacionado con un antiguo proceso judicial, y Metelo Celen se puso muy afanoso a estudiar con detenimiento un enorme rollo que decía que tenía que ver con las leyes antiguas. No sé bien por qué el pulgar izquierdo empezó a darme pinchazos, pero así fue. ¡Se avecina un problema terrible! Me pareció que lo mejor que podía hacer era venir corriendo a decírtelo de inmediato.

Pero cuando terminó estaba hablándole al vacío; Cicerón había desaparecido al mismo tiempo que llamaba a voces a su ayuda de cámara. Regresó poco después, ataviado con toda la majestad de su toga bordada en color púrpura.

– ¿Has visto a mis lictores a la puerta?

– Están ahí jugando a los dados.

– Entonces, vámonos.

Normalmente a Cicerón le gustaba caminar muy despacio detrás de los lictores; ello permitía que todo el mundo lo viera bien y lo admirase. Pero aquella mañana exhortó a la escolta a avanzar a paso rápido, y no sólo en una ocasión, sino que lo hizo cada vez que aflojaban el paso. La distancia hasta el Foro no era grande, pero a Cicerón le pareció la misma que había de Roma a Capua. Estaba deseando abandonar la majestuosidad y echar a correr, aunque conservó el suficiente buen sentido para no hacerlo. Recordaba perfectamente que había sido él quien había introducido en su discurso el nombre de Cayo Rabirio al iniciar el debate en el templo de la Concordia, para ilustrar la inmunidad de cualquier individuo a partir de las consecuencias de cualquier acto realizado mientras estaba vigente un senatus consultum ultimum. ¡Y ahora allí estaba Tito Labieno -el tribuno de la plebe sumiso de César, no de Pompeyo- solicitando procesar a Cayo Rabirio por los asesinatos de Quinto Labieno y Saturnino! Pero para ello no se basaba en una acusación de asesinato, sino en una antigua acusación de perduellio, el mismo perduellio que César había descrito durante su discurso en el templo de la Concordia.