– Eso creo.
– ¡Ojalá yo pudiera conocerla!
– No es posible, Julia. Ni siquiera yo la conozco.
– Bruto dice que ha sacado el carácter de su madre.
– Si eso es verdad -dijo César al tiempo que bajaba a Julia de las rodillas y se ponía en pie-, será mejor que no la conozcas.
– ¿Cómo puedes estar con alguien que te desagrada?
– ¿Con Servilia?
– Sí.
César le dedicó a Julia aquella maravillosa sonrisa suya; los ojos se le arrugaron en los extremos exteriores y borraron aquellos abanicos blancos.
– Si supiera eso, pajarito, sería tan buen padre como buena hija eres tú. ¿Quién sabe? Yo no lo sé. A veces creo que ni los dioses lo comprenden. Puede ser que todos nosotros busquemos alguna clase de realización emocional en otra persona, aunque yo creo que nunca la encontramos. Y nuestros cuerpos tienen exigencias que se contradicen con nuestras mentes, sólo para complicar las cosas. En cuanto a Servilia -César se encogió de hombros con ironía-, ella es mi mal.
Y se fue. Julia se quedó de pie muy quieta durante unos instantes, con el corazón rebosante de felicidad. Aquel día ella había cruzado un puente, el puente que existe entre la niña y la mujer adulta. César le había tendido la mano y la había ayudado a cruzarlo hasta el lado en el que se encontraba él. Le había enseñado a ella lo más profundo de su ser, y de algún modo Julia sabía que su padre no lo había hecho con nadie antes; ni siquiera con la madre de Julia. Cuando por fin se movió, se puso a bailar, y todavía continuaba bailando cuando llegó al vestíbulo que había delante de los aposentos de Aurelia.
– ¡Julia! ¡Bailar es una vulgaridad!
Así era avia, pensó Julia. De repente su abuela le inspiró tanta lástima que Julia le rodeó el cuello con ambos brazos y la besó sonoramente en ambas mejillas. Aurelia se puso muy rígida. ¡Pobre avia! ¡Cuánto se había perdido en la vida! No era de extrañar que ella y tata se peleasen con tanta regularidad.
– Sería más conveniente para mí que vinieras tú a mi casa en el futuro -le dijo Servilia a César mientras entraba decidida en las habitaciones que él tenía en el Vicus Patricii inferior.
– ¡No es tu casa, Servilia, es la casa de Silano, y ese pobre infeliz tiene ya bastantes problemas encima, de manera que no voy a obligarle a mirar cómo le invado la casa para copular con su esposa! -respondió César con brusquedad-. Me gustó hacerle eso a Catón, pero no estoy dispuesto a hacérselo a Silano. ¡Para ser una gran dama patricia, Servilia, a veces tienes la misma ética que un mocoso callejero de Subura!
– Como gustes -dijo Servilia al tiempo que tomaba asiento.
Para César aquella reacción fue significativa; puede que le desagradase Servilia, pero después de tanto tiempo ahora ya la conocía bien, y el hecho de que ella optase por sentarse completamente vestida en lugar de quedarse de pie para desnudarse le dijo a César que aquella mujer no estaba tan segura del terreno que pisaba como aparentaba, como su actitud sugería. Así que él también se sentó en una silla desde la que podía observarla y en la cual ella podía verlo desde la cabeza hasta los pies. César adoptó una pose grácil y curul, con el pie izquierdo hacia atrás y el derecho extendido, el brazo izquierdo colgando a lo largo del respaldo de la silla, la mano derecha reposando en el regazo, el rostro sereno, pero con el mentón levantado.
– En justicia, debería estrangularte -le dijo César tras una pausa.
– Silano creía que me cortarías en pedazos y me echarías a los lobos.
– ¿Ah, sí? Eso es interesante.
– Oh, se puso por completo de tu parte! ¡Hay que ver cómo hacéis piña los hombres unos con otros! ¡En realidad incluso tuvo la temeridad de enfadarse conmigo porque, aunque no comprendo bien por qué, la carta que te escribí le obligó a votar favorablemente sobre la ejecución de los conspiradores! Una tontería como no había oído nunca otra!
