– ¡Praetor urbanus -gritó-, acepto tu posición superior como intérprete de la ley! ¡Que se adopte tu opinión! ¡El senatus consultum ultimum no alcanza al derecho al veto de los tribunos en un asunto que no tiene que ver con la revuelta de Etruria ni con la conspiración en Roma!
Aunque por mucho que viviera nunca dejaría de pelear, en aquel momento Cicerón sabía que había perdido.
Aturdido y entumecido, aceptó la propuesta de Rulo, al que César había dado instrucciones, para que expusiera lo que tenía que decir, sin ver con claridad por qué le dejaban en paz con tanta ligereza una vez que había cedido. Rulo incluso accedió a prescindir de las discusiones preliminares y del período de diecisiete días de espera estipulado por la lex Caecilia Didia. Pero, ¿es que no veían aquellos idiotas de la multitud que si el senatus consultum ultimum no podía prohibir el veto de los tribunos tampoco podía prescindir de contiones ni del período de espera que exigía la ley Didia? Oh, sí, desde luego la mano de César se veía en todo aquello. ¿Por qué, si no, iba César a ser juez en la apelación de Rabirio? Pero, ¿qué sería exactamente lo que pretendía César?
– No todo el mundo está en tu contra -dijo Ático mientras subían el Alta Semita hacia la magnífica casa de Ático, justo en lo alto de las cumbres del Quirinal.
– Pero hay demasiados que sí lo están -repuso Cicerón con tristeza-. ¡Oh, Tito, teníamos que deshacernos de esos desgraciados conspiradores!
– Ya lo sé.
– Ático se detuvo en un lugar donde una gran extensión de terreno vacío permitía una maravillosa vista del Campo de Marte, la sinuosa curva del Tíber, la llanura Vaticana y la colina que se encontraba detrás-. Si el juicio de Rabirio aún continúa, lo veremos desde aquí.
Pero el espacio cubierto de hierba adyacente a los saepta estaba completamente desierto; cualquiera que fuese el destino de Rabirio, ya estaba decidido.
– ¿A quién mandaste para que oyera a los dos Césares? -le preguntó Ático.
– A Tirón, disfrazado con una toga.
– Algo arriesgado para Tirón.
– Sí, pero puedo fiarme de él para que me haga un informe exacto, y no puedo decir lo mismo de nadie más que de ti y de él. Y a ti te necesitaba en la Asamblea Popular.
– Cicerón emitió un gruñido que tanto podía ser de risa como de pena-. ¡La Asamblea Popular! Vaya parodia.
– Tienes que admitir que César es inteligente.
– ¡Ya lo hago! Pero, ¿por qué lo dices ahora, Tito?
– Por la condición que ha puesto de que el castigo de las Centurias se cambie de la pena de muerte al exilio y a una multa. Ahora que no tienen que ver a Rabirio azotado y decapitado, creo que cuando las Centurias voten lo declararán culpable.
Ahora le tocó a Cicerón el turno de detenerse.
– ¡Eso no lo harán nunca!
– Lo harán. ¡Un juicio, Marco, es un juicio! Los hombres de fuera del Senado no poseen una auténtica visión política de los acontecimientos, consideran la política en cuanto que afecta a sus propios pellejos. Así que no tienen ni idea de lo peligroso que habría sido para Roma mantener vivos a esos hombres y someterlos a un juicio en el Foro a plena luz del día. Lo único que ven es cómo sus propios pellejos están amenazados cuando se ejecuta a los ciudadanos, ¡incluso a los que se confiesan a sí mismos traidores!, sin el beneficio de un juicio y una apelación.
– ¡Mis acciones han salvado a Roma! ¡He salvado a mi patria!
– Y hay muchísimos que están de acuerdo contigo, Marco, créeme. Espera a que los ánimos se calmen y verás. En este momento los sentimientos están atizados por algunos auténticos expertos, desde César hasta Publio Clodio.
– ¿Publio Clodio?
– Oh, sí. Ya lo creo que sí, y mucho. Está haciéndose con muchos seguidores, ¿no lo sabías? Desde luego, se ha especializado en atraerse a los humildes, pero también tiene una considerable influencia entre los negociantes más pequeños. Los recibe en casa y les proporciona muchas ventas; por ejemplo, les compra regalos para los humildes -dijo Ático.
