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– ¿Con Hortensio?

– Y con Lucio Cotta, espero. Él constituye un útil primer ayudante, y además trabaja especialmente bien en compañía de Hortensio.

– Tú hablarás el último, naturalmente.

– Naturalmente. Una hora y media sería suficiente, si Lucio Cotta y Hortensio acceden a hablar menos de una hora cada uno.

Pero cuando Cicerón vio al hombre condenado en su lujosa residencia, parecida a una fortaleza, situada en las Carinae, descubrió que Cayo Rabirio tenía en la cabeza otras ideas para su defensa.

El día había agotado al viejo; temblaba y parpadeaba, legañoso, mientras instalaba a Cicerón en un cómodo sillón en su enorme y deslumbrante atrio. El cónsul senior miraba a su alrededor como un paleto rústico el primer día de su estancia en Roma, preguntándose si él podría permitirse adoptar aquella clase de decoración en su nueva casa cuando encontrase el dinero suficiente para comprarse una; la habitación pedía a gritos que la copiasen en la residencia de un consular, aunque quizá no con tanta ostentación. El techo estaba cubierto de estrellas doradas tachonadas de brillantes piedras preciosas, las paredes estaban forradas de paneles de oro auténtico, las columnas también estaban cubiertas de paneles de oro, e incluso el alargado y poco profundo impluvium estaba alicatado con baldosas cuadradas de oro.

– Te gusta mi atrio, ¿eh? -le preguntó Cayo Rabirio con cara de lagarto.

– Muchísimo -dijo Cicerón.

– Lástima que yo no reciba huéspedes, ¿eh?

– Una gran lástima. Aunque comprendo por qué vives en una fortaleza.

– Recibir huéspedes es un delpilfarro de dinero. Yo pongo mi fortuna en las paredes, que es más seguro que ponerla en un banco viviendo como vivo en una fortaleza.

– ¿Y no intentan los esclavos pelar las paredes?

– Sólo si les apetece ser crucificados.

– Sí, supongo que eso les hace desistir.

El viejo apretó ambas manos alrededor de la cabeza de león que remataba ambos brazos dorados del sillón dorado que ocupaba.

– Me encanta el oro -dijo-. Tiene un color muy bonito.

– Sí, en efecto.

– Así que quieres dirigir mi defensa, ¿eh?

– Sí.

– ¿Y cuánto vas a cobrarme por eso? Cicerón tuvo en la punta de la lengua decir que una lámina de oro de diez por diez iría divinamente, gracias, pero en lugar de eso sonrió y dijo:

– Considero tu caso tan importante para el futuro de la República, Cayo Rabirio, que te defenderé gratis.

– Pues eso es lo menos que deberías hacer.

Y ésa fue toda la gratitud que mostró por obtener gratis los servicios del mejor abogado de Roma. Cicerón tragó saliva.

– Como todos mis compañeros senadores, Cayo Rabirio, hace años que te conozco, pero no sé gran cosa de ti aparte de…

– se aclaró la garganta-, ejem… de lo que podríamos llamar las habladurías que circulan por ahí. Necesitaré hacerte algunas preguntas ahora con el fin de preparar mi discurso.

– No te darán ninguna respuesta, así que ahórrate la saliva. Invéntatelo.

– ¿Basándome en las habladurías?

– ¿Como esa que dice que yo estuve implicado en las actividades de Opiánico, quieres decir? Tú defendiste a Cluencio.

– Pero nunca te mencioné a ti, Cayo Rabirio.

– Estuvo bien que no lo hicieras. Opiánico murió mucho antes de que se juzgase a Cluencio, ¿cómo iba nadie a conocer la verdadera historia? Tú tejiste un precioso bordado de mentiras, Cicerón, y precisamente por eso no me importa que dirijas mi defensa. ¡No, no, no me importa en absoluto! Lograste dar a entender que Opiánico asesinó a un número mayor de parientes de los que ha asesinado Catilina. ¡Todo sea por el triunfo! Sin embargo, Opiánico no tenía paredes de oro en su casa. Interesante, ¿eh?

– No sabría decirlo -repuso Cicerón con voz débil-. Nunca vi su casa.

