– Catón está pidiendo que lo maten.
– ¿Y dejarme a mí sin esos formidables enemigos? ¡Mi querida Servilia, yo no les deseo la muerte ni a Catón ni a Bíbulo! Cuanta más oposición tiene un hombre, mejor le trabaja la mente. A mí me gusta la oposición. No, lo que me preocupa está dentro de mí mismo. Es el mal genio.
– Yo creo que tú tienes una clase de mal genio muy peculiar, César -dijo Servilia acariciándole la pierna-. A la mayoría de los hombres los ciega la rabia, mientras que tú en ese estado parece que pienses con más lucidez. Es una de las razones por las que te amo. Yo soy igual.
– ¡Tonterías! -dijo César riéndose-. Tú tienes la sangre fría, Servilia, pero tus emociones son fuertes. Crees que estás haciendo planes con lucidez cuando se provoca tu mal genio, pero esas emociones se interponen en tus proyectos. Un día tramarás, planearás y programarás algo para conseguir un fin u otro y te encontrarás con que, después de haberlo logrado, las consecuencias son desastrosas. El truco está en llegar exactamente hasta donde sea necesario, y ni una fracción ni una pulgada más. Haz que el mundo entero tiemble del miedo que siente por ti, y luego muestra clemencia y justicia. Eso es algo duro de entender para los enemigos de uno.
– Ojalá hubieras sido tú el padre de Bruto.
– Si hubiera sido yo su padre, él no sería Bruto.
– A eso me refiero.
– Déjalo en paz, Servilia. Suéltalo un poco más. Cuando tú apareces, él palpita como un conejo, pero no es del todo un muchacho débil, para que lo sepas. Oh, tampoco es ningún león, pero creo que tiene algo de lobo y algo de zorro. ¿Por qué verlo como un conejo porque en tu presencia se comporte como un conejo?
– Julia ya tiene catorce años -dijo Servilia saliéndose por la tangente.
– Cierto. Debo enviarle una nota a Bruto agradeciéndole el regalo que le ha hecho. A ella le ha encantado, ¿sabes?
Servilia se sentó en la cama atónita.
– ¿Un manuscrito de Platón?
– ¿Cómo, a ti te parece un regalo inapropiado? -César sonrió y la pellizcó con tanta fuerza como Servilia lo había pellizcado a él antes-. Yo le he regalado unas perlas, y le han gustado mucho. Pero no tanto como el manuscrito de Platón de Bruto.
– ¿Celoso?
Eso hizo reír a César con ganas.
– Los celos son una verdadera maldición -dijo de pronto poniéndose serio-. Comen, corroen. No, Servilia, yo soy muchas cosas, pero no soy celoso. Estuve encantado de que a ella le gustase el regalo de Bruto, y a él le estoy muy agradecido. La próxima vez le regalaré yo algo de un filósofo.
– Los ojos de César, llenos de malicia, escudriñaron a Servilia-. Además sale mucho más barato que las perlas.
– Bruto fomenta a la vez que cuida de su fortuna.
– Algo excelente en el joven más acaudalado de Roma -concedió César con solemnidad.
Marco Craso regresó a Roma, tras una larga ausencia para supervisar sus diversas empresas de negocios, justo después de aquel memorable día en el Foro; vio a César con nuevos ojos llenos de respeto.
– Aunque no puedo decir que yo lamente haber encontrado una buena excusa para ausentarme cuando Tarquinio me acusó en la Cámara -dijo-. Estoy de acuerdo en que ha sido un interludio interesante el que me he perdido, pero mi táctica es muy diferente de la tuya, César. Tú te tiras al cuello. Yo prefiero marcharme despacito y arar mis surcos como el buey al que siempre han dicho que me parezco.
– Con el heno bien atado en su sitio.
– Naturalmente.
– Bueno, como técnica ciertamente funciona. El que quiera hacerte caer a ti es un tonto, Marco.
– Y también es un buen tonto el que intente hacerte caer a ti, Cayo.
– Craso carraspeó-. ¿A cuánto ascienden tus deudas?
César frunció el entrecejo.
– Si hay alguien que lo sepa, aparte de mi madre, ése eres tú. Pero si insistes en oír la cifra en voz alta, aproximadamente dos mil talentos. Es decir, cincuenta millones de sestercios.
