– ¡Bien! ¡Una Cornelia Merula para el colegio! -estaba diciendo Terencia cuando César cerró la puerta.
Fuera, en el pasillo, César se apoyó en la pared y durante unos momentos se estuvo riendo en silencio. ¡En qué mundo tan pequeño vivían ellas! ¿Sería eso bueno o malo? Por lo menos eran un grupo agradable, aunque mater se estuviera volviendo un poco maniática con la edad; Terencia siempre lo había sido. ¡Pero, gracias a los dioses, él no tenía que hacer aquello a menudo! Era muchísimo más divertido idear la jugada para hacer que desterrasen a Metelo Nepote que estar hablando de aquellas trivialidades con mujeres.
Pero cuando César convocó la Asamblea Popular por la mañana temprano del cuarto día de enero, no tenía ni idea de que Bíbulo y Catón tuvieran intención de servirse de la reunión para causar una caída en desgracia mucho peor que la de Metelo Nepote: la del propio César.
Cuando sus lictores y él llegaron al Foro inferior muy temprano, era evidente que el Foso de los Comicios no sería suficiente para acomodar a toda la multitud; César se volvió inmediatamente en dirección al templo de Cástor y Pólux y dio órdenes al pequeño grupo de esclavos públicos que esperaban allí cerca por si se les necesitaba.
Muchos consideraban que el de Cástor era el templo más imponente del Foro, pues había sido reconstruido hacía menos de sesenta años por Metelo Dalmático, el pontífice máximo, y lo habían construido en un estilo realmente grandioso. Por dentro era lo suficientemente grande como para que el Senado completo celebrase las reuniones cómodamente, el suelo de su única cámara se alzaba veinticinco pies sobre el nivel del terreno, y dentro de su podio había un laberinto de salas. Un tribunal de piedra se había alzado en otro tiempo delante del templo original, pero cuando Metelo Dalmático lo echó abajo y empezó de nuevo, incorporó dicha estructura al conjunto, creando así una plataforma casi tan grande como la tribuna de los Comicios a unos diez pies sobre el suelo. En lugar de llevar el maravilloso tramo de escalones de mármol, de poca altura, todo el trayecto desde la entrada del templo hasta el nivel del Foro, había detenido los escalones en la plataforma. El acceso desde el Foro hasta la plataforma se hacía por medio de dos estrechos grupos de escalones, uno a cada lado. Esto permitía que la plataforma sirviera de tribuna, y que el templo de Cástor se pudiera utilizar como lugar de votaciones; el pueblo o la plebe reunidos en asamblea se ponían de pie debajo, en el foso, y miraban hacia arriba.
El templo en sí estaba rodeado por completo de columnas de piedra en forma de flauta pintadas de rojo, cada una de ellas rematada por un capitel jónico pintado en distintos tonos de azul intenso con bordes dorados en las volutas. Y Metelo Dalmático no había encerrado la cámara poniendo muros entre las columnas, sino que se podía mirar a través del templo de Cástor al otro lado; el templo se alzaba ventilado y libre como los dos jóvenes dioses a quienes estaba dedicado.
Mientras César se quedaba de pie contemplando cómo los esclavos públicos depositaban el enorme y pesado banco tribunicio sobre la plataforma, alguien le tocó en el brazo.
– A buen entendedor…
– dijo Publio Clodio, cuyos oscuros ojos estaban muy brillantes-. Va a haber follón.
Los ojos del propio César ya habían advertido el hecho de que había muchas personas entre la multitud cuyas caras no eran conocidas salvo en un aspecto: pertenecían a la multitud de matones de Roma, a aquellos ex gladiadores que, después de quedar libres, venían a la deriva desde lugares como Capua para buscar empleo sórdido en Roma como gorilas, alguaciles o guardaespaldas.
– No son mis hombres -dijo Clodio.
– ¿De quién son, entonces?
– No estoy seguro, porque son demasiado reservados para decirlo. Pero todos tienen bultos sospechosos debajo de la toga: lo más probable es que lleven porras. Yo que tú, César, haría que alguien llamase a la milicia a toda prisa. No celebres la reunión hasta que haya protección.
