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Antes de que pudieran pronunciarse más que unas cuantas palabras, los lictores consulares aparecieron con las fasces, pero sin el cónsul.

– Cayo Julio César -dijo el jefe de los lictores de Silano mientras sus once compañeros empujaban a la pequeña multitud para que se alejasen del tribunal-, se te ha prohibido ejercer bajo el senatus consultum ultimum que sigue vigente. Por favor, desiste en este momento de todos los asuntos pretorianos.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó el abogado que había estado a punto de exponer su caso ante César: no era un abogado prominente, sino simplemente uno de los cientos que pululaban por el Foro en busca de asuntos-. ¡Yo necesito al pretor urbano!

– El cónsul senior ha designado a Quinto Tulio Cicerón para que asuma los deberes de pretor urbano -dijo el lictor, al que no le había gustado aquella interrupción.

– ¡Pero yo no quiero a Quinto Cicerón, quiero a Cayo César! El es el pretor urbano, y no pierde el tiempo ni vacila sin saber cómo actuar, como suelen hacer la mayoría de los pretores de Roma! ¡Quiero que mi caso se resuelva esta mañana, no el mes que viene o el año que viene!

El apiñamiento en torno al tribunal iba creciendo ahora a pasos agigantados, pues a los asiduos del Foro les había atraído la súbita presencia de tantos lictores y de aquel enojado individuo que protestaba.

Sin decir palabra, César se levantó de la silla, le hizo señas a su criado personal para que la plegase y la cogiera del suelo, y se volvió hacia sus seis lictores. Sonriendo, se acercó a cada uno de ellos y les dejó caer un puñado de denarios en la palma de la mano derecha.

– Coged vuestras fasces, amigos míos, y llevadlas al templo de Venus Libitina. Depositadlas donde deben estar cuando el hombre que debería ser precedido por ellas se ve privado de su cargo por la muerte o por la prohibición del ejercicio. Siento que el tiempo que hemos pasado juntos haya sido tan breve, y os agradezco muy sinceramente vuestras amables atenciones.

De los lictores pasó a los escribas y a los mensajeros, dando a cada uno de ellos una cantidad de dinero y una palabra de agradecimiento.

Después de lo cual se desprendió los pliegues de la toga praetexta bordada de púrpura del brazo y el hombro izquierdos, y enrolló la amplia prenda en una bola floja cuando se despojó de ella; ni una esquina de la misma tocó el suelo, tanta fue la destreza con que se la quitó. El criado que sostenía la silla recibió el bulto; César le indicó con la cabeza que se marchase.

– Perdonadme -dijo luego dirigiéndose al gentío que iba en aumento-, pero por lo visto no se me va a permitir llevar a cabo los deberes para los que me elegisteis.

– Y luego clavó el cuchillo-: Deberéis contentaros con medio pretor: Quinto Cicerón.

Quinto Cicerón, que acechaba a cierta distancia con sus propios lictores, ahogó un grito, ofendido.

– ¿Qué significa esto? -preguntó a gritos Publio Clodio desde la parte de atrás de la multitud mientras se abría paso a empujones hacia la parte delantera al tiempo que César se disponía a abandonar el tribunal.

– Me han separado del cargo, Publio Clodio.

– ¿Por qué?

– Porque estoy bajo sospecha de incitar a la violencia durante una reunión del pueblo que yo mismo había convocado.

– ¡No pueden hacer eso! -gritó teatralmente Clodio-. ¡Primero han de juzgarte, y luego has de ser declarado culpable!

– Hay en vigencia un senatus consultum ultimum.

– ¿Qué tiene eso que ver con la reunión de ayer?

– Resultó bastante práctico -dijo César mientras abandonaba el tribunal.

Y cuando caminaba vestido sólo con la túnica en dirección a la domus publica, toda la multitud congregada fue tras él para darle escolta. Quinto Cicerón ocupó su puesto en el tribunal de pretor urbano y se encontró con que no tenía parroquia; ni la tuvo en todo el día.

