– Id a casa y atrancad bien las puertas, padres conscriptos -dijo Filipo mientras se daba la vuelta-. Por lo menos eso es lo que yo pienso hacer.
Pero antes de que nadie pudiera encontrar fuerzas para seguir aquel consejo, se elevó un enorme clamor; las caras y los puños dirigidos contra la parte superior de las escaleras Vestales cambiaron de dirección.
– ¡Mirad! -graznó Murena-. ¡Es César!
La multitud estaba comprimiéndose como podía para formar un corredor que empezaba en la domus publica y se abría ante César mientras éste caminaba vestido con una sencilla toga blanca en dirección a la tribuna. No dio señales de agradecimiento ante la ensordecedora ovación, ni miró a ninguno de los dos lados, y cuando llegó a lo alto de la plataforma de los oradores no hizo movimiento alguno con el cuerpo ni gesto con la mano que los que observaban desde el Palatino pudieran calificar como de ánimo para las masas que ahora se habían vuelto hacia él.
Cuando empezó a hablar el ruido cesó por completo, aunque lo que dijo fue inaudible para Silano y el resto del grupo, que ahora estaban de pie acompañados de veinte magistrados y por lo menos cien senadores. César estuvo hablando quizá durante una hora, y a medida que hablaba la multitud parecía cada vez más calmada. Luego los despidió con un gesto de la mano y una sonrisa tan amplia que los dientes lanzaron destellos. Flojos a causa del alivio y de la perplejidad, el grupo de hombres que se hallaba en lo alto de las escaleras Vestales contemplaron cómo la enorme multitud comenzaba a dispersarse, para ir desfilando en torrentes que se adentraban en el Argileto y en la zona de alrededor de los mercados y subía por la vía Sacra hacia la Velia y hacia las partes de Roma que había más allá. Todos ellos evidentemente comentando el discurso de César, pero en ningún modo enfadados.
– Como príncipe del Senado -dijo Mamerco muy rígido-, convoco aquí y ahora al Senado en sesión en el templo de Júpiter Stator, un local apropiado, porque lo que ha hecho César ha sido detener una evidente revuelta. ¡Inmediatamente! -concluyó bruscamente mientras se volvía hacia un encogido Silano-. Cónsul senior, envía a tus lictores a buscar a Cayo César, ya que tú los enviaste a despojarlo de su cargo.
Cuando César entró en el templo de Júpiter Stator, Cayo Octavio y Lucio César empezaron a aplaudir; uno a uno se les fueron uniendo otros hasta que incluso Bíbulo y Ahenobarbo tuvieron, por lo menos, que fingir que aplaudían. De Catón no había ni señal.
Silano se levantó del asiento.
– Cayo Julio César, en nombre de esta Cámara deseo darte las gracias por haber puesto fin a una peligrosísima situación. Has actuado con perfecta corrección y mereces por ello toda clase de alabanzas.
– ¡Qué pelma eres, Silano! -gritó Cayo Octavio-. ¡Pregúntale a ese hombre cómo lo hizo o todos nos moriremos de curiosidad!
– La Cámara desea saber qué dijiste, Cayo César.
Todavía vestido con su simple toga blanca, César se encogió de hombros.
– Les dije, sencillamente, que se fueran a sus casas y se dedicasen a sus asuntos. ¿Querían que los considerasen desleales? ¿Incontrolables? ¿Quiénes se habían creído que eran para congregarse en semejante número sólo porque un simple pretor había sido disciplinado? Les dije que Roma está bien gobernada, y que todo resultaría a entera satisfacción de los ciudadanos si tenían un poco de paciencia.
– ¡La amenaza está debajo de las palabras hermosas! -le cuchicheó Bíbulo a Ahenobarbo.
– Cayo Julio César -dijo Silano con mucha solemnidad-, toma tu toga praetexta y regresa a tu tribunal como praetor urbanus. Esta Cámara tiene claro que has actuado en todos los aspectos como debías, y que así lo hiciste en la reunión del pueblo de anteayer al percatarte de los revoltosos que había entre la asamblea y tener la milicia lista para actuar. No habrá juicio bajo la lex Plautia de vi por los sucesos de ese día.
Ni una sola voz se alzó en el templo de Júpiter Stator para protestar.
– ¿Qué te había dicho? -le dijo Metelo Escipión a Bíbulo cuando salían de la sesión senatorial-. ¡Ha vuelto a vencernos! ¡Lo único que hemos hecho ha sido gastar un montón de dinero contratando ex gladiadores!
Catón subía corriendo, sin aliento y con un aspecto realmente malo.
– ¿Qué hay? ¿Qué ha pasado? -preguntó.
– ¿Qué te ha pasado a ti? -quiso saber Metelo Escipión.
