– Todas las razas estiman el oro más que nada -dijo César-, así que de todas ellas se consigue oro.
– Lo necesitarás para pagar tus deudas.
– Sí, así es. Pero el oro no es el principal atractivo, al menos para mí. En ese aspecto Pompeyo Magnus tiene razón. El oro viene, sencillamente, por añadidura. Lo que es más importante es la longitud del alcance de Roma.
La respuesta de Craso fue un gesto de despedida con la mano; se encaminó al Palatino y desapareció.
Nunca servía de nada intentar evitar a Aurelia cuando quería tener una conversación, así que César se fue directamente desde la puerta principal hasta los aposentos de su madre, donde ahora se notaba por todas partes la huella de su mano: nada del atractivo decorado quedaba ya a la vista, pues estaba cubierto de casilleros, rollos, papeles, recipientes para libros y, en un rincón, un telar. Las cuentas del Subura ya no le interesaban; ahora estaba ayudando a las vestales en sus tareas de llevar los archivos.
– ¿Qué hay, mater? -le preguntó César, de pie a la puerta.
– Se trata de nuestra nueva virgen -dijo ella al tiempo que le indicaba una silla.
César se sentó dispuesto ahora a escuchar.
– ¿Cornelia Merula?
– La misma.
– Sólo tiene siete años, mater. ¿Qué problemas puede causar a esa edad? A menos que sea salvaje, y no me dio esa impresión.
– Hemos puesto a un Catón entre nosotros -le dijo su madre.
– ¡Oh!
– Fabia no puede con ella, ni tampoco ninguna de las otras vestales. Junia y Quintilia la odian, y están empezando a pellizcarla y a arañarla.
– Trae a Fabia y a Cornelia Merula a mi despacho ahora mismo, por favor.
No muchos momentos después Aurelia acompañó a la jefa de las vestales y a la nueva pequeña vestal al despacho de César, un escenario inmaculado e imponente que resplandecía en apagados tonos de carmesí y púrpura.
Había algo que recordaba a Catón en Cornelia Merula, algo que hizo que a César le viniese a la memoria la primera vez que había visto a Catón, mirando desde la casa de Marco Livio Druso hacia la casa de Ahenobarbo, donde se había alojado Sila. Un niño flacucho y solitario a quien él había saludado con la mano con afecto. Esta niña también era alta y delgada; tenía el mismo colorido que Catón: pelo castaño y ojos grises. Y estaba de pie en la misma postura que adoptaba Catón: las piernas separadas, la barbilla erguida y los puños apretados.
– Mater, Fabia, podéis sentaros -dijo el pontífice máximo de manera muy formal. Luego le hizo un gesto con la mano a la niña-. Tú puedes quedarte aquí de pie -le indicó al tiempo que le señalaba un lugar concreto delante del escritorio-. Y ahora, ¿cuál es el problema, vestal jefe? -preguntó.
– ¡Muchísimos, al parecer! -respondió Fabia con aspereza-. Vivimos con demasiado lujo; disponemos de demasiado tiempo libre; nos interesan más los testamentos que Vesta; no tenemos derecho a beber agua que no se haya traído del pozo de Juturna; no preparamos la mola salsa como se hacía durante los reinados de los reyes; no picamos las partes del caballo de octubre como es debido. ¡Y muchas otras cosas además!
– ¿Y cómo sabes tú qué ocurre con las partes del caballo de octubre, pequeño mirlo? -le preguntó amablemente César a la niña, a la que prefirió llamar así y no Merula, que significaba mirlo-. Tú no llevas en el Atrium Vestae suficiente tiempo para haber visto alguna ceremonia de las partes del caballo de octubre.
¡Oh, qué difícil le resultaba no echarse a reír! Las partes del caballo de octubre, que se llevaban a toda prisa primero a las Regia para dejar que algo de sangre gotease sobre el altar y luego al sagrado hogar de Vesta para hacer lo mismo, eran los genitales, la cola y el esfínter anal. Después de la ceremonia todas aquellas partes se troceaban, se picaban, se mezclaban con lo que quedaba de sangre y luego se quemaban; las cenizas se utilizaban durante una fiesta Vestal celebrada en abril, la Parilia.
