– ¿Qué significa todo esto, praetor urbanus? -exigió Catulo, sin aliento-. ¡Hoy es feriae, no puedes convocar una asamblea!
– ¡Como pontífice máximo gozo de plena libertad para reunir al pueblo y tratar de un tema religioso a cualquier hora de cualquier día! Y éste, desde luego, es un tema religioso. Estoy explicándole al pueblo por qué Júpiter Óptimo Máximo carece de un hogar adecuado, Catulo.
Catulo había oído con claridad aquel despreciativo «¡malversador!», y no necesitaba más información para llegar a las conclusiones correctas.
– ¡César, te haré pagar con el pellejo por esto! -gritó al tiempo que movía un puño en el aire.
– ¡Oh!
– César ahogó un grito y se encogió hacia atrás lleno de burlona alarma-. ¿Le oís, quirites? ¡Lo pongo en evidencia como un sacrílego devorador de los fondos públicos de Roma, y él amenaza con despellejarme! Venga, Catulo, ¿por qué no admites lo que toda Roma sabe ya que es una realidad? La prueba está ahí, a la vista de todos: ¡una prueba mucho mayor de la que presentaste tú cuando me acusaste de traición en la Cámara! ¡Lo único que cualquier hombre tiene que hacer es mirar las paredes, los suelos, los plintos vacíos y la ausencia de dones para ver qué humillación has infligido a Júpiter Óptimo Máximo!
Catulo se quedó de pie sin saber qué decir, porque en verdad no tenía idea de cómo expresar en aquella enojada reunión pública cuál era su posición. ¡La posición en la cual lo había puesto Sila! La gente no tenía un concepto real del horroroso gasto que implicaba la construcción de un edificio tan enorme y eterno como el templo de Júpiter Óptimo Máximo. Cualquier cosa que intentase decir en su propia defensa daría la impresión de ser un tejido de débiles e irrisorias mentiras.
– Pueblo de Roma -continuó diciendo César a las enojadas caras de la multitud-, hago una moción para que tomemos en contio la consideración de dos leyes, una para acusar a Quinto Lutacio Catulo por la malversación de los fondos del Estado, ¡y otra para juzgarle por sacrilegio!
– ¡Y yo veto cualquier debate sobre cualquiera de esos dos temas! -rugió Catón.
Ante lo cual César se encogió de hombros, extendió las manos en un gesto con el que claramente se preguntaba qué podía hacer cualquier hombre una vez que Catón comenzaba a interponer el veto, y gritó con voz muy fuerte:
– ¡Levanto la sesión! Id a casa, quirites, y ofreced sacrificios al Gran Dios. ¡Rogad porque permita que Roma continúe en pie mientras haya hombres que roban los fondos públicos e incumplen los contratos sagrados!
Bajó alegremente de la tribuna, les dedicó una feliz sonrisa a los boni y se alejó vía Sacra arriba rodeado de cientos de personas indignadas, que a todas luces irían rogándole que no diera todavía por cerrado el asunto, que siguiera adelante con él y procesase a Catulo.
Bíbulo se percató de que Catulo respiraba entrecortadamente, en medio de grandes jadeos, y se acercó para sujetarlo.
– ¡De prisa! -les dijo bruscamente a Catón y a Ahenobarbo al tiempo que se quitaba la toga.
Los tres hombres hicieron unas parihuelas con la toga, obligaron a Catulo, a pesar de sus protestas, a tumbarse encima y, con Metelo Escipión sujetando la cuarta esquina, llevaron a Catulo a su casa. Tenía la cara más gris que azul, y aquello quizás fuera una buena señal, pero sintieron alivio cuando llegaron a casa del líder de los boni y lo metieron en su cama, mientras su mujer, Hortensia, revoloteaba por allí distraídamente. Se pondría bien… por esta vez.
– Pero, ¿cuánto podrá aguantar el pobre Catulo? -preguntó Bíbulo cuando salían al Clivus Victoriae.
– ¡Sea como sea tenemos que hacer callar a ese irrumator de César de una vez para siempre! -masculló Ahenobarbo entre dientes-. ¡Si no hay otra manera, que sea con el asesinato!
