– El senatus consultum ultimum funciona del mismo modo que lo haría un dictador -dijo Cicerón con firmeza-. Sustituye todas las actividades de los Comicios y del pueblo.
– Los tribunos de la plebe te vetarán -le dijo Bíbulo.
Cicerón asumió un aire de suficiencia.
– Bajo un senatus consultum ultimum, los tribunos de la plebe no pueden ejercer el veto.
– ¿Qué quieres decir, Marco Tulio? ¿Cómo que no puedo interponer el veto? -preguntó Publio Servilio Rulo tres horas más tarde en la Asamblea Popular.
– Mi querido Publio Servilio, Roma se halla bajo un senatus consultum ultimum, lo cual significa que el veto de los tribunos queda suspendido -dijo Cicerón.
La asistencia era mediocre, pues muchos de los asiduos del Foro habían preferido ir a toda prisa al Campo de Marte para ver lo que los Césares le estaban haciendo a Cayo Rabirio. Pero los que se habían quedado dentro del pomerium para ver cómo iba a manejar Cicerón el ataque de César no eran solamente senadores y los clientes de la facción de Catulo. Quizá más de la mitad de los congregados, que eran unos setecientos, pertenecían a la oposición. Y entre ellos, observó Cicerón, había gente de la calaña de Marco Antonio y sus robustos hermanos, el joven Publícola, Décimo Bruto y nada menos que Publio Clodio, quienes estaban muy afanados hablando con cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlos. A su paso dejaban inquietud, miradas oscuras y audibles expresiones de descontento.
– Espera un momento, Cicerón -dijo Rulo dejando de lado las formalidades-. ¿Qué es todo esto del senatus consultum ultimum? Hay uno, sí, pero sólo afecta a la revuelta de Etruria y a las actividades de Catilina. ¡No está pensado para obstaculizar el funcionamiento normal de la Asamblea Popular! Estamos aquí para considerar la aprobación de una ley que invalide la lex regia de perduellionis del rey Tulo Hostilio. ¡Un asunto que no tiene nada que ver con la revuelta de Etruria ni con Catilina! Primero nos informas de que piensas invocar tu senatus consultum ultimum para darle la vuelta al procedimiento normal de los Comicios. Quieres prescindir de contiones, quieres saltar por encima de la ley Didia. Y ahora nos informas de que los tribunos de la plebe legalmente elegidos no pueden ejercer la fuerza de su veto!
– Precisamente -dijo Cicerón al tiempo que levantaba el mentón.
Desde el suelo del Foso de los Comicios la tribuna se veía como una estructura imponente que se elevaba unos diez pies por encima del nivel del Foro. Su parte superior era lo bastante grande como para dar cabida a cincuenta hombres de pie, y aquella mañana el espacio estaba ocupado por Cicerón y sus doce lictores, por el pretor urbano Metelo Celer y sus seis lictores, por los pretores Otón y Cosconio y los doce lictores de ambos, y por tres tribunos de la plebe: Rulo, Ampio y un hombre de la facción de Catulo, Lucio Cecilio Rufo.
Soplaba uno de aquellos vientos fríos que eran propios del Foro, lo cual podría explicar quizá el hecho de que Cicerón se viera muy pequeño acurrucado entre los enormes pliegues de su toga bordada de púrpura; aunque se le consideraba el más grande orador que Roma había producido nunca, la tribuna no favorecía su estilo, ni mucho menos, como los otros escenarios más íntimos de la cámara del Senado y los tribunales, y se daba cuenta de ello con tristeza. El estilo florido y exhibicionista de Hortensio le iba mucho mejor a la tribuna, pero Cicerón no se sentía cómodo haciendo su estilo más grandilocuente, como el de Hortensio. Y tampoco era aquél el momento para lanzarse a la oratoria de una manera formal. Sencillamente, tendría que seguir batallando.
– Praetor urbanus -le gritó Rulo a Metelo Celer-, ¿tú estás de acuerdo con la interpretación que el cónsul senior hace del senatus consultum ultimum actualmente en vigencia para afrontar la revuelta de Etruria y la conspiración en Roma?
– No, tribuno, no lo estoy -respondió Celer con una sólida convicción.
– ¿Por qué?
– ¡Porque no puedo estar de acuerdo con nada que impida que un tribuno de la plebe ejerza los derechos que le concede la plebe Romana!