Pero durante todo el día la multitud fue creciendo en el Foro, y a medida que crecía el ambiente se iba poniendo más feo. Esta vez no había a la vista ex gladiadores, sólo muchos habitantes respetables de la ciudad entremezclados con hombres como Clodio, los Antonios, Curión, Décimo Bruto… y Lucio Decumio y sus hermanos del colegio de encrucijada, pertenecientes a todas las esferas, desde la segunda clase hasta el proletariado. Dos pretores que estaban empezando juicios criminales miraron hacia aquel mar de rostros y decidieron que los auspicios no eran favorables; Quinto Cicerón recogió sus cosas y se fue temprano a casa.

Lo más desconcertante de todo fue que nadie abandonó el Foro durante la noche, el cual estuvo iluminado por numerosas y pequeñas hogueras que habían encendido para combatir el frío; desde las casas del Germalus, cerca del Palatino, el efecto tenía un misterioso parecido con un ejército acampado, y por primera vez desde que las masas con el estómago vacío habían ocupado el Foro durante los días que llevaron a la rebelión de Saturnino, aquellos que ostentaban el poder comprendieron cuánta gente corriente había en Roma… y qué pocos eran, en comparación, los poderosos.

Al alba, Silano, Murena, Cicerón, Bíbulo y Lucio Ahenobarbo se reunieron en lo alto de las escaleras Vestales y contemplaron los que parecían unas quince mil personas. Entonces alguien de allí abajo que se encontraba entre aquella horrorosa congregación los vio, gritó y los señaló; todo aquel océano de gente se dio la vuelta como si diera comienzo la primera gran espiral de un torbellino, lo que hizo que el pequeño grupo de hombres retrocediera instintivamente al comprender que lo que veían era una potencial danza de la muerte. Luego, mientras todos aquellos rostros los miraban fijamente, los brazos derechos se levantaron, y todo el mundo se puso a agitar el puño contra ellos, como algas que oscilasen en medio del oleaje.

– ¿Todo eso por César? -preguntó en un susurro Silano, estremeciéndose.

– No -dijo el pretor Filipo, que se había unido a ellos-. Todo eso es por el senatus consultum ultimum y la ejecución de ciudadanos sin juicio. César sólo ha sido la gota que ha colmado el vaso.

– Le dirigió a Bíbulo una furibunda y abrasadora mirada-. ¡Qué tontos sois! ¿No sabéis quién es César? ¡Yo soy su amigo, yo si lo sé! ¡César es la única persona en Roma que no os atrevéis a destruir públicamente! Os habéis pasado toda vuestra vida aquí, en las alturas, mirando a Roma desde arriba como dioses que contemplan una hirviente pestilencia, pero él se ha pasado toda su vida entre ellos y ha sido considerado como ellos. Apenas hay una persona en esta enorme ciudad que ese hombre no conozca… o quizá sería mejor decir que todos en esta enorme ciudad piensan que César los conoce. Es una sonrisa, un gesto con la mano y un alegre saludo donde quiera que va… y eso se lo hace a todo el mundo, no solamente a los votantes valiosos. ¡Ellos lo aman! César no es un demagogo… ¡no necesita ser un demagogo! En Libia atan a los hombres y dejan que los maten las hormigas. ¡Pero vosotros sois lo bastante estúpidos como para conseguir que las hormigas de Roma se alboroten! Y podéis estar tranquilos: ¡no es a César a quien matarán las hormigas!

– Ordenaré que salga a la calle la milicia -dijo Silano.

– ¡Oh, bobadas, Silano! ¡La milicia está ahí abajo junto con los carpinteros y los albañiles!

– Entonces, ¿qué hacemos? ¿Hacer que el ejército vuelva a casa desde Etruria?

– ¡Desde luego, si lo que quieres es que Catilina se lance detrás en una persecución sin tregua!

– ¿Qué podemos hacer?