– Tú te consideras una experta política, querida, pero la verdad es que eres una ignorante. No puedes observar nunca la política senatorial en acción, y hay una inmensa diferencia entre la política senatorial y la política de los comicios. Supongo que los hombres recorren su vida pública conscientes de que antes o después llevarán puestos un par de cuernos, pero ningún hombre espera lucir los cuernos en el Senado durante un debate crucial -le dijo César con dureza-. ¡Pues claro que le obligaste a votar la ejecución! De haber votado conmigo, toda la Cámara habría dado por supuesto que él era mi alcahuete. Silano no es un hombre que goce de buena salud, pero es orgulloso. ¿Por qué crees que guardó silencio cuando le informaste de lo que había entre nosotros? ¿Una nota leída por medio Senado, y precisamente por la mitad más importante? Desde luego se la frotaste por la nariz, ¿no?
– Veo que tú estás tan de su parte como lo está él de la tuya.
César lanzó un explosivo suspiro y volvió los ojos hacia el techo.
– De la única parte de la que yo estoy, Servilia, es de la mía.
– ¡Ya lo creo!
Se hizo el silencio; César lo rompió.
– Nuestros hijos nos aventajan en madurez. Se lo han tomado muy bien y con mucha sensatez.
– ¿Ah, sí? -comentó Servilia con indiferencia.
– ¿No has hablado de ello con Bruto?
– No desde el día en que ocurrió todo y Catón llegó para informar a Bruto de que su madre era una marrana. «Ramera» es la palabra que utilizó, en realidad.
– Sonrió pensando en lo ocurrido-. Le hice la cara picadillo, al muy idiota.
– ¡Ah, ésa es la respuesta! La próxima vez que vea a Catón debo decirle que le acompaño en el sentimiento. Yo también he probado tus garras.
– Pero sólo en lugares que no se exhiben en público.
– Ya comprendo que debo estar agradecido por esas pequeñas mercedes.
Servilia se inclinó hacia adelante con avidez.
– ¿Estaba horrible Catón? ¿Lo he señalado gravemente?
– De una forma espantosa. Parecía que le hubiera atacado una arpía.
– César esbozó una sonrisa-. Pensándolo bien, «arpía» es una palabra que te va mejor que «marrana» o «ramera». No obstante, no te felicites a ti misma demasiado. Catón tiene buena piel, así que con el tiempo las marcas desaparecerán.
– A ti tampoco te quedan cicatrices con facilidad.
– Porque Catón y yo tenemos el mismo tipo de piel. La experiencia de la guerra le enseña a un hombre qué es lo que permanecerá y qué es lo que desaparecerá.
– Dejó escapar otro suspiro-. ¿Qué voy a hacer contigo, Servilia?
– Quizás hacer esa pregunta sea como ponerte el zapato izquierdo en el pie derecho, César. Puede que la iniciativa me corresponda tomarla a mí, y no a ti.
Aquello provocó que César soltara una risita entre dientes.
– Eso es una tontería -dijo con suavidad.
Servilia se puso pálida.
– Lo que quieres decir es que yo te amo a ti más de lo que tú me amas a mí.
– Yo no te amo en absoluto.
– Entonces, ¿por qué estamos juntos?
– Porque me gustas en la cama, cosa bastante rara en las mujeres de tu clase. Me gusta la combinación. Y tienes más cerebro entre las orejas que la mayor parte de las mujeres, a pesar de que seas una arpía.
– ¿Es ahí donde tú crees que está? -le preguntó ella, desesperada por alejar a César de sus fallos.
– ¿El qué?
– Nuestro aparato pensante.
– Pregúntaselo a cualquier cirujano del ejército o a cualquier soldado, y te lo dirán. Son las heridas en la cabeza las que dañan nuestro aparato pensante. Cerebrum, el cerebro. Sobre lo que todos los filósofos discuten no es sobre el cerebrum, es sobre el animus. El espíritu animado, el alma. La parte de nosotros que puede concebir ideas no guarda relación con nuestros sentidos, desde la música hasta la geometría. Es la parte que se eleva por encima de todo. Ésa está en un lugar que desconocemos. La cabeza, el pecho, el vientre…