– Yo poseo media Apulia y soy un hombre duro, pero no merezco ser enviado al exilio por algo en lo que me metieron Sila y otros cincuenta individuos. Peces mucho más gordos que yo estuvieron en el tejado de la Curia Hostilia. Muchos nombres, como Servilio Cepión y Cecilio Metelo, pertenecían al banco delantero del Senado, o formarían parte de él en el futuro.

– Sí, ya me doy cuenta de eso.

– Tienes que hablar en último lugar, antes de que el jurado emita su votación.

– Siempre lo hago. Había pensado que primero hablase Lucio Cotta, luego Quinto Hortensio y por último yo.

El viejo se espantó, ofendido:

– ¿Sólo tres? -preguntó con una exclamación ahogada-. ¡Oh, no, ni hablar! Quieres quedarte con toda la gloria, ¿eh? Quiero siete abogados defensores. Siete es mi número de la suerte.

– El juez de tu caso será Cayo César, y él dice que según el formato de Glaucia hay una actio solamente: no hay testigos dispuestos a presentarse a declarar, así que de nada sirve que haya dos actiones -le dijo Cicerón, quien le hablaba despacio y con claridad-. César concederá una duración de dos horas para la acusación y tres horas para la defensa. ¡Pero si han de hablar siete abogados, cada uno de nosotros apenas habrá tenido tiempo de coger el hilo y entrar al ataque cuando sea hora de acabar!

– Es más probable que al disponer de menos tiempo nuestra defensa sea más aguda -dijo obstinadamente Cayo Rabirio-. ¡Ese es el problema con todos los tipos que, como vosotros, queréis ser la estrella siempre que podéis! Os encanta oír el sonido de vuestra propia voz. Dos tercios de las palabras que soltáis sería mejor que no se pronunciasen; y eso va también por ti, Marco Cicerón. Paja, y nada más que paja.

«¡Quiero marcharme de aquí! -pensó Cicerón frenético-. ¡Me dan ganas de escupirle en el ojo y decirle que se vaya a contratar a Apolo para que lo defienda! ¿Por qué se me ocurriría meterle la idea en la cabeza a César al utilizar a este horrible viejo mentula como ejemplo?»

– ¡Cayo Rabirio, por favor, reconsidéralo!

– No quiero. ¡De ninguna manera, así que ahí tienes! Me defenderéis Lucio Luceyo y el joven Curión, Emilio Paulo, Publio Clodio, Lucio Cotta, Quinto Hortensio y tú. Lo tomas o lo dejas, Marco Cicerón, pero así es como lo quiero. Siete es mi número de la suerte. Todo el mundo dice que estoy perdido, pero yo sé que no será así si mi equipo de defensores está formado por siete abogados.

– Se puso a bufar de risa-. ¡Y sería mejor aún si cada uno de vosotros sólo hablase durante la séptima parte de una hora! ¡Ji, ji, ji!

Cicerón se levantó y se marchó sin pronunciar palabra.

Pero, desde luego, siete era su número de la suerte. A César le favorecía ser el iudex perfecto, muy escrupuloso en que no hubiera ningún defecto en el cumplimiento de las disposiciones de Glaucio en lo referente a la defensa. Les concedió sus tres horas para hablar; Luceyo y el joven Curión sacrificaron noblemente la parte de tiempo que les correspondía para permitir que Hortensio y Cicerón dispusieran de media hora completa cada uno. Pero el primer día el juicio empezó tarde y acabó temprano, lo cual permitió que Hortensio y Cicerón concluyeran la defensa de Cayo Rabirio el noveno día de aquel horrible diciembre, el último día del cargo de Tito Labieno como tribuno de la plebe.

Las reuniones que se celebraban en las Centurias estaban a merced del tiempo, pues no había ninguna clase de estructura con techo que protegiera a los quirites del sol, de la lluvia o del viento. El sol era con mucho lo más insoportable, pero en diciembre, aunque de hecho la estación fuera aún el verano, un día bueno podía ser bastante tolerable. El aplazamiento quedaba a criterio del magistrado que presidiera; algunos insistían en celebrar las elecciones -los juicios en las Centurias eran muy poco frecuentes- por mucho que lloviera a cántaros, lo cual hubiera podido ser el motivo por el que Sila había trasladado el mes electoral de noviembre, que era más propenso a ser lluvioso, a julio, y con ello al pleno calor del verano, que tradicionalmente era seco.