Cuando Celer dijo aquello, los partidarios de César elevaron un clamor de aprobación.
– Entonces, praetor urbanus -continuó diciendo Rulo-, ¿eres de la opinión de que el senatus consultum ultimum que actualmente está en vigencia no puede prohibir el veto de un tribuno en esta Asamblea esta mañana?
– Sí, ésa es mi opinión -gritó Celer.
Al tiempo que la inquietud de la muchedumbre crecía, Otón se acercó a Rulo y a Metelo Celer.
– ¡Es Marco Tulio quien tiene razón! -dijo a gritos-. ¡Marco Cicerón es el abogado más grande de nuestro tiempo!
– ¡Marco Cicerón es un cagajón! -dijo alguien a voz en grito.
– ¡El dictador Cagajón! -gritó otro-. ¡El dictador Cagajón!
– ¡Cicerón es un ca-ga-jo-ón, Cicerón es un ca-ga-jo-ón, dictador Ca-ga-jo-ón!
– ¡Orden! ¡Orden!
– ¡El orden será restaurado cuando a los tribunos de la plebe se les permita ejercer sus derechos sin interferencias por parte del cónsul senior! -chilló Rulo, y se acercó al borde de la tribuna y miró hacia abajo, al foso-. ¡Quirites, propongo aquí y ahora que promulguemos una ley para investigar a naturaleza del senatus consultum ultimum que nuestro cónsul senior ha utilizado con efectos tan enérgicos durante los últimos días! ¡Han muerto varios hombres a causa del mismo! ¡Ahora se nos dice que a los tribunos de la plebe no se nos permite ejercer el veto a causa de ese decreto! ¡Ahora se nos dice que los tribunos de la plebe somos una vez más los ceros a la izquierda que éramos bajo la constitución de Sila! ¿Será la debacle de hoy el preludio de otro Sila en la persona de este charlatán defensor de ese senatus consultum ultimum? ¡Lo esgrime como si fuera una varita mágica! ¡Plaf! ¡Y los inconvenientes se desvanecen en el aire! Impone un senatus consultum ultimum; encadena y amordaza a los hombres a los que no ha dado muerte; acaba con los derechos de los romanos para reunirse con los miembros de su tribu para promulgar leyes o vetarlas. ¡Y prohíbe por entero el proceso judicial! ¡Cinco hombres han muerto sin juicio, a otro hombre se le está juzgando en este momento en el Campo de Marte, y nuestro dictador Cagajón el cónsul senior está utilizando su putrefacto senatus consultum ultimum para trastornar la justicia y convertirnos a todos en esclavos! ¡Nosotros gobernamos el mundo, pero el dictador Cagajón quiere gobernarnos a nosotros! ¡Tengo derecho a ejercer el veto que me fue concedido por un verdadero congreso de hombres romanos, pero el dictador Cagajón dice que no puedo hacerlo!
– De repente se dio la vuelta hacia Cicerón con violencia-. ¿Cuál será tu próxima jugada, dictador Cagajón? ¿Vas a mandarme al Tullianum para que me aplasten el cuello hasta hacérmelo papilla sin un juicio? ¡Sin un juicio, sin un juicio, sin un juicio, SIN UN JUICIO!
Alguien en los Comicios cogió el estribillo y, ante los aterrados ojos de Cicerón, incluso la facción de Catulo se unió al coro:
– Sin un juicio! ¡Sin un juicio! ¡Sin un juicio! -repetían una y otra vez.
Pero no hubo violencia. Como poseían un temperamento volátil, Cayo Pisón y Ahenobarbo en justicia ya debían haber atacado a alguien, pero en lugar de eso estaban allí de pie, pasmados. Quinto Lutacio Catulo los miraba a ellos y a Bíbulo presa de un horror enfermizo, pues al fin comprendía el verdadero alcance de la oposición a la ejecución de los conspiradores. Sin apenas darse cuenta de que lo hacía, levantó la mano derecha hacia Cicerón, que se encontraba sobre la tribuna, y de esta manera le dio una orden muda para que cejase, para que se echase atrás inmediatamente.
Cicerón avanzó hacia adelante con tanta rapidez que estuvo a punto de tropezarse; llevaba las manos extendidas con las palmas hacia afuera para implorar calma y silencio. Cuando el ruido se hubo acallado lo suficiente como para hacerse oír, se humedeció visiblemente los labios con la lengua y tragó saliva.