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– Eso es lo que dice Servilia -convino César con ojos centelleantes.

Publio Vatinio era un marso de Alba Fucentia. Su abuelo había sido un hombre humilde que había tomado la muy sabia decisión de emigrar de las tierras de los marsos mucho antes de que estallase la guerra italiana. Lo cual tuvo como consecuencia que su hijo, que entonces era un hombre joven, no fuese llamado a empuñar las armas contra Roma y, consecuentemente, al concluir las hostilidades pudo solicitar al praetor peregrinus la ciudadanía romana. El abuelo murió y su hijo volvió a Alba Fucentia en posesión de una ciudadanía tan poco importante que apenas valía lo que el papel en el que estaba escrita. Más tarde, cuando Sila se convirtió en dictador, distribuyó a todos esos nuevos ciudadanos entre las treinta y cinco tribus, y Vatinio Senior fue admitido en la tribu Sergia, una de las más antiguas de todas. La fortuna familiar prosperó rápidamente. Lo que había sido un pequeño negocio de comercio se convirtió en un gran latifundio, porque la región marsa alrededor del lago Fucino era rica y productiva, y Roma estaba lo bastante cerca, yendo por la vía Valeria, como para proporcionar un buen mercado para las frutas, verduras y gordos corderos que la propiedad de Vatinio producía. Después de lo cual Vatinio Senior se metió en la producción de uva, y fue lo bastante astuto como para pagar una enorme cantidad por unas cepas que daban un soberbio vino blanco. Cuando Publio Vatinio cumplió los veinte años, las tierras de su padre valían muchos millones de sestercios y no producían otra cosa más que el famoso néctar fucentino.

Publio Vatinio era hijo único, y la Fortuna no parecía favorecerle. De muchacho había sucumbido a la llamada «enfermedad estival», y salió de ella con todos los músculos por debajo de las rodillas de ambas piernas tan deteriorados que el único modo en que podía caminar era apretando con fuerza los muslos y echando la parte inferior de las piernas a cada lado; es decir, caminando recordaba a un pato. Luego le salieron unos hinchados bultos en el cuello que a veces se convertían en abscesos, se reventaban y le dejaban terribles cicatrices. Por ello no ofrecía un aspecto agradable. Sin embargo, lo que le había sido negado en el aspecto físico, le había sido concedido en cambio a su carácter y a su mente. Tenía un carácter verdaderamente delicioso, porque era ingenioso, alegre, y resultaba muy difícil conseguir que se alterase. Tenía una mente tan aguda que ya a muy temprana edad se había percatado de que su mejor defensa era llamar la atención hacia sus repugnantes enfermedades, así que hacía bromas de sí mismo y permitía que los demás las hicieran también.

Como Vatinio Senior era relativamente joven para tener un hijo tan mayor, a Publio Vatinio en realidad no se le necesitaba en casa, y además tampoco podía recorrer las propiedades a grandes zancadas, como hacía su padre. De manera que Vatinio Senior se concentró en preparar a parientes más lejanos para que se ocupasen del negocio y envió a su hijo a Roma para que se convirtiera en un caballero.

Las amplias convulsiones y trastornos que vinieron a continuación como consecuencia de la guerra italiana habían creado una situación de «antes de y después de» que dejó a aquellas familias de nuevos ricos -y eran muy numerosas- sin patrono. Todo senador emprendedor y todo caballero de las Dieciocho estaba buscando clientes, pero los abundantes clientes que podía haber en perspectiva pasaban inadvertidos. Como había ocurrido con la familia de los Vatinios. Pero no fue así una vez que Publio Vatinio, que estaba un poco viejo a los veinticinco años, llegase por fin a Roma. Después de adaptarse y de instalarse en unas habitaciones del Palatino, miró a su alrededor en busca de patrono. Que su elección recayera en César decía mucho acerca de sus inclinaciones y de su inteligencia. Lucio César era de hecho el miembro de más categoría de la rama familiar, pero Publio Vatinio acudió a Cayo porque su infalible olfato le dijo que Cayo iba a ser quien en el futuro tendría auténtica influencia.