– Estaba enfermo -dijo Catón escuetamente, cosa que Bíbulo y Metelo Escipión interpretaron correctamente como una larga noche con Atenodoro Cordilión y el jarro de vino.
– César nos ha vencido, como siempre -dijo Metelo Escipión-. Envió a la multitud a sus casas y Silano lo ha rehabilitado. No habrá juicio en el tribunal de Bíbulo.
Catón chilló, literalmente, con tanta potencia que hasta el último de los senadores se sobresaltó a causa del susto; luego se volvió hacia uno de los pilares que había en la fachada del templo de Júpiter Stator y se puso a aporrearlo con el puño hasta que los otros lograron sujetarle el brazo y apartarlo de allí.
– No descansaré, no descansaré, no descansaré -seguía repitiendo mientras se lo llevaban Clivus Palatinus arriba y pasaban por la Porta Mugonia, llena de bigotes de líquenes-. ¡Aunque me cueste la muerte lo arruinaré!
– César es como el fénix -dijo Ahenobarbo con aire lúgubre-. Se levanta de las cenizas de todas las piras funerarias en las que lo ponemos.
– Algún día no volverá a levantarse. Yo estoy con Catón, no descansará hasta verlo arruinado -prometió Bíbulo.
– ¿Sabes? -dijo pensativamente Metelo Escipión mirando la mano hinchada y la cara de Catón, que se le había abierto de nuevo-. A estas alturas debes de llevar en tu cuerpo más heridas debido a César que a Espartaco.
– ¡Y tú, Escipión, estás pidiendo una paliza! -le dijo Cayo Pisón en un tono salvaje.
Enero casi había terminado cuando por fin llegaron noticias del Norte. Desde primeros de diciembre Catilina se había ido adentrando firmemente en los Apeninos, sólo para descubrir que Metelo Celer y Marcio Rex se interponían entre él y la costa adriática. No había escape posible de Italia: tendría que aguantar y pelear… o rendirse. Y rendirse era algo inconcebible, así que lo apostó todo a una única batalla dentro de un estrecho valle situado cerca de la ciudad de Pistoria. Pero Cayo Antonio Híbrido no salió de campaña contra él; ese honor se reservó para el hombre militar, Marco Petreyo. ¡Oh, aquel dolor que tenía en el dedo gordo del pie! Híbrido no abandonó nunca la seguridad de su acogedora tienda de mando. Los soldados de Catilina lucharon desesperadamente, y más de tres mil eligieron morir en sus puestos. Lo mismo que Catilina, que resultó muerto mientras sostenía el águila de plata que en otro tiempo había pertenecido a Cayo Mario. Los hombres decían que cuando se le encontró entre los cadáveres lucía la misma brillante sonrisa que les había dirigido a todos, desde Catulo a Cicerón.
No más excusas: el senatus consultum ultimum fue por fin derogado. Ni siquiera Cicerón pudo hacer acopio del coraje necesario para abogar porque se mantuviera vigente hasta que el resto de los conspiradores hubieran caído. A algunos pretores se les envió a apagar ciertas bolsas de resistencia, incluso Bíbulo fue a las tierras de los pelignos, en el montañoso Samnio, y Quinto Cicerón al igualmente escarpado Brucio.
Luego, en febrero, comenzaron los juicios. Esta vez no habría ejecuciones, ni ningún hombre sería condenado al exilio sin más; el Senado decidió instituir un tribunal especial.
Un ex edil, Lucio Novio Níger, fue nombrado presidente del mismo porque no pudo hallarse a ningún otro que estuviera dispuesto a aceptar el trabajo; los pretores que quedaban en Roma, desde César a Filipo, alegaron enormes cargas de trabajo en sus propios tribunales. El hecho de que Novio Níger estuviera dispuesto a hacerlo se debía a su carácter y a sus circunstancias, porque era una de esas irritantes criaturas que poseían más ambición que talento, y veía aquel trabajo como un camino seguro para llegar al consulado. Cuando publicó sus edictos, fueron de los más imponentes: nadie quedaría sin inspeccionar, a nadie se le mimaría, nadie compraría favores mediante el soborno, la lista del jurado olería mejor que un campo de violetas en Campania. Su último edicto no gozó del favor de la gente. Anunció que pagaría una recompensa de dos talentos a cambio de cualquier información que condujera a la condena de los culpables; recompensa que sería pagada a costa de las multas y de la confiscación de propiedades, naturalmente. ¡Sin ningún gasto para el Tesoro! Pero, en la opinión de la mayoría de la gente, aquello se acercaba demasiado y de manera incómoda a las técnicas de las proscripciones de Sila. Así que cuando el presidente del tribunal especial lo inauguró, los asiduos profesionales del Foro tendían a tener una opinión bastante pobre de él.