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– Sonrió-. Incluso podría estar en el dedo gordo de nuestro pie. Lo cual es lógico cuando uno piensa hasta qué punto la gota es capaz de destruir a Hortensio.

– Creo que ya has contestado a mi pregunta. Ahora sé por qué estamos juntos.

– ¿Por qué?

– Por eso. Yo soy tu piedra de afilar. Tú afilas en mi tu ingenio, César.

Servilia se levantó del asiento y empezó a quitarse la ropa. De pronto César la deseó con locura, pero no para acunarla entre sus brazos ni tratarla con ternura, uno no domaba a una arpía como aquélla a base de bondad. Una arpía era algo grotesco que uno poseía tendida en el suelo, clavándole los dientes en el cuello y sujetándole las garras detrás de su propia espalda, y luego la poseía una y otra vez.

La brutalidad siempre acababa por dejar suave a Servilia; se volvió blanda y un poco gatuna cuando él la trasladó del suelo a la cama.

– ¿Alguna vez has amado a alguna mujer? -le preguntó ella entonces.

– A Cinnilla -repuso César bruscamente; y cerró los ojos, que se le llenaron de lágrimas.

– ¿Por qué? -quiso saber la arpía-. No había nada especial en ella, no era ingeniosa ni inteligente. Aunque era patricia.

A modo de respuesta, César se volvió de lado, le dio la espalda y fingió dormitar. ¿Hablar con Servilia de Cinnilla? ¡Nunca!

¿Por qué la amé tanto, si es que era amor lo que yo sentía? Cinnilla fue mía desde el momento en que la cogí de la mano y me la llevé a casa desde la casa de Cayo Mario en los días en que éste se había convertido en una sombra demente de sí mismo. ¿Cuántos años tenía yo, trece? Y ella a lo sumo siete. Era una niñita tan adorable. Tan morena, gordita y dulce… Cómo se le doblaba el labio superior cuando sonreía, y sonreía muy a menudo. Era la dulzura personificada. No tenía una causa propia, a menos que fuera yo la razón de su vida. ¿Acaso la amé tanto porque primero fuimos niños juntos? ¿O fue que al hacerme sacerdote y casarme con una niña a la que él no conocía, el viejo Cayo Mario me hizo un regalo tan precioso que nunca encontraré otro igual?

Se sentó convulsivamente y le dio un azote tan fuerte a Servilia en el trasero que ella llevó la marca el resto del día.

– Ya es hora de que te vayas -le dijo-. ¡Venga, Servilia, vete! ¡Vete ya!

Servilia se marchó sin decir palabra, y se dio mucha prisa en hacerlo, pues algo en el rostro de César la llenó del mismo tipo de terror que ella le inspiraba a Bruto. En cuanto se hubo marchado, César enterró el rostro en la almohada y se echó a llorar como no había llorado desde que muriera Cinnilla.

El Senado no volvió a reunirse más aquel año. No es que fuera un estado de cosas poco habitual, pues no existía un programa formal de reuniones establecido; las convocaba un magistrado, que solía ser el cónsul que tenía las fasces durante el mes en curso. Como era diciembre, se suponía que Antonio Híbrido ocupaba la presidencia, pero Cicerón estaba sustituyéndolo, y Cicerón ya había tenido bastante. Tampoco se había recibido noticia alguna procedente de Etruria que mereciera andar a la caza de los senadores para sacarlos de sus madrigueras. ¡Aquel hatajo de cobardes! Además, el cónsul senior no estaba seguro de qué otra cosa podía hacer César a la más mínima oportunidad que le diera. Cada día que se reunían los Comicios Metelo Nepote insistía en intentar echar a Híbrido, y Catón insistía en vetar a Nepote. Los demás caballeros de las Dieciocho que eran partidarios de Cicerón y de Ático estaban trabajando duro para convencer a la gente de que se pusiera de parte del Senado, pero todavía había muchas expresiones oscuras en los rostros, y miradas aún más oscuras por todas partes.

El único factor con el que Cicerón no había contado era con los hombres jóvenes; privados de su amado padrastro, los Antonios habían reclutado a los miembros del club de Clodio. En circunstancias normales nadie de la posición y de la edad de Cicerón los habría tenido en cuenta, pero la conspiración de Catilina y el resultado de la misma los había empujado a salir de las sombras a que su juventud los limitaba. ¡Y qué enorme influencia tenían! Oh, no entre los de la primera clase, por supuesto, pero ciertamente sí en todos los niveles inferiores.

