César estaba detrás de aquello, desde luego. Había sido él quien había descubierto las piezas que faltaban y que daban sentido no sólo al juicio de Horacio -el juicio más antiguo del que se tenía noticia en la historia de Roma-, sino también a su apelación. Y los había citado, tanto al juicio como a la apelación, dos días antes en la Cámara. Pero, ¿qué era lo que esperaba conseguir exactamente? ¿Y por qué un hombre de los boni como Celer le ayudaba y era cómplice? Lo de Tito Labieno y Lucio César era comprensible, pero lo de Metelo Celer resultaba inexplicable.
Sus pies le habían llevado en la dirección del templo de Cástor, así que decidió irse a casa, encerrarse allí y ponerse a pensar sin descanso. Normalmente el órgano que producía el pensamiento de Cicerón no tenía dificultad en el proceso, pero ahora Cicerón opinaba que ojalá supiera dónde se encontraba dicho órgano: ¿en la cabeza, en el pecho, en la barriga? Si lo supiera, quizás fuera capaz de ponerlo en funcionamiento golpeándolo, instigándolo o quizás purgándolo…
En aquellos precisos momentos casi se tropezó con Catulo, Bíbulo, Cayo Pisón y Metelo Escipión, que bajaban a toda prisa del Palatino. ¡Él ni siquiera los había visto acercarse! ¿Qué era lo que le estaba pasando?
Mientras subían la interminable escalera que llevaba a la casa de Catulo, la más cercana, Cicerón les contó a los otros cuatro su versión de los hechos, y cuando finalmente estuvieron instalados en el espacioso despacho de Catulo, Cicerón hizo algo que rara vez hacía: se bebió una copa entera de vino sin agua. Entonces, cuando empezaba a enfocar las cosas con la mirada, se dio cuenta de que faltaba una persona.
– ¿Dónde está Catón?
Los otros cuatro dieron la impresión de estar más bien incómodos, y luego intercambiaron unas miradas resignadas que le indicaron a Cicerón que estaba a punto de ser informado de algo que los demás preferirían con mucho guardarse para sí.
– Supongo que tendrías que clasificarlo como un herido que puede caminar -dijo Bíbulo-. Alguien le arañó la cara y se la dejó hecha tiras.
– ¿A Catón?
– No es lo que crees, Cicerón.
– ¿Pues qué es?
– Tuvo un altercado con Servilia por lo de César, y ella lo atacó como una leona.
– ¡Oh, dioses!
– No vayas diciéndolo por ahí, Cicerón -le recomendó Bíbulo con seriedad-. Ya será bastante duro para el pobre hombre cuando aparezca en público sin que toda Roma sepa quién y por qué.
– ¿Tan malo es?
– Peor.
Catulo golpeó de un manotazo el escritorio con tanta fuerza que todos se sobresaltaron.
– ¡No estamos aquí para hablar de Catón! -dijo con brusquedad-. Nos hemos reunido aquí con la intención de parar a César.
– Eso se está conviniendo en un refrán -intervino Metelo Escipión-. Parar a César en esto, parar a César en aquello… pero nunca lo paramos.
– ¿Qué se propone? -preguntó Cayo Pisón-. Quiero decir, ¿por qué juzgar a un viejo bajo una ley antigua basándose en una acusación inventada que él no tendrá ningún problema en refutar?
– Es el modo que tiene César de llevar a Rabirio ante las Centurias -dijo Cicerón-. César y su primo condenarán a Rabirio, y él apelará ante las Centurias.
– Pues no veo qué utilidad tiene todo eso -comentó Metelo Escipión.
– Acusan a Rabirio de alta traición porque fue uno de los hombres que mataron a Saturnino y a sus confederados, y se libró de las consecuencias bajo el senatus consultum ultimum de aquella época -dijo Cicerón cargado de paciencia-. En otras palabras, César está intentando demostrar al pueblo que un hombre nunca está seguro ante una acción que se haya llevado a cabo bajo un senatus consultum ultimum ni siquiera treinta y siete años después. Es su modo de decirme que un día me acusará por el asesinato de Léntulo Sura y de los demás.
Aquello dio origen a un silencio que se quedó flotando pesadamente hasta que Catulo lo rompió levantándose de la silla y empezando a pasear.
– Nunca lo logrará.
