Cuando el séquito de Cicerón atravesó apresuradamente el espacio que había entre el templo de Cástor y el tribunal del pretor urbano, una pequeña muchedumbre se había congregado alrededor del tribunal para escuchar con avidez. No es que se estuviera tratando de nada importante cuando llegó Cicerón; Labieno y Metelo Celer estaban hablando de mujeres.
– ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? -exigió Cicerón sin aliento.
Celer levantó las cejas con expresión de sorpresa.
– El asunto normal de este tribunal, cónsul senior.
– ¿Cuál es?
– Actuar de árbitro en las disputas civiles y decidir si las acusaciones criminales merecen un juicio -respondió Celer poniendo énfasis en la palabra «juicio».
Cicerón se ruborizó.
– ¡No juegues conmigo! -dijo con tono desagradable-. ¡Quiero saber de qué se trata!
– Mi querido Cicerón -dijo lentamente Celer-, puedo asegurarte que tú eres la última persona en el mundo que yo elegiría para jugar con ella.
– ¿Qué está ocurriendo?
– El tribuno de la plebe, Tito Labieno, aquí presente, ha presentado una acusación de perduellio contra Cayo Rabirio por los asesinatos de su tío Quinto Labieno y de Lucio Apuleyo Saturnino hace treinta y siete años. Desea celebrar el juicio según el procedimiento que estaba vigente durante el reinado del rey Tulo Hostilio, y después de leer con mucho detenimiento los documentos pertinentes, he decidido, de acuerdo con mis propios edictos publicados al comienzo de mi período como pretor urbano, que a Cayo Rabirio se le juzgue de ese modo -dijo Celer sin detenerse a respirar-. En este momento estamos esperando a que Cayo Rabirio se presente ante mí. En cuanto llegue le acusaré y nombraré a los jueces para el juicio, que pondré en marcha inmediatamente.
– ¡Esto es ridículo! ¡No puedes hacerlo!
– Nada en los documentos pertinentes ni en mis propios edictos dice que no pueda hacerlo, Marco Cicerón.
– ¡Esto va dirigido a mí!
El rostro de Celer registró un asombro teatral.
– ¿Cómo, Cicerón? ¿Estuviste tú en el tejado de la Curia Hostilia arrojando tejas hace treinta y siete años?
– ¿Quieres dejar de hacerte deliberadamente el tonto, Celer? ¡Estás actuando como marioneta de César, y yo tenía mejor concepto de ti, nunca pensé que te dejases comprar por aquellos que son como César!
– ¡Cónsul senior, si tuviéramos alguna ley en las tablillas que prohibiera las alegaciones carentes de base y las castigase con la pena de una gran multa, tú ya la estarías pagando ahora mismo! -dijo Celer con fiereza-. ¡Yo soy pretor urbano del Senado y del pueblo de Roma, y haré el trabajo que me corresponde hacer! ¡Que es exactamente lo que estaba intentando hacer hasta que tú te me echaste encima para decirme cómo he de hacer mi trabajo! -Se dio la vuelta hacia uno de los cuatro lictores que le quedaban, que estaban escuchando aquella conversación con sonrisas en el rostro porque estimaban a Celer y les gustaba trabajar para él-. Lictor, te ruego que convoques a Lucio Julio César y a Cayo Julio César para que comparezcan ante este tribunal.
En aquel momento los dos lictores que le faltaban aparecieron procedentes de las Carinae. Entre ellos caminaba arrastrando los pies un hombrecillo que parecía ser diez años mayor de los setenta que admitía tener, arrugado, con un porte poco atractivo y el cuerpo descarnado. De ordinario tenía una expresión de agria y furtiva satisfacción, pero al aproximarse al tribunal de Celer bajo escolta oficial aquel rostro no dejaba traslucir más que una aturdida perplejidad. Cayo Rabirio no era un hombre agradable, pero aun así, en cierto modo era una institución romana.
Poco después comparecieron los dos Césares, con sospechosa prontitud; tenían un aspecto tan magnífico los dos juntos que la creciente multitud comenzó a lanzar exclamaciones de admiración. Ambos eran altos, rubios y muy apuestos; ambos vestían la toga a rayas escarlatas y púrpuras propia de los colegios religiosos de categoría superior; pero mientras que Cayo lucía la túnica a rayas escarlatas y púrpuras de pontífice máximo, Lucio llevaba el lituus de augur: un bastón curvo que estaba coronado por una lujosa voluta. Tenían un aspecto verdaderamente suntuoso. Y mientras Metelo Celer acusaba formalmente al estupefacto Cayo Rabirio de los cargos de asesinato de Quinto Labieno y de Saturnino bajo el perduellio del rey Tulo Hostilio, los dos Césares permanecían de pie a un lado mirando con expresión impasible.
– ¡Sólo hay cuatro hombres que puedan ejercer como jueces en este juicio -gritó Celer con voz sonora-, y los convocaré ante mi presencia por turnos! ¡Lucio Sergio Catilina, da un paso al frente!
– Lucio Sergio Catilina está bajo interdicción -respondió el lictor jefe del pretor urbano.
– ¡Quinto Fabio Máximo Sanga, da un paso al frente!
– Quinto Fabio Máximo Sanga se encuentra fuera del país.
– ¡Lucio Julio César, da un paso al frente!
Lucio César dio un paso al frente.
– ¡Cayo Julio César, da un paso al frente!
César dio un paso al frente.
– Padres -les dijo Celer con solemnidad-, se os encomienda aquí y ahora que juzguéis a Rabirio por los asesinatos de Lucio Apuleyo Saturnino y Quinto Labieno de acuerdo con la lex regia de perduellionis del rey Tulo Hostilio. Además ordeno que el juicio se celebre dentro de dos horas en el Campo de Marte, en los terrenos adyacentes a los saepta.
»Lictor, aquí y ahora te ordeno que convoques a tres colegas de tu colegio para que actúen como representantes de las tres tribus de hombres romanos, uno por los Tities, otro por los Ramnes y otro por los Luceres. Además dispongo que asistan al tribunal en calidad de servidores.
Cicerón volvió a intentarlo con más dulzura.
– Quinto Cecilio -le dijo muy formalmente a Celer-, ¡no puedes hacer esto! ¿Un juicio perduellionis en el día de hoy? ¿Dentro de dos horas? ¡El acusado debe disponer de tiempo para preparar su defensa! Tiene que elegir a sus abogados y buscar testigos que declaren en su favor.
– Bajo la lex regia de perduellionis del rey Tulo Hostilio no están previstas todas esas cosas -repuso Celer-. Yo soy meramente el instrumento de la ley, Marco Tulio, no soy su creador. Lo único que se me permite hacer es seguir el procedimiento, y el procedimiento, en este caso, está claramente definido en los documentos de aquella época.
Sin decir una palabra Cicerón giró sobre sus talones y se alejó del tribunal del pretor urbano, aunque no tenía ni idea de adónde iba a encaminar sus pasos desde allí. ¡Iban en serio! ¡Pensaban juzgar a aquel patético viejo bajo una ley arcaica que Roma, como era habitual, nunca había borrado de las tablillas! Oh, ¿por qué sería que en Roma todo lo arcaico se reverenciaba, nunca se tocaba nada que fuera arcaico? Desde toscas cabañas con el techo de paja hasta las leyes que databan de los primeros reyes, pasando por columnas que obstruían el paso dentro de la basílica Porcia, siempre era igual; lo que siempre había estado allí debía continuar estando.