Por todos estos motivos Cicerón había optado por no reunir al Senado durante el resto de su año como cónsul… si es que el propio César no hubiera sido causa suficiente como para que Cicerón intentara pasar inadvertido.
Sin embargo, el último día de diciembre a la hora en que el sol estaba próximo a ocultarse, el cónsul senior fue a encontrarse con el pueblo en la Asamblea Popular y a entregar su insignia del cargo. Había trabajado larga y duramente en su despedida con intención de dejar la etapa consular con un discurso como nunca Roma hubiera oído otro igual. Su honor y su propia estima así lo exigían. Aunque Antonio Híbrido hubiera estado en Roma, no habría significado competencia alguna para Cicerón, pero tal como estaban las cosas, con Híbrido ausente, Cicerón tenía todo el escenario para él solo. ¡Qué bonito!
– Quirites -empezó a decir con su voz meliflua-, éste ha sido un año trascendental para Roma…
– ¡Veto, veto! -dijo a voces Metelo Nepote desde el Foso de los Comicios-. ¡Veto cualquier discurso, Cicerón! A ningún hombre que haya ejecutado a ciudadanos romanos sin un juicio se le puede conceder la oportunidad de justificar lo que hizo. ¡Cierra la boca, Cicerón! ¡Presta juramento y bájate de la tribuna!
Durante unos prolongados instantes se hizo el silencio más absoluto. Desde luego, el cónsul senior se esperaba que la concurrencia fuera lo suficientemente numerosa como para ordenar trasladar el lugar de la reunión desde el Foso de los Comicios a la tribuna del templo de Cástor, pero no fue así. Ático había trabajado para conseguir ciertos resultados; todos aquellos caballeros que apoyaban a Cicerón se hallaban presentes y parecían superar en número a la oposición. Pero que Metelo Nepote fuese a vetar algo tan tradicional como el derecho a hablar del cónsul saliente, ni siquiera se le había pasado por la cabeza a Cicerón. Y no había nada que hacer al respecto, fuera cual fuese el número de asistentes. Por segunda vez en un breve período de tiempo, Cicerón deseó con todo su corazón que la ley de Sila que prohibía el veto de los tribunos siguiera en vigor. Pero no era así. ¿Cómo, pues, podía él decir algo? ¿Algo? ¡Nada! Al final empezó a pronunciar el juramento de acuerdo con la antigua fórmula, y luego, al concluir, añadió:
– También juro que por mis propios esfuerzos yo solo he salvado a mi patria; que yo, Marco Tulio Cicerón, cónsul del Senado y del pueblo de Roma, he asegurado el mantenimiento del gobierno legal y he preservado a Roma de sus enemigos!
Tras lo cual Ático empezó a vitorear, y sus seguidores se le unieron a voz en grito. Y los jóvenes no estaban presentes para ladrar y abuchear; era el día de nochevieja, y por lo visto tenían mejores cosas que hacer que mirar cómo Cicerón dejaba el cargo. En cierto modo una victoria, pensó Marco Tulio Cicerón mientras descendía por los escalones de la tribuna y le tendía los brazos a Ático. A continuación alguien le puso una corona de laurel en la cabeza, y la multitud lo fue aclamando todo el camino por la escalera de los Fabricantes de Anillos. Lástima que César no estuviera allí para presenciarlo. Pero, igual que todos los magistrados entrantes, César no podía asistir. El día siguiente era su día, cuando a él y a los nuevos magistrados se les tomaría juramento en el templo de Júpiter Optimo Máximo y empezaría lo que -en el caso de César, de todos modos- Cicerón se temía que sería un año de calamidades para los boni.
La mañana siguiente confirmó aquel presentimiento. No bien hubo concluido la ceremonia formal del juramento y se hubo ajustado al calendario, cuando el nuevo praetor urbanus, Cayo Julio César, abandonó aquella primera reunión del Senado para marcharse apresuradamente al Foso de los Comicios y convocar a la Asamblea Popular a sesión. Resultaba obvio que aquello había sido organizado de antemano; sólo aquellos hombres de tendencias popularistas estaban esperándole, desde los más jóvenes hasta sus partidarios senatoriales, así como el inevitable enjambre de hombres poco mejores que el proletariado, reliquia de todos aquellos años que César había vivido en Subura: judíos, con sus solideos puestos, que poseían la ciudadanía romana, los cuales, en connivencia de César, habían logrado entrar en las listas de alguna tribu rural; esclavos manumitidos, una multitud de pequeños comerciantes y negociantes, también insertados en tribus rurales, y en los extremos las esposas, las hermanas, las hijas y las tías.
