El sonido del clarín llamando a las armas había estallado como un milagro para él, aunque, como todos los demás, casi tenía la certeza de que Catilina habría conseguido pasar por encima de los ejércitos dispuestos contra él en el campo de batalla y se habría lanzado sobre Roma. A pesar de lo cual anduvo despacio y pesadamente. De pronto la muerte se le antojaba preferible al destino que ahora comprendía que César le tenía reservado. Algún día, cuando César o algún secuaz suyo tribuno de la plebe estimasen que era el momento oportuno, Marco Tulio Cicerón tendría que estar de pie donde aquel día había estado Cayo Rabirio, acusado de traición; lo mejor que podía esperar era que fuera por maiestas, y no por perduellio. Ello suponía el exilio y la confiscación de todos sus bienes, que su nombre fuera borrado de la lista de ciudadanos romanos, y que su hijo y su hija quedaran marcados como miembros de una familia que ha perdido el lustre. El había perdido algo más que una batalla; había perdido la guerra. Él era Carbón, no Escipión.
«Pero no debo admitirlo nunca -se dijo mentalmente cuando por fin subía aquellos interminables escalones que conducían hasta el Palatino-. No debo permitir jamás que César ni ningún otro crean que soy un hombre derrotado. ¡He salvado a mi patria, y eso lo mantendré hasta que muera! La vida continúa. Seguiré comportándome como si nada en absoluto me amenazase, incluso en el interior de mi mente.»
Y así, al día siguiente en el Foro saludó a Catulo con el ánimo alegre: iban a contemplar la primera actuación de los nuevos tribunos de la plebe.
– ¡Doy gracias a los dioses por Celer! -dijo al tiempo que esbozaba una sonrisa.
– Me pregunto si Celer bajaría la bandera roja por iniciativa propia o se lo ordenaría César -dijo Catulo.
– ¿Si se lo ordenaría César? -le preguntó Cicerón sin comprender del todo.
– ¡Vamos, Cicerón, no seas ingenuo! Seguro que César no tenía intención de condenar a Rabirio como culpable, eso le habría echado a perder una dulce victoria.
– Con el rostro chupado y agotado, Catulo parecía muy enfermo y viejo-. ¡Tengo un miedo terrible! El es como Ulises, el hilo de su vida es tan fuerte que desgasta todo aquello que roza. Estoy perdiendo mi auctoritas, y cuando finalmente no me quede nada no tendré otro sitio adonde ir más que a la muerte.
– ¡Tonterías! -exclamó afectuosamente Cicerón.
– Tonterías no, sólo una realidad desagradable. ¿Sabes? ¡Creo que yo podría perdonar a ese hombre si no se mostrara tan seguro de sí mismo, si no fuera tan arrogante, tan insufriblemente confiado! Mi padre fue todo un César, y en éste hay resonancias de él. Pero solamente resonancias.
– Se estremeció-. Este tiene una mente mucho más clara, y no tiene frenos de ningún tipo. Tengo miedo.
– Es una lástima que Catón no se encuentre aquí hoy -dijo Cicerón para cambiar de tema-. Metelo Nepote no tendrá competidor en la tribuna. Es extraño que esos hermanos hayan adoptado de pronto ideas popularistas.
– La culpa la tiene Pompeyo Magnus -le confió Catulo con desprecio.
Como siempre había tenido un punto débil por Pompeyo desde que sirvieron juntos a las órdenes de Pompeyo Estrabón durante la guerra italiana, Cicerón habría podido salir en defensa del conquistador ausente; pero en cambio, se limitó a soltar una horrorizada y ahogada exclamación.
– ¡Mira!
Catulo se dio la vuelta y vio a Marcio Porcio Catón, que marchaba decidido por el espacio abierto que quedaba entre el Estanque de Curtio y el Foso de los Comicios; llevaba puesta una túnica debajo de la toga. Todos los que se habían percatado de su presencia lo miraban boquiabiertos, y no por causa de la túnica. Desde lo alto de la frente hasta donde le nacía el cuello, y después por dentro de los hombros, a derecha e izquierda le corrían unas rayas irregulares de color carmesí, que, arrugadas, rezumaban.
– ¡Por Júpiter! -graznó Cicerón.