– Me lo ha dicho mi bisabuela -dijo Cornelia Merula con una voz que prometía ser algún día tan potente como la de Catón.
– ¿Y cómo lo sabe ella, si no es una vestal?
– Tú estás en esta casa porque eres un impostor. Eso significa que no tengo que contestarte -dijo el pequeño mirlo.
– ¿Quieres que te devuelva a tu bisabuela?
– No puedes hacer eso, ya soy una vestal.
– Puedo hacerlo, y lo haré si no respondes a mis preguntas.
La niña no parecía acobardada lo más mínimo; en cambio, pensó lo que decía con mucho cuidado.
– Sólo puedo ser expulsada de la orden si se me procesa ante un tribunal y se me encuentra culpable.
– ¡Vaya un pequeño abogado que tenemos aquí! Pero estás equivocada, Cornelia. La ley es sensata, así que siempre lo tiene todo previsto, por si de vez en cuando resulta enjaulado un mirlo con pavas reales blancas como la nieve. Puedo enviarte a tu casa.
– César se inclinó hacia adelante con una expresión helada en los ojos-. ¡Por favor, no pongas a prueba mi paciencia, Cornelia! Sólo créeme. A tu bisabuela no le haría gracia que se te declarase no apta y se te devolviera a casa con deshonor.
– No te creo -dijo Cornelia con testarudez.
César se puso en pie.
– ¡Me creerás cuando yo te lleve a tu casa, cosa que va a suceder en este mismo momento!
– Se volvió hacia Fabia, que escuchaba fascinada-. Fabia, recoge sus cosas y luego mándamelas aquí.
Esa era la diferencia entre los siete y los veintisiete años; Cornelia Merula cedió.
– Contestaré tus preguntas, pontífice máximo -dijo ella en actitud heroica y con los ojos brillantes a causa de las lágrimas, pero sin permitir que cayera ninguna.
César estaba deseando apretujarla con besos y abrazos, pero claro, no se podía hacer una cosa así aunque hubiese sido una buena niña y hubiese aprendido a comportarse. Tuviese siete o veintisiete años, era una virgen vestal, y él no podía apretujarla ni darle besos y abrazos.
– Has dicho que estoy aquí porque soy un impostor, Cornelia. ¿Qué has querido decir con eso?
– Mi bisabuela lo dice.
– ¿Y todo lo que dice tu bisabuela es verdad?
Los ojos grises se abrieron mucho, horrorizados.
– ¡Sí, naturalmente!
– ¿Te dijo tu bisabuela por qué soy un impostor, o fue simplemente una afirmación sin hechos en los que apoyarla? -le preguntó César con el semblante serio.
– Sólo lo dijo.
– Yo no soy ningún impostor, soy el pontífice máximo legalmente elegido.
– Tú eres el flamen Dialis -murmuró Cornelia.
– Fui el flamen Dialis, pero eso fue hace mucho tiempo. Me nombraron para ocupar el lugar de tu bisabuelo. Pero luego se observaron algunas irregularidades en la ceremonia de inauguración, y todos los sacerdotes y augures decidieron que yo no podía continuar sirviendo en calidad de flamen Dialis.
– ¡Tú sigues siendo el flamen Dialis!
– Domine -la corrigió César con suavidad-. Yo soy tu señor, pequeño mirlo, lo que significa que tú debes comportarte con cortesía y llamarme domine.
– Bueno, pues domine.
– Yo ya no soy el flamen Dialis.
– ¡Sí que lo eres! Domine.
– ¿Por qué? -¡Porque no hay otro flamen Dialis! -dijo Cornelia Merua con aire triunfal.
– Esa fue otra decisión de los Colegios Sacerdotal y Augural, pequeño mirlo. Yo no soy el flamen Dialis, pero se decidió no nombrar a otro hombre para ese puesto hasta después de mi muerte. Sólo para que todo en nuestro contrato con el Gran Dios fuera absolutamente legal.
– Oh.
– Ven aquí, Cornelia.
La niña dio la vuelta al escritorio de mala gana y se quedó de pie justo en el lugar donde César apuntaba con el dedo, a dos pies de la silla de éste.
– Extiende las manos.
Cornelia se encogió y palideció; César comprendió mucho mejor a la bisabuela cuando Cornelia Merula tendió las manos como lo hace un niño para recibir castigo.