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– Tomó aliento-. Sin mi dignidad, yo no soy nada. Y os advierto solemnemente a todos y cada uno de vosotros: ¡no juguéis con mi dignitas! ¡Con tal de defenderla, yo sería capaz de echar abajo esta venerable Cámara alrededor de vuestros oídos! ¡Sería capaz de poner la montaña de Pelión encima de la de Ossa y le robaría el trueno a Zeus para golpearos con él a todos vosotros y daros así muerte! ¡No pongáis a prueba mi paciencia, padres conscriptos, porque os digo ahora que yo no soy Catilina! ¡Si yo conspirase para sacaros de vuestras sillas, seguro que iríais al suelo!

– Se dio la vuelta y miró hacia Cicerón-. Marco Tulio Cicerón, ésta es la última vez que voy a hacerte esta pregunta: ¿te proporcioné o no te proporcioné yo ayuda para llegar a descubrir esta conspiración?

Cicerón tragó saliva; la Cámara estaba en absoluto silencio. Nadie había visto ni oído nada semejante a aquel discurso, y nadie quería llamar la atención. Ni siquiera Catón.

– Sí, Cayo Julio, sí que me ayudaste -reconoció Cicerón.

– En ese caso -dijo César con la voz menos acerada ahora-, exijo que esta Cámara se niegue a pagarle a Quinto Curio ni un solo sestercio del dinero que se le había prometido como recompensa. Quinto Curio ha mentido, por lo tanto no se merece ninguna consideración.

Y tal era el miedo que había dentro de cada senador que la Cámara acordó por unanimidad no pagarle a Quinto Curio ni un sestercio de la recompensa prometida.

Clodio se adelantó.

– Nobles padres -dijo en voz alta-, suplico vuestro perdón por ser un intruso, pero debo pedirle al noble Cayo Julio que me acompañe al tribunal de Lucio Novio Níger en cuanto pueda hacerlo.

César estaba a punto de sentarse y, en lugar de hacerlo, miró a Silano, que estaba mudo de asombro.

– Cónsul senior, por lo visto me necesitan en otra parte, y sospecho que por un asunto parecido. En cuyo caso, recordad lo que he dicho. ¡Recordad hasta la última palabra! Y ahora os ruego que me excuséis.

– Estás excusado -susurró Silano-, y todos los demás también.

Así que cuando César se marchó de la Curia Hostilia con Clodio trotando a su lado, toda la compañía de senadores fue en pos de ellos en tropel.

– Ése ha sido absolutamente el mejor rapapolvo que he oído en mi vida! -dijo Clodio, que jadeaba sin parar-. Debe de haber mierda por todo el suelo de la Cámara del Senado.

– No digas tonterías, Clodio, y cuéntame lo que está pasando en el tribunal de Níger -le conminó César, cortante.

Clodio le complació. César se detuvo.

– ¡Lictor Fabio! -dijo llamando al jefe de sus lictores, que les metía prisa a sus cinco compañeros para que se mantuviesen por delante de César en formación.

Los tres pares de hombres se detuvieron y recibieron las órdenes oportunas.

Luego César descendió hacia el tribunal de Novio Níger, haciendo que los mirones se dispersasen en todas direcciones al pasar directamente entre las filas del jurado hasta donde Lucio Vetio se encontraba de pie con una carta en la mano.

– ¡Lictores, detened a este hombre!

Con carta y todo, Lucio Vetio fue puesto bajo custodia y lo sacaron a paso de marcha del tribunal de Novio Níger en dirección al tribunal del pretor urbano.

Novio Níger se puso en pie con tanta rapidez que su muy apreciada silla de marfil se volcó.

– ¿Qué significa esto? -preguntó con voz chillona.

