Por cierto, he oído un rumor y me pregunto si tú también lo habrás oído. Que Mucia está siendo una niña mala. Le pregunté a Nepote, y se subió tanto por las ramas que me pregunté si volvería a bajar alguna vez. Bueno, los hermanos y las hermanas tienden a hacer bando juntos, así que es natural que a él no le gustase mi pregunta. De todos modos, estoy haciendo investigaciones. Si hay algo de verdad en ello, adiós a Mucia. Ha sido una buena esposa y madre, pero no puedo decir que la haya echado mucho de menos desde que me marché.
– Oh, Pompeyo -dijo César dejando la carta-. ¡Estás completamente solo en esta liga!
Frunció el entrecejo, pensando en primer lugar en la última parte de la misiva de Pompeyo. Tito Labieno se había marchado de Roma para regresar a Picenum poco después de dejar el cargo, y era de suponer que habría reanudado su asunto amoroso con Mucia Tercia. Una lástima. ¿Debería quizás escribir a Labieno para advertirle de lo que se le avecinaba? No. Las cartas eran propensas a ser abiertas por quienes no debían, y había algunos maestros consumados en el arte de volver a sellarlas. Si Mucia Tercia y Labieno estaban en peligro, tendrían que arreglárselas solos. Pompeyo el Grande era más importante; César empezaba a ver toda clase de atractivas posibilidades cuando el Gran Hombre regresase a casa con aquellas montañas de botín. No iba a haber tierras disponibles para sus hombres; los soldados se quedarían sin recompensa. Pero en menos de tres años, Cayo Julio César sería cónsul senior, y Publio Vatinio sería su tribuno de la plebe. ¡Qué manera tan excelente de poner al Gran Hombre en deuda con un hombre mucho más grande!
Tanto Servilia como Marco Craso habían estado en lo cierto; después de aquel asombroso día en el Foro, el año de César como pretor urbano se hizo muy pacífico. Uno a uno el resto de los adictos a Catilina fueron juzgados y declarados culpables, aunque Lucio Novio Níger no volvió a ser juez del tribunal especial. Después de un debate el Senado decidió trasladar los juicios al tribunal de Bíbulo, una vez que los cinco primeros hubieron sido sentenciados al exilio y a la confiscación de sus bienes.
Y, como César supo a través de Craso, Cicerón Consiguió una casa nueva. El pez más gordo de todos los catilinarios, que nunca había sido nombrado por ninguno de los informadores, era Publio Sila. No obstante la mayoría de la gente sabía que si Autronio había estado implicado, Publio Sila también. Sobrino del dictador y marido de la hermana de Pompeyo, Publio Sila había heredado enormes riquezas, pero no la perspicacia política de su tío y, desde luego, tampoco su sentido de la supervivencia. Al contrario que los demás, Publio Sila no había entrado en la conspiración para incrementar su fortuna, sino para complacer a sus amigos y aliviar su perpetuo aburrimiento.
– Le ha pedido a Cicerón que le defienda -le dijo Craso al tiempo que soltaba una risita-, y eso coloca a Cicerón en un espantoso aprieto.
– Sólo si tiene intención de consentir en ello, desde luego -le indicó César.
– Oh, ya ha consentido, Cayo.
– ¿Cómo sabes todo eso?
– Porque el amante de la buena vida de nuestro ex cónsul acaba de venir a verme. De repente tiene dinero para comprarme la casa… o espera tenerlo.
– Ah! ¿Y cuánto pides?
– Cinco millones.
César se recostó en la silla y movió lúgubremente la cabeza a ambos lados.
– ¿Sabes, Marco? Siempre me recuerdas a un constructor. Cada vez que construyes una casa para tu esposa y tus hijos juras por todos los dioses que no la venderás. Pero luego se presenta alguien con más dinero que sentido común, te ofrece unas sabrosas ganancias y ¡bang!, esposa e hijos se quedan sin hogar hasta que esté construida la próxima casa.
– Pagué un alto precio por ella -dijo Craso a la defensiva.