– Ya sé que tú sabes que yo sé cuántos sestercios hay en dos mil talentos -dijo Craso con una sonrisa.
– ¿Adónde quieres ir a parar, Marco?
– A que vas a necesitar una provincia realmente lucrativa el año que viene, a eso voy. No te permitirán amañar el sorteo, eres un hombre demasiado conflictivo. Por no mencionar que Catón andará revoloteando como un buitre por encima de tu cadáver.
– Craso arrugó la frente-. Con toda franqueza, Cayo, no sé cómo te las vas a arreglar por mucho que la suerte te sea favorable en el sorteo de las provincias. ¡Todo está muy pacífico ahora! Magnus ha acobardado al Este, África ya no constituye peligro desde… oh, desde Yugurta. Las dos Hispanias están aún sufriendo a causa de Sertorio.
Y los galos tampoco tienen mucho que ofrecer.
– Y Sicilia, Cerdeña y Córcega ni siquiera vale la pena mencionarlas -dijo César haciendo bailar los ojos.
– Por supuesto.
– ¿Has oído decir que piensan apremiarme legalmente para que pague mis deudas?
– No. Lo que sí he oído decir es que Catulo, que se encuentra mucho mejor, según dicen, y en breve volverá a dar la lata en el Senado y en los Comicios, está organizando una campaña para prorrogar en sus puestos a todos los gobernadores actuales durante el año próximo, lo que significa que dejará a los pretores de este año sin provincia alguna.
– ¡Oh, comprendo!
– César parecía pensativo-. Sí, yo debí haber tenido en cuenta una jugada así.
– Y podría conseguir que se aprobase.
– Desde luego, aunque lo dudo. Entre mis colegas hay unos cuantos pretores a los que no les sentaría nada bien que les privasen de gobernar una provincia, en particular Filipo, que puede que sea un epicúreo indolente, pero sabe muy bien lo que vale. Por no hablar de mí mismo.
– Estás advertido, eso es todo.
– Lo estoy, y te lo agradezco.
– Lo cual no te libra de tus dificultades, César. No acierto a ver cómo vas a poder empezar a pagar tus deudas porque estés en una provincia.
– Pues yo sí. Mi suerte proveerá, Marco -dijo César tranquilamente-. Yo quiero la Hispania Ulterior porque fui cuestor allí y la conozco bien. ¡Los lusitanos y los galaicos es lo único que necesito! Décimo Bruto Galaico, ¡con qué facilidad otorgan esos títulos vanos! apenas si tocó los límites del noroeste de Iberia. Y del noroeste de Iberia, por si lo has olvidado aunque no deberías, pues tú has estado en Hispania es de donde procede todo el oro. Salamantica ha sido despojada, pero quedan lugares, como Brigantium, que todavía no han visto un romano. ¡Pero a este romano lo verán, eso te lo prometo!
– Así que te lo juegas todo en el sorteo de las provincias.
– Craso movió la cabeza de un lado a otro-. ¡Qué tipo tan raro eres, César! Yo no creo en la suerte. En toda mi vida no le he ofrecido ni un don a la diosa Fortuna. Cada hombre forja su propia suerte.
– Estoy de acuerdo de forma incondicional. Pero también creo que la diosa Fortuna tiene a sus favoritos entre los hombres romanos. Ella amaba a Sila. Y me ama a mí. Algunos hombres, Marco, tienen la suerte que les concede la diosa, aparte de lo que hagan por sí mismos. Pero nadie tiene la suerte de César.
– ¿Incluye tu suerte a Servilia?
– ¿Te ha caído por sorpresa, ¿eh?
– Tú ya lo insinuaste una vez. Pero eso es jugar con una tea ardiendo.
– ¡Ah, Craso, es maravillosa en la cama!
– ¡Bah! -gruñó Craso. Apoyó los pies en una silla cercana y miró con mala cara a César-. Supongo que no cabe esperar otra cosa de un hombre que habla en público con su ariete. Incluso así, tendrás campo para ejercitar tu ariete en los meses venideros. Te pronostico que personas como Bíbulo, Catón, Cayo Pisón y Catulo se estarán lamiendo las heridas durante mucho tiempo.