– ¡Oh, cómo lo amo! -gritó Catulo, que echó a correr al encuentro de Catón y le cogió la mano derecha-. Catón, Catón, ¿por qué has venido?
– Porque soy tribuno de la plebe y hoy es el primer día del período que dura mi cargo -dijo Catón en sus acostumbrados tonos estentóreos.
– Pero, ¡tal como tienes la cara! -protestó Cicerón.
– Las caras tienen arreglo, las malas acciones no. Si no estuviera yo en la tribuna para contender con Nepote, éste abusaría de la situación.
Y mientras sonaban los aplausos subió a la tribuna para ocupar su lugar con los otros nueve hombres que estaban a punto de asumir el cargo. Catón no hizo caso de la aclamación; estaba demasiado ocupado en mirar lleno de furia a Metelo Nepote, el hombre de Pompeyo. ¡Escoria!
Como no era todo el pueblo -patricios y plebeyos- el que elegía a los tribunos de la plebe, y como éstos sólo servían a los intereses de la parte plebeya, las reuniones de la Asamblea Plebeya no eran «oficiales» del mismo modo que las reuniones de la Asamblea Popular o la de las Centurias. Por ello empezaban y acababan con poca ceremonia; no se interpretaban los auspicios ni se decían las oraciones de ritual. Estas omisiones contribuían considerablemente a la popularidad de la Asamblea Plebeya. Las cosas se reducían a un entusiasta principio, sin tener que aguantar aburridas letanías ni augures cluecos.
La convocatoria de aquel día de la Asamblea Plebeya gozaba de una extraordinaria asistencia, entre el dolor amargo de las ejecuciones sin juicio y el bálsamo de saber que iban a saltar chispas. Los viejos tribunos de la plebe hicieron su salida del cargo con cierto estilo, y Labieno y Rulo se llevaron todas las aclamaciones. Después de lo cual empezó la reunión propiamente dicha.
Metelo Nepote fue el primero en hablar, lo cual no sorprendió a nadie; Catón era más hábil en contestar que en iniciar un debate. El tema de Nepote fue jugoso -la ejecución de ciudadanos sin juicio-, y la presentación que hizo del mismo fue espléndida, tanto por el uso de la ironía como de metáforas o de hipérboles.
– ¡Por lo tanto propongo un plebiscito tan suave, tan misericordioso, tan poco obstructivo que ninguno de los hombres aquí presentes pueda hacer otra cosa más que acceder a votarlo y convertirlo en ley! -dijo Nepote al final de un largo discurso que había causado en la audiencia ahora el llanto, ahora la risa, ahora los pensamientos profundos-. ¡Ninguna sentencia de muerte, ningún exilio, ninguna multa! Compañeros miembros de la plebe, lo único que propongo es que a cualquier hombre que haya ejecutado a ciudadanos romanos sin un juicio previo se le prohíba volver a hablar en público nunca más. ¿No es eso una dulce justicia? ¡Una voz acallada para siempre, el poder de mover a las masas convertido en impotencia! ¿Estáis conmigo? ¿Les pondríais un bozal a los megalómanos y a los monstruos?
Fue Marco Antonio el que lideró los vítores, que cayeron sobre Cicerón y Catulo como una avalancha. Solamente la voz de Catón hubiera podido superponerse a aquel clamor; y solamente la voz de Catón lo hizo.
– ¡Yo interpongo mi veto! -aulló.
– ¡Para proteger tu propio cuello! -le dijo Nepote con desprecio cuando el clamor amainó lo suficiente como para que todos pudieran oír lo que venía a continuación. Miró a Catón de arriba abajo con ostentosa sorpresa-. ¡Y no es que quede mucho de tu cuello, Catón! ¿Qué te ha pasado? ¿Se te olvidó pagarle a la puta antes de irte, o tuviste necesidad de que ella te hiciera eso antes de que ocurriera algo por debajo de tu ombligo?
– ¿Cómo puedes llamarte a ti mismo noble, Cecilio Metelo? -le preguntó Catón-. ¡Vete a casa, Nepote, vete a casa y lávate la mierda de la boca! ¿Por qué hemos de escuchar esa podrida insinuación tuya en una sagrada asamblea de hombres romanos?