– ¡Ni mucho menos cinco millones!
– Pues, sí -dijo Craso, que empezó a animarse-. En realidad Tertula le ha cogido manía a esa casa, así que no se le ha roto el corazón ante la idea de tener que mudarse. Esta vez voy a construírmela en el lado del Circus Maximus que da al Germalus, junto a ese palacio que Hortensio mantiene para albergar sus estanques de peces.
– ¿Por qué le ha cogido manía Tertula después de todos estos años? -le preguntó César con escepticismo.
– Pues porque perteneció a Marco Livio Druso.
– Eso ya lo sé. También sé que lo mataron en aquel atrio.
– ¡Allí hay algo! -dijo Craso en un susurro.
– Y te parece que lo que sea será bienvenido para que atormente a Cicerón y a Terencia, ¿eh? -César se echó a reír-. Ya te dije yo en su momento que era un error poner mármol negro en el interior, quedaban demasiados rincones oscuros. Y sabiendo lo poco que les pagas a tus sirvientes, Marco, apostaría a que alguno de ellos se lo pasa de primera gimiendo y suspirando entre las sombras. También estaría dispuesto a apostar que cuando os mudéis, vuestras presencias malignas os acompañarán… a menos que tú decidas desembolsar sólidos aumentos de sueldos, claro está.
Craso volvió al tema de Cicerón y Publio Sila.
– Parece ser que Publio Sila está dispuesto a «prestarle» a Cicerón la cantidad entera si lo defiende -dijo.
– Y consigue sacarlo libre -añadió César con suavidad.
– ¡Oh, lo hará!
– Esta vez fue Craso quien se echó a reír, cosa rara en extremo-. ¡Deberías haberle oído! Está ocupado escribiendo la historia de su consulado, nada menos. ¿Te acuerdas de todas aquellas reuniones de setiembre, octubre y noviembre? ¿Cuando Publio Sila se sentaba junto a Catilina para apoyarlo a grandes voces? Pues según Cicerón no era Publio Sila el que estaba allí sentado, ¡era Spinther que llevaba puesta la imago de Publio Sila!
– Espero que estés de broma, Marco.
– Sí y no. ¡Cicerón ahora insiste en que Publio Sila empleó la mayor parte de todos esos nundinae en el cuidado de sus intereses en Pompeya! Y que apenas estuvo aquí, en Roma, ¿sabías tú eso?
– Tienes razón, seguro que era Spinther, que llevaba puesta su imago.
– De todos modos, Cicerón convencerá de eso al jurado.
En ese momento Aurelia asomó la cabeza por la puerta.
– Cuando tengas tiempo, César, me gustaría hablar contigo -le dijo.
Craso se levantó.
– Me voy ya, tengo que ver a algunas personas. Y hablando de casas -dijo mientras César y él se dirigían a la puerta principal-, tengo que decir que la domus publica es el mejor lugar para vivir de toda Roma. Coge de camino para ir y volver de todas partes. Es agradable dejarse caer por aquí sabiendo que hay una cara amiga y un buen trago de vino.
– ¡Tú podrías permitirte comprar todos los tragos de vino que quisieras, viejo tacaño!
– Me estoy haciendo viejo, ¿sabes? -le dijo Craso sin hacer caso del sustantivo «tacaño»-. ¿Cuántos años tienes tú, César? ¿Treinta y siete?
– Este año cumplo treinta y ocho.
– ¡Brrr! Yo cumpliré cincuenta y cuatro.
– Suspiró con melancolía-. ¿Sabes? ¡Yo quería de verdad una campaña antes de jubilarme! Algo para rivalizar con Pompeyo Magnus.
– Según él, ya no quedan mundos por conquistar.
– ¿Y los partos?
– ¿Y Dacia? ¿Y Boiohaemum? ¿Y todas las tierras del Danubio?
– Es ahí donde tú vas a ir, ¿verdad, César?
– Lo he estado pensando, sí.
– Los partos -le recomendó Craso con mucha seguridad al cruzar la puerta-. Hay más oro en esa dirección que en el Norte.