– ¡Pero si ni siquiera está en el Senado todavía!
– Lo estará dentro de doce meses.
– El dinero de Fulvia debe serle de gran ayuda.
– En efecto.
– ¿Cómo sabes tú tanto de Publio Clodio? ¿Por tu amistad con Clodia? ¿Y por qué eres amigo de Clodia?
– Clodia es una de esas mujeres a las que me gusta llamar vírgenes profesionales -dijo Ático deliberadamente-. Jadean, palpitan y les hacen mohínes a todo hombre que se encuentran, pero cuando un hombre intenta atacar su virtud, salen corriendo y chillando, normalmente hacia un marido que está loco por ellas. Así que prefieren relacionarse íntimamente con hombres que no constituyan un peligro para su virtud: con homosexuales como yo.
Cicerón tragó saliva e intentó en vano no ruborizarse, sin saber adónde mirar. Aquélla era la primera vez que le oía a Ático pronunciar esa palabra, y mucho menos aplicada a él mismo.
– No te sientas apurado, Marco -le dijo Ático al tiempo que soltaba una carcajada-. Hoy no es un día corriente, eso es todo. Olvida que lo he dicho. Terencia no se anduvo con remilgos, pero las palabras que empleó fueron todas de una variedad que sólo le estaba permitida a las mujeres de su categoría.
– Tú has salvado a tu patria -dijo con voz dura al acabar de hablar.
– No hasta que Catilina sea derrotado en el campo de batalla.
– ¿Cómo puedes pensar que no será así?
– ¡Bueno, mis ejércitos no dan la impresión de estar haciendo gran cosa de momento! La gota es lo único que Híbrido sigue teniendo en la cabeza, Rex ha encontrado un cómodo alojamiento en Umbría, sólo los dioses saben lo que puede estar haciendo Metelo Crético en Apulia, y Metelo Celer está dedicado con todas sus fuerzas a atizar el fuego de César aquí, en Roma.
– Todo habrá terminado antes de año nuevo, espera y lo verás.
Lo que más deseaba hacer Cicerón era apoyar la cabeza en el muy agradable pecho de su esposa y llorar hasta que le escocieran los ojos, pero eso, a su entender, no le estaba permitido. Así que procuró sujetar el labio que le temblaba y respiró larga y profundamente, incapaz de mirar a Terencia por miedo a que ésta hiciera algún comentario sobre las lágrimas que hacían que a Cicerón le brillasen los ojos.
– ¿Te ha informado Tirón? -le preguntó ella.
– Oh, sí. Los dos Césares han pronunciado una sentencia de muerte sobre Rabirio después de la más lamentable exhibición de fanatismo de toda la historia de Roma. A Labieno se le permitió ponerse agresivo; incluso llevó actores que tenían puestas máscaras de Saturnino y de su tío Quinto, que salieron bien parados después del juicio, como vestales en lugar de como los traidores que fueron. ¡E hizo que los hijos de Quinto, ambos de más de cuarenta años, salieran allí llorando como niños pequeños porque Cayo Rabirio les había dejado sin su tata! El público aullaba de compasión y les arrojaba flores. No resulta nada sorprendente, fue una actuación muy brillante. Los dos Césares se sabían la jerga al dedillo:
«¡Ve, lictor, átale las manos! ¡Ve, lictor, átalo a la estaca y azótalo! ¡Ve, lictor, amárralo a un árbol seco!» ¡Puaf!
– Pero Rabirio apeló, ¿no?
– Desde luego.
– Y mañana se celebrará la apelación en las Centurias. Según Glaucia, he oído, pero se limitará a una vista solamente por falta de testigos y de pruebas.
– Terencia emitió un bufido-. ¡Si eso por sí mismo no consigue decirle al jurado en qué gran montón de tonterías consiste toda la acusación en sí, entonces desespero de la inteligencia romana!
– Yo ya desesperé de eso hace tiempo -dijo Cicerón con ironía. Se puso en pie, se sentía muy viejo-. Si me excusas, querida mía, preferiría no comer. No tengo hambre. Se acerca la puesta del sol, así que será mejor que vaya a ver a Cayo Rabirio. Yo me encargaré de su defensa.