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Metelo Nepote se puso en pie y separó los dos extremos de su rollo.

– ¡Quirites, es el cuarto día de enero del año del consulado de Décimo Junio Silano y Lucio Licinio Murena! Al norte de Roma se extiende el gran distrito de Etruria, donde el proscrito Catilina se pavonea con un ejército de rebeldes. En el campo contra él está Cayo Antonio Híbrido, comandante en jefe de una fuerza al menos el doble de grande que la que tiene Catilina. ¡Pero no sucede nada! ¡Hace casi dos meses ya desde que Híbrido se marchó de Roma para encargarse de esa patética colección de soldados veteranos, tan viejos que les crujen las rodillas, pero no ha ocurrido nada! ¡Roma continúa bajo un senatus consultum ultimum mientras el ex cónsul que está al frente de sus legiones se venda el dedo gordo del pie!

Leyó el contenido del rollo, pero con seriedad; Nepote no era tan tonto como para creer que aquella muchedumbre allí reunida fuera a apreciar a un payaso. Se aclaró la garganta y pasó inmediatamente a los detalles.

– Por la presente propongo que el pueblo de Roma releve a Cayo Antonio Híbrido de su imperium y de su mando! ¡Por la presente solicito al pueblo de Roma que instale en su lugar a Cneo Pompeyo Magnus como comandante en jefe de los ejércitos! ¡Por la presente solicito al pueblo de Roma que otorgue a Cneo Pompeyo Magnus un imperium maius que tenga efecto en toda Italia excepto en la propia ciudad de Roma! ¡Además dispongo que se le conceda a Cneo Pompeyo todo el dinero, tropas, equipo y legados que requiera y que su mando especial, junto con su imperium maius, no termine hasta que él considere que ha llegado el momento de dejarlos!

Catón y Termo estaban de pie cuando la última palabra salió de la boca de Nepote.

– ¡Veto! ¡Veto! ¡Interpongo mi veto! -gritaron ambos hombres al unísono.

Una lluvia de piedras salió de la nada, zumbando peligrosamente alrededor de los magistrados allí reunidos, y los matones comenzaron a avanzar a la carga pasando entre las filas de los senadores en dirección a los dos tramos de escalones. Las sillas curules se volcaron cuando cónsules, pretores y ediles salieron huyendo por las anchas escaleras de mármol hacia arriba y entraron en el templo, con todos los tribunos de la plebe, excepto Catón y Metelo Nepote, detrás de ellos. Bastones y porras salieron a la luz; César se envolvió la toga alrededor del brazo derecho y se retiró entre sus lictores, arrastrando a Nepote consigo. Pero Catón se quedó rezagado más tiempo, al parecer milagrosamente intacto, y siguió gritando que él interponía su veto, repitiéndolo a cada escalón que subía, hasta que Murena salió precipitadamente de entre las columnas y lo metió dentro tirando de él a la fuerza. La milicia se metió vadeando entre la refriega rodeados de escudos y empujando con los bastones, y poco a poco aquellos gamberros que habían llegado a la plataforma fueron obligados a bajar de nuevo. Ahora los senadores correteaban por los dos tramos de escalones hacia arriba, en busca del refugio del templo. Y abajo, en el Foro, estalló un disturbio a gran escala cuando un vociferante Marco Antonio y su inseparable compañero Curión cayeron juntos sobre unos veinte oponentes, con todos sus amigos formando un montón detrás de ellos.

– ¡Bien, éste es un buen comienzo de año! -dijo César mientras caminaba hacia el centro del templo lleno de luz, al tiempo que se arreglaba cuidadosamente los pliegues de la toga.

– ¡Es un desgraciado comienzo de año! -dijo bruscamente Silano, cuya sangre le corría tan velozmente por las venas que le hacía desaparecer el dolor del vientre-. ¡Lictor, te ordeno que sofoques los suburbios!

– ¡Oh, bobadas! -dijo César con hastío-. Ya tengo aquí la milicia, los mandé formar cuando vi algunas de esas caras entre la multitud. El problema no adquirirá grandes dimensiones ahora que nosotros ya no estamos en la tribuna.

– ¡Esto es obra tuya, César! -gruñó Bíbulo.

– Oírte hablar, Pulga, siempre es obra mía.

– ¿Queréis mantener el orden, por favor? -voceó Silano-. ¡He convocado al Senado a sesión y quiero orden!