Por supuesto, a César le había caído bien al instante, y lo había admitido como cliente de gran valía, lo cual significó que la carrera de Vatinio en el Foro comenzó de la manera más satisfactoria. El siguiente paso era encontrarle esposa a Publio Vatinio, ya que, como decía el mismo Vatinio: «Las piernas no me funcionan demasiado bien, pero a lo que cuelga entre ellas no le pasa nada malo.»

La elección de César recayó en la hija mayor de su prima Julia Antonia, la única hija hembra, Antonia Crética. Dote no poseía ninguna, pero por su cuna podía garantizarle a su marido prominencia pública y la admisión entre las filas de las Familias Famosas. Por desgracia ella no era una fémina muy atractiva y tampoco era brillante ni inteligente. Su madre siempre se olvidaba de que la chica existía, tan dedicada estaba a sus tres hijos varones, y quizá también el tamaño y el tipo de Antonia Crética provocaban la vergüenza de su madre. Con seis pies de estatura, Antonia Crética tenía unos hombros casi tan anchos como los de sus hermanos más jóvenes, y aunque la naturaleza le dio un tonel a modo de pecho, se le olvidó añadirle los senos. La nariz y el mentón luchaban por encontrarse por encima de la boca, y tenía el cuello tan robusto como el de un gladiador.

¿Acaso le preocupó algo de todo eso al lisiado y diminuto Publio Vatinio? ¡En absoluto! Desposó a Antonia Crética con entusiasmo el año en que César fue edil curul, y a continuación engendró en ella un hijo y una hija. Además amaba a su enorme y fea esposa, y llevaba con perpetuo buen humor las oportunidades que tan estrafalaria unión ofrecía a los chistosos del Foro.

«Estáis todos verdes de envidia -solía decir él riéndose-. ¿Cuántos de vosotros os subís a la cama sabiendo que vais a conquistar la montaña más alta de Italia? ¡Yo os digo que cuando llego a la cima, estoy tan lleno de triunfo como lo está ella conmigo!»

Durante el año del consulado de Cicerón fue elegido cuestor y entró en el Senado. De los veinte candidatos que ganaron él había quedado el último en número de votos, lo cual no resultaba sorprendente dado que carecía de antepasados, y en el sorteo le correspondió el deber de supervisar todos los puertos de Italia excepto Ostia y Brundisium, que tenían sus propios cuestores. Se le envió a Puzol para impedir la exportación ilegal de oro y plata, y había desempeñado su cometido de forma muy respetable. Así, cuando al ex pretor Cayo Cosconio le fue concedida la Hispania Ulterior para que la gobernase, había solicitado personalmente como legado a Publio Vatinio.

Estaba todavía Publio Vatinio en Roma esperando a que Cosconio partiera para su provincia, cuando Antonia Crética resultó muerta en un espantoso accidente en la vía Valeria. Había llevado a los niños a ver a sus abuelos a Alba Fucentia, y regresaba a Roma cuando el carruaje en el que viajaba se salió de la carretera. Mulas y vehículo rodaron y dieron vueltas de campana por una empinada pendiente rompiéndolo todo.

– Trata de ver el lado bueno, Vatinio -le dijo César, que se sentía impotente ante tan genuino dolor-. Los niños iban en otro carruaje, todavía los tienes a ellos.

– ¡Pero no la tengo a ella!

– Vatinio lloraba desconsoladamente-. Oh, César, ¿cómo voy a poder vivir?

– Marchándote a Hispania y manteniéndote ocupado -le dijo su patrono-. Es el destino, Vatinio. Yo también me marché a Hispania después de perder a mi amada esposa, y eso fue mi salvación.

– Le dio al pobre Vatinio otra copa de vino-. ¿Qué quieres que se haga con los niños? ¿Preferirías que se fueran con sus abuelos a Alba Fucentia, o que se quedasen aquí en Roma?

– Yo preferiría que se quedasen en Roma -dijo Vatinio enjugándose las lágrimas-, pero necesitan un pariente que los cuide, y yo no tengo parientes en Roma.

– Está Julia Antonia, que también es su abuela. No ha sido una buena madre, quizá, pero es muy adecuada para poner a su cuidado a unas criaturas tan pequeñas. Y eso le proporcionaría a ella algo que hacer.