– ¿QUIEN TE CREES QUE ERES? -rugió César. Todo el mundo se echó hacia atrás; el jurado se removió, incómodo, y sintió un estremecimiento-. ¿Quién te crees que eres? -repitió César con más suavidad, pero con una voz que podía oírse desde el medio del Foro-. ¿Cómo te atreves tú, un magistrado con mero rango de edil, a aceptar pruebas en tu tribunal que conciernen a alguien superior a ti en jerarquía? ¿Pruebas, además, de boca de un informador pagado? ¿Quién te crees que eres? Si tú no lo sabes, Novio, te lo diré yo. Tú eres un ignorante de las leyes que no tiene más derecho a presidir un tribunal romano que la puta más sucia que pregona su entrepierna a la puerta del templo de Venus Erucina. ¿No comprendes que no se ha oído nunca que un magistrado de rango inferior actúe de un modo que pudiera tener como resultado el juicio de su superior? ¡Lo que le has dicho, estúpido, a ese pedazo de basura de alcantarilla llamado Vetio se merece un proceso de incapacitación contra ti! ¿Que tú, un mero magistrado edilicio, intentarías que se me declarase culpable a mí, el pretor urbano, en tu tribunal? Valientes palabras, Novio, pero imposibles de cumplir. Si tienes un motivo para creer que un magistrado de rango superior a ti está implicado criminalmente en un proceso que se lleva a cabo en tu tribunal, entonces estás obligado a suspender tu tribunal inmediatamente y a llevar todo el asunto ante los iguales de ese magistrado superior. Y puesto que yo soy el praetor urbanus, tú vas al cónsul que tiene las fasces. Este mes, Lucio Licinio Murena; pero hoy Décimo Junio Silano. La ávida muchedumbre no se perdía palabra mientras Novio Níger permanecía en pie, con el rostro ceniciento, viendo cómo sus esperanzas de llegar a ser cónsul en el futuro se desmoronaban alrededor de sus incrédulos oídos.

– ¡Tú vas a llevar todo el asunto ante los iguales de tu superior, Novio -continuó diciendo César-, no te atreverás a continuar con el caso en tu tribunal! ¡No te atreverás a continuar admitiendo pruebas sobre tu superior, sonriendo de oreja a oreja! ¡Tú me has puesto en evidencia ante este colectivo de hombres como si tuvieras derecho a hacerlo! Y no lo tienes. ¿Me oyes? ¡No lo tienes! ¡Qué glorioso precedente sientas! ¿Es esto lo que han de esperar los magistrados superiores de sus inferiores en el futuro?

Novio extendió una mano, suplicante, se humedeció los labios e intentó hablar.

– ¡Tace, inepte! -le gritó César-. Lucio Novio Níger, con el fin de recordarte a ti y a todos los demás magistrados de categoría inferior cuál es vuestro lugar en el esquema. de los deberes públicos de Roma, yo, Cayo Julio César, praetor urbanus, te sentencio aquí a un período de ocho días en las celdas de las Lautumiae. Ese tiempo debería ser suficiente para que pienses cuál es el lugar que te corresponde, y para pensar en cómo lograrás convencer al Senado de Roma de que debería permitir que continuases siendo íudex en este tribunal especial. No abandonarás tu celda ni por un momento. No se te permitirá llevar comida de tu casa, ni recibir visitas de tu familia. No se te permitirá tener material de lectura ni de escritura. Y como soy consciente de que ninguna celda en las Lautumiae tiene puerta de ninguna clase, y mucho menos puerta con cerradura, harás lo que te digo. Cuando los lictores no te estén vigilando, media Roma lo estará haciendo.

– Les hizo una brusca indicación con la cabeza a los lictores del tribunal-. Llevad a vuestro amo a las Lautumiae, y ponedlo en la celda más incómoda que podáis encontrar. Os quedaréis de guardia hasta que yo envíe lictores a relevaros. Pan y agua, nada más, y nada de luz después de oscurecer.

Luego, sin volver la vista atrás, cruzó hasta el tribunal que correspondía al pretor urbano, donde Lucio Vetio esperaba en lo alto de la plataforma con un lictor a cada lado. César y los cuatro lictores que permanecían con él para asistirle subieron los escalones, seguidos ahora ávidamente por todos los miembros del tribunal de Novio Níger, desde el jurado a los escribas pasando por los acusados. ¡Oh, qué divertido! ¿Qué podía hacer César con Lucio Vetio salvo ponerlo en la celda contigua a la de Novio Níger?

– Lictor -le dijo a Fabio-, desata tus varas.

– Y a Vetio, que aún apretaba la carta en la mano-: Lucio Vetio, tú has conspirado contra mí. ¿De quién eres cliente?

La multitud se agitaba y se removía emocionada; estaba asombrada y atemorizada, sin saber si mirar a César mientras se encargaba de Vetio, o a Fabio el lictor, agachado para desmembrar el atijo de varas de abedul atadas con correas de cuero rojo que formaban un dibujo ritual en zigzag. Delgadas y ligeramente flexibles, las treinta, por las treinta Curias, estaban atadas en el pulcro haz circular, porque habían sido recortadas y torneadas hasta que cada una estuvo tan redonda como el cilindro que formaban todas juntas atadas llamado fasces.