La voz por naturaleza profunda se desvaneció; César adoptó aquel claro y agudo tono de tenor que se hacía oír tan bien a medida que la muchedumbre aumentaba.
– ¡Pueblo de Roma, os he convocado hoy aquí para que seáis testigos de mi protesta contra un insulto conferido a Roma de tal magnitud que los dioses están llorando! Hace más de veinte años el templo de Júpiter Óptimo Máximo quedó destruido en un incendio. En mi juventud fui flamen Dialis, el sacerdote especial de Júpiter Óptimo Máximo, y ahora, en mi madurez, soy pontífice máximo, dedicado una vez más al servicio del Gran Dios. Hoy he tenido que jurar mi cargo dentro de las nuevas instalaciones que Lucio Cornelio Sila Félix le encargó construir a Quinto Lutacio Catulo hace dieciocho años. ¡Y, pueblo de Roma, me ha dado vergüenza! Me he humillado delante del Gran Dios, he llorado bajo el amparo de mi toga praetexta, no he podido mirar al rostro de la exquisita nueva estatua del Gran Dios, encargada y pagada por mi tío Lucio Aurelio Cotta y su colega en el consulado, Lucio Manlio Torcuato. ¡Sí, hasta hace escasos días el templo de Júpiter Optimo Máximo incluso carecía de la efigie del Gran Dios!
Nunca insignificante, ni siquiera en medio de la más impresionante y apretada congregación de personas, ahora que César era pretor urbano parecía incluso haber crecido, tanto en estatura como en magnificencia; la pura fuerza que había dentro de él se derramaba al exterior y se apoderaba de todo el que lo escuchaba, lo dominaba, lo embelesaba.
– ¿Cómo puede ser? -le preguntó a la multitud-. ¿Por que está tan descuidado el espíritu que guía a Roma? ¿Por qué es tan insultado, tan denigrado? ¿Por qué las paredes del templo están desprovistas del mejor arte que nuestro tiempo pueda ofrecer? ¿Por qué no hay esplendorosos regalos de reyes y príncipes extranjeros? ¿Por qué Minerva y Juno existen como aire, como numiria, como nada? ¡No hay una estatua de ninguna de las dos, ni siquiera de arcilla barata cocida! ¿Dónde están los adornos de oro? ¿Dónde están los carros dorados? ¿Dónde están las gloriosas molduras, los suelos fabulosos? -Hizo una pausa, tomó aliento y adoptó una expresión de trueno-. ¡Yo puedo decíroslo, quirites! ¡El dinero destinado a todas esas cosas se encuentra en la bolsa de Catulo! ¡Todos los millones de sestercios que el Tesoro de Roma le ha proporcionado a Quinto Lutacio Catulo nunca han salido de su cuenta bancaria personal! ¡Yo he estado en el Tesoro, he pedido los expedientes y no hay ninguno! ¡Es decir, ninguno que describa el destino de las muchas cantidades pagadas a Catulo al cabo de los años! ¡Sacrilegio! ¡A eso es a lo que se remonta todo! ¡El hombre a quien se le confió la recreación de la casa de Júpiter Optimo Máximo con mayor belleza y gloria de la que nunca antes tuviera se ha escabullido con los fondos!
La diatriba continuó mientras la audiencia se mostraba cada vez más indignada; lo que César decía era cierto. ¿No lo habían visto todos por sí mismos?
Quinto Lutacio Catulo, Catón, Bíbulo y el resto de los boni llegaron corriendo del Capitolio.
– ¡Ahí lo tenéis! -dijo César apuntándolo-. ¡Miradlo! ¡Oh, qué descaro! ¡Qué temeridad la de este hombre! Sin embargo, quirites, tenéis que concederle que tiene valor, ¿no? ¡Mirad cómo corre ese estafador descarado! ¿Cómo puede moverse tan de prisa con todo el peso del dinero del Estado tirando de él hacia abajo? ¡Quinto Lutacio Peculato el malversador! ¡Malversador!