– En las Centurias, estoy de acuerdo. Pero despertará mucho interés, y en la apelación de Rabirio estará presente una enorme multitud -dijo Cicerón con aire desgraciado-. ¡Oh, ojalá Hortensio estuviera en Roma!
– En realidad ya está de vuelta -dijo Catulo-. Alguien en Miseno ha levantado el rumor de que iba a producirse un levantamiento de esclavos en Campania, así que hizo el equipaje hace dos días. Enviaré un mensajero para que le salga al encuentro en la carretera y le diga que se apresure.
– Entonces estará aquí conmigo para defender a Rabirio cuando apele.
– Sólo tendremos que posponer la apelación -dijo Pisón.
El superior conocimiento de Cicerón de los documentos antiguos provocó que le dirigiera a Pisón una mirada despreciativa.
– ¡No podemos posponer nada! -dijo con un gruñido-. Tiene que celebrarse en cuanto el juicio ante los dos Césares termine.
– Bueno, a mí todo esto me parece una tempestad en un vaso de agua -dijo Metelo Escipión, cuyo linaje era mucho mayor que su intelecto.
– Está muy lejos de ser así -dijo sobriamente Bíbulo-. Ya sé que tú generalmente no ves nada aunque te lo pongamos debajo de tu presumida nariz, Escipión, pero seguramente te habrás fijado en el estado de ánimo que reina entre el pueblo desde que ejecutamos a los conspiradores, ¿no? ¡No les ha gustado! Nosotros somos senadores, estamos en la parte de dentro, comprendemos todos los matices de situaciones como la de Catilina. Pero incluso muchos caballeros de las Dieciocho se quejan de que el Senado haya usurpado poderes que ni los tribunales ni las Asambleas tienen ya. Este juicio que se ha inventado César le da al pueblo la oportunidad de congregarse en un lugar público y demostrar a voces su descontento.
– ¿Condenando a Rabirio en la apelación? -preguntó Lutacio Catulo sin comprender del todo-. ¡Bíbulo, a ellos no les hace falta eso! Los dos Césares pueden, y sin duda lo harán, pronunciar una sentencia de muerte para Rabirio, pero las Centurias se niegan por completo a condenar, siempre ha sido así. Sí, ellos se quejarán, quizás, pero el asunto «morirá» de muerte natural. César no tendrá éxito en las Centurias.
– Estoy de acuerdo en que no debería tenerlo -dijo Cicerón con tristeza-. Pero, ¿por qué me obsesiona el presentimiento de que sí lo tendrá? Seguro que tiene algún otro truco guardado en el seno de su toga, y no puedo adivinar qué es.
– Muera el asunto de muerte natural o no, Quinto Catulo, ¿estás dando a entender que nosotros tenemos que sentarnos sumisamente a un lado del campo de batalla y contemplar cómo César arma todo ese jaleo? -preguntó Metelo Escipión.
– ¡Claro que no! -le contestó Cicerón con enojo. ¡Metelo Escipión era verdaderamente duro de mollera!-. Estoy de acuerdo con Bíbulo en que el pueblo no está contento en estos momentos. Por eso no podemos permitir que la apelación de Rabirio se produzca inmediatamente. El único modo de impedirlo es invalidar la lex regia de perduellionis del rey Tulo Hostilio. Así que esta mañana convocaré una reunión del Senado y pediré un decreto que ordene a la Asamblea Popular que anule dicha ley. No tardaré mucho en conseguir el decreto, ya me encargaré yo de eso. Acto seguido convocaré a la Asamblea Popular.
– Cerró los ojos y se estremeció-. Me temo, no obstante, que tendré que utilizar el senatus consultum ultimum para prescindir de la ley Didia. Sencillamente, no podemos permitimos el lujo de esperar diecisiete días para la ratificación del decreto. Ni podemos permitir contiones.
Bíbulo frunció el entrecejo.
– No pretendo tener tus conocimientos de derecho, Cicerón, pero seguramente el senatus consultum ultimum no alcanza a la Asamblea Popular a menos que ésta se reúna para tratar algo concerniente a Catilina. Lo que quiero decir es que nosotros sabemos que el juicio de Rabirio tiene mucho que ver con Catilina, pero los únicos votantes de la Asamblea Popular que comparten ese conocimiento nuestro son senadores, y no habrá suficientes en los Comicios como para conseguir los votos necesarios.