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César tendió también las manos hacia adelante y cogió las de la niña con firmeza.

– Me parece que ya es hora de que te olvides de que tu bisabuela es la autoridad de tu vida, pequeño mirlo. Tú has desposado la orden de vírgenes vestales de Roma. Has pasado de las manos de tu bisabuela a las mías. Siente su contacto, Cornelia. Siente mis manos.

Ella así lo hizo, con vergüenza y mucha timidez. Qué triste, pensó César; está claro que hasta ahora que ha cumplido los siete años nunca ha sido abrazada ni besada por el paterfamilias, y ahora yo, su nuevo paterfamilias, estoy sujeto por leyes solemnes y sagradas que me impiden besarla o abrazarla, aunque sea una niña. A veces Roma es un ama cruel.

– Son fuertes mis manos, ¿verdad?

– Sí -dijo la niña en un susurro.

– Y mucho más grandes que las tuyas.

– Sí.

– ¿Sientes que tiemblen o suden? -No, domine.

– Entonces no hay nada más que decir. Tú y tu destino estáis en mis manos, yo soy tu padre ahora. Me ocuparé de ti como un padre, el Gran Dios y Vesta así lo requieren. Pero sobre todo yo te cuidaré porque tú eres una niña. No se te abofeteará ni se te darán zurras, no se te encerrará en armarios oscuros ni se te enviará a la cama sin cenar. Eso no quiere decir que el Atrium Vestae sea un lugar donde no haya castigos, sólo que los castigos se pensarán cuidadosamente y siempre se ajustarán a la falta cometida. Si rompes algo, tendrás que arreglarlo. Si ensucias algo, tendrás que limpiarlo. Pero la única falta para la cual no hay otro castigo más que enviarte a casa como no apta es que te erijas en juez de tus superiores. No te corresponde a ti decir lo que la orden debe beber, ni de donde se obtiene la bebida, ni por qué lado de la taza hay que beber. No te corresponde a ti determinar cuál es exactamente la