– ¿No querrás decir fellator? -le preguntó Cayo Pisón, tan asustado por la expresión del rostro de Ahenobarbo que buscaba algo que aligerase el ambiente. Como normalmente no era hombre prudente, ahora presentía el desastre, y tenía una idea para su propio destino.
– ¿César haciendo el papel del que da? -preguntó Bíbulo con desprecio-. ¡No, ni hablar, él no! ¡Los reyes no coronados no dan, toman!
– Y aquí estamos otra vez -intervino suspirando Metelo Escipión-. Paremos a César en esto, paremos a César en aquello. Pero nunca lo hacemos.
– Podemos y lo haremos -dijo el diminuto y plateado Bíbulo-. Un pajarito me ha dicho que muy pronto Metelo Nepote va a proponer que hagamos volver a Pompeyo del Este para que se encargue de Catilina… y que debería concedérsele para ello imperium maius. ¡Imaginaos eso! ¡Un general dentro de Italia en posesión de un grado de imperium nunca antes concedido a nadie excepto a un dictador!
– ¿De qué nos sirve eso en lo que se refiere a César? -preguntó Metelo Escipión.
– Nepote no puede presentar un proyecto de ley así ante la plebe, tendrá que ir ante el pueblo. ¿Creéis por un momento que Silano o Murena consentirían en convocar una reunión destinada a concederle a Pompeyo un imperium maius? No, la convocará César.
– ¿Y qué?
– Pues que entonces nosotros nos aseguraremos de que la reunión sea violenta. Luego, como César será responsable ante la ley por esa violencia, le acusaremos bajo la lex Plautia de vi. ¡Por si se te ha olvidado, Escipión, yo soy el pretor al cargo del Tribunal de Violencia! Y no sólo estoy dispuesto a pervertir la justicia con tal de hacer caer a César, sino que incluso iría a ver a Cancerbero y le daría una palmadita en cada una de sus cabezas.
– Bíbulo, ésa es una brillante idea! -dijo Cayo Pisón.
– Y por una vez no habrá protestas por mi parte de que no se ha hecho justicia -apuntó Catón-. ¡Si a César se le declara culpable, se habrá hecho justicia!
– Catulo se está muriendo -dijo Cicerón bruscamente.
Se había quedado cerca, alrededor del grupo, consciente de que ninguno de ellos lo consideraba lo suficientemente importante como para incluirlo en sus maquinaciones. El, el huésped procedente de Arpinum. El salvador de la patria, pero un hombre del que se habían olvidado al día siguiente de haber dejado el cargo.
El resto del grupo lo miró sobresaltado.
– ¡Tonterías! -ladró Catón-. Se pondrá bien.
– Yo diría que sí, esta vez. Pero se está muriendo -mantuvo Cicerón obstinadamente-. No hace mucho me dijo que César le estaba desgastando el hilo de la vida como la cuerda tosca desgasta un hilo de gasa.
– ¡Entonces tenemos que librarnos de César! -gritó Ahenobarbo-. Cuanto más alto sube, más insoportable resulta.
– Cuanto más alto suba, más grande será la caída -dijo Catón-. Porque mientras él y yo vivamos, estaré empujando mi palanca para provocar esa caída, y así lo juro solemnemente por todos nuestros dioses.
Ignorante de toda aquella mala voluntad que los boni dirigían contra su persona, César se fue a casa, donde se celebraba una cena. Licinia había renunciado a sus votos, por lo que Fabia era ahora la vestal jefe. El relevo había sido señalado con ceremonias y un banquete oficial para todos los colegios sacerdotales, pero aquel día de año nuevo el pontífice máximo celebraba una cena mucho más pequeña: sólo las cinco vestales; y Aurelia, Julia y Terencia, la hermanastra de Fabia y esposa de Cicerón. A éste también se le había invitado, pero había declinado la invitación. Pompeya Sila también había rehusado asistir; como Cicerón, alegó un compromiso previo. El club de Clodio estaba de fiesta. Sin embargo, César tenía una buena razón para saber que ella no podría poner en peligro su buen nombre. Polixena y Cardixa estaban más pegadas a ella que los erizos a un buey…