– Muchas gracias, Publio Clodio -le dijo César; y se dio media vuelta para hablar con el jefe de sus lictores.
No mucho tiempo después aparecieron los nuevos cónsules. Los lictores de Silano llevaban las fasces, mientras que la docena de lictores de Murena caminaban con el hombro izquierdo libre de toda carga. Ninguno de los dos hombres estaba contento, porque aquella reunión, la segunda del año, era también la segunda que convocaba un mero pretor; César se había adelantado a los cónsules, lo que se consideraba un gran insulto, y Silano no había tenido ocasión todavía de dirigirse al pueblo en su contio laudatorio. ¡Incluso a Cicerón le había ido mejor! Así pues, ambos se pusieron a esperar con el rostro pétreo lo más lejos de César que les fue posible, mientras sus sirvientes colocaban las esbeltas sillas de marfil a un lado del centro de la plataforma, ocupado por la silla curul perteneciente a César y -¡siniestra presencia!- el banco tribunicio.
Uno a uno fueron desfilando los demás magistrados, y todos ellos hallaron un lugar donde sentarse. Cuando llegó Metelo Nepote se encaramó en el mismísimo extremo del banco tribunicio, junto al sillón de César; le guiñó un ojo a éste y blandió en el aire un rollo que contenía su proyecto de ley para hacer que Pompeyo volviera a casa. Mirando a todas partes, el pretor urbano le contó lo de los grupos que formaban coágulos entre la multitud, ahora de tres o cuatro mil personas. Aunque la zona delantera estaba reservada para los senadores, los que quedaban justo detrás y a ambos lados eran ex gladiadores. En otros lugares había grupos que César creía que pertenecían a Clodio, incluidos los tres Antonios y el resto de jóvenes balas perdidas que pertenecían al club de Clodio. También se encontraba allí Fulvia.
El jefe de los lictores se aproximó y se inclinó junto a la silla de César.
– La milicia está empezando a llegar, César. Los he colocado detrás del templo, como has ordenado.
– Bien. Usa tu propia iniciativa. No esperes mis órdenes.
– ¡No pasa nada, César! -dijo alegremente Metelo Nepote-. Ya me habían dicho que la multitud estaba llena de caras toscas y desconocidas, así que he puesto ahí fuera unas cuantas caras toscas de mi propiedad.
– No creo, Nepote, que ésa sea una idea muy inteligente -dijo César soltando un suspiro-. Lo último que quiero es otra guerra en el Foro.
– ¿No va siendo ya hora? -le dijo Nepote sin dejarse impresionar-. No hemos tenido una buena reyerta desde antes de que yo dejara los pañales.
– Estás totalmente decidido a salir de tu cargo en medio de un buen alboroto.
– ¡Y que lo digas! ¡Aunque me gustaría apalear a Catón antes de marcharme!
Los últimos en llegar, Catón y Termo, subieron los escalones del lado en el que Pólux estaba sentado sobre un caballo de mármol pintado, avanzaron entre los pretores dirigiéndole una sonrisa a Bíbulo y llegaron al banco. Antes de que Metelo Nepote supiera qué ocurría, los dos recién llegados lo habían levantado cada uno por debajo de un codo y lo habían depositado en medio del banco. Luego se sentaron ellos entre Nepote y César, Catón al lado de César y Termo al lado de Nepote. Cuando Bestia intentó sentarse al otro lado de Nepote, Lucio Mario se interpuso entre ellos. Así que Metelo Nepote quedó sentado en medio de sus enemigos, igual que César cuando Bíbulo de pronto trasladó su silla de marfil desde donde se encontraba el sobresaltado Filipo hasta el lado de César.
La alarma iba cundiendo; los dos cónsules parecían estar incómodos, y los pretores que no estaban implicados deseaban a todas luces que la plataforma estuviera el triple de lejos del suelo de lo que estaba.
Pero la reunión dio comienzo por fin con las oraciones y los augurios. Todo parecía estar en orden. César habló brevemente para anunciar que el tribuno de la plebe Quinto Cecilio Metelo Nepote deseaba presentar un proyecto de ley para someterlo a discusión en el pueblo.