El joven Curión era un caso que había que tener en cuenta. Exaltado al máximo, incluso había sido encerrado en su habitación por el anciano Curión, que se volvía loco por tener que vérselas con las consecuencias de la afición a la bebida del joven Curión, de su vicio por el juego y de sus proezas sexuales. Aquello no había servido de nada. Marco Antonio lo había liberado y a los dos se les había visto en una taberna de mala muerte perdiendo dinero a los dados, bebiendo y besándose apasionadamente. Ahora el joven Curión tenía una causa por la que luchar, y de repente había manifestado una parte de su carácter que no tenía nada que ver con el vicio ocioso. El joven Curión era mucho más inteligente que su padre, y también un brillante orador. Cada día estaba en el Foro causando revuelo. Luego estaba Décimo Junio Bruto Albino, hijo y heredero de una familia dispuesta por tradición a oponerse a toda causa popularista; Décimo Bruto Galaico había sido uno de los más inflexibles enemigos de los hermanos Graco, aliados con la rama no perteneciente a los Gracos del clan Sempronio, de cognomen Tuditano. La amicitia persistía de una generación a la siguiente, lo cual significaba que el joven Décimo Bruto debería haber estado apoyando a hombres como Catulo, no a agitadores destructivos como Cayo César. En cambio, allí estaba Décimo Bruto en el Foro animando a Metelo Nepote, vitoreando a César cuando aparecía por allí y mostrándose absolutamente encantador con toda clase de personas, desde esclavos manumitidos hasta la cuarta clase. Otro joven inteligente y capaz en extremo que aparentemente era un caso perdido según los principios que ostentaban los boni… ¡y que iba en malas compañías!

Y en cuanto a Publio Clodio… bueno… desde el juicio de las vestales, hacía ya diez años cumplidos, todo el mundo sabía que Clodio era el enemigo más ruidoso de Catilina. Pero allí estaba, sin embargo, en compañía de hordas y más hordas de clientes -¿cómo era que había llegado a tener más clientes que su hermano mayor, Apio Claudio?-, ¡causándoles problemas a los enemigos de Catilina! ¡Y solía acompañar del brazo a su despreciable esposa, lo cual en sí mismo era una afrenta colosal! Las mujeres no frecuentaban el Foro; las mujeres no escuchaban las reuniones de los Comicios desde un lugar prominente; las mujeres no levantaban la voz para dar ánimo a gritos e insultar soezmente. Y Fulvia hacía todo eso; y a la muchedumbre parecía que le encantaba, aunque sólo fuera porque ella era nieta de Cayo Graco, quien no había dejado descendientes varones.

Hasta la ejecución de su padrastro nadie se había tomado en serio a los Antonios. ¿O era que los hombres no miraban más que los escándalos que dejaban a su paso? Ninguno de los tres poseía la habilidad ni la brillantez del joven Curión, de Décimo Bruto o de un Clodio, pero tenían algo en su estilo que a la multitud le resultaba muy atractivo, la misma fascinación que ejercían los gladiadores sobresalientes o los conductores de carros: pura fuerza física, un dominio que surgía de la fuerza bruta. Marco Antonio tenía la costumbre de aparecer ataviado sólo con una túnica, prenda esta que permitía que la gente le viera las enormes pantorrillas y los enormes bíceps, la anchura de los hombros, el vientre plano, la bóveda del pecho, los antebrazos como de roble; además se ponía la túnica muy ajustada por delante, de manera que exhibía la silueta del pene tan claramente que el mundo entero sabía que no estaban mirando un relleno. Las mujeres suspiraban y se desmayaban; los hombres tragaban saliva con tristeza y deseaban estar muertos. Era muy feo de cara, con una nariz corva que se esforzaba por ir al encuentro de un agresivo y enorme mentón cruzando por encima de la boca pequeña, pero de labios gruesos; tenía los ojos demasiado juntos y las mejillas carnosas. Pero el cabello de color castaño rojizo era espeso, crespo y rizado, y las mujeres bromeaban con que era enormemente divertido buscarle la boca para besarle sin quedar aprisionadas entre la nariz y el mentón. En resumen, Marco Antonio -y sus hermanos, aunque en menor medida- no necesitaba ser un gran orador ni un astuto abogado de los tribunales; simplemente andaba por ahí como el terrible y pavoroso monstruo que era.