– ¿Y no crees que sería mejor que invocases el senatus consultum ultimum? -le preguntó Nepote mirando hacia abajo y viendo que todavía tenía el rollo en la mano-. Mejor aún, en cuanto amaine el alboroto ahí afuera, déjame terminar mi asunto ante el pueblo.

– ¡Silencio! -dijo Silano intentando atronar con la voz; pero más que un rugido le salió un balido-. ¡El senatus consultum ultimum me concede poder, como cónsul que ostenta las fasces, para tomar todas las medidas que estime necesarias para proteger a la Res Publica de Roma!

– Tragó saliva, y de pronto sintió que necesitaba sentarse. Pero la silla estaba tirada en la plataforma allí abajo, y tuvo que enviar a un sirviente a buscarla. Cuando alguien la desplegó y la puso en el suelo para que se sentase, se derrumbó en ella, gris y sudoroso-. ¡Padres conscriptos, yo le pondré fin a este espantoso asunto de inmediato! -luego añadió-: Marco Calpurnio Bíbulo, tienes la palabra. Ten la amabilidad de explicar ese comentario que le has hecho a Cayo Julio César.

– No tengo que explicar nada, Décimo Silano, es algo que resulta evidente -le dijo Bíbulo señalando una hinchazón que se le iba poniendo oscura en la mejilla izquierda-. ¡Acuso a Cayo César y a Quinto Metelo Nepote de violencia pública! ¿Quién más tiene algo que ganar si se producen disturbios en el Foro? ¿Quién más querría ver cómo se produce el caos? ¿A los fines de quién sirve todo esto más que a los fines de ellos?

– ¡Bíbulo tiene razón! -gritó Catón, tan eufórico por aquella breve crisis que por una vez se olvidó del protocolo de los nombres-. ¿Quién más tendría algo que ganar? ¿Quién más necesita que corra la sangre en el Foro? ¡Se trata de volver a los viejos y buenos tiempos de Cayo Graco, de Livio Druso, de ese asqueroso demagogo de Saturnino! ¡Los dos sois secuaces de Pompeyo!

Gruñidos y ruidos se oyeron por todas partes, porque no había nadie entre los ciento y pico senadores que se hallaban dentro del templo que hubiera votado con César durante aquel fatídico del quinto día de diciembre, cuando cinco hombres fueron condenados a muerte sin un juicio.

– Ni el tribuno de la plebe Nepote ni yo como pretor urbano tenemos nada que ganar con la violencia -dijo César-, y tampoco tenían nada que ganar aquellos de entre los que tiraron las piedras que nosotros conozcamos.

– Miró con desprecio a Marco Bíbulo-. De haber transcurrido la asamblea pacíficamente, Pulga, el resultado habría sido una resonante victoria para Nepote. ¿Crees sinceramente que los votantes serios que han venido hoy aquí querrían a un imbécil como Híbrido a cargo de las legiones si se les ofreciera poner en su lugar a Pompeyo Magnus? La violencia empezó cuando Catón y Termo interpusieron el veto, no antes. ¡Utilizar el poder del veto tribunicio para impedir que el pueblo debata leyes en contio o para impedirle que emita su voto es una absoluta violación de todo aquello que Roma representa! ¡Yo no le echo la culpa al pueblo por empezar a apedrearnos! ¡Hace meses que no se le reconocen sus derechos en absoluto!

– ¡Hablando de derechos, todo tribuno de la plebe tiene derecho a ejercer su veto según su criterio! -bramó Catón.

– ¡Vaya tonto estás hecho, Catón! -le gritó César-. ¿Por qué crees que Sila les quitó el veto a los que son como tú? ¡Porque el veto nunca estuvo pensado para servir a los intereses de unos cuantos hombres que controlan el Senado! ¡Cada vez que tú ladras un veto, insultas la inteligencia de todos esos miles de personas que están ahí afuera, en el Foro, a quienes tú intentas hacerles trampa impidiéndoles que escuchen, con toda tranquilidad, aquellas leyes que se les presentan, con toda tranquilidad, y luego que voten, con toda tranquilidad, en un sentido o en otro!

– ¿Tranquilidad? ¡No fue mi veto lo que alteró la tranquilidad, César, fueron tus matones!

– ¡Yo nunca me ensuciaría las manos con semejante chusma!

– ¡No tenías necesidad de hacerlo! Lo único que tuviste que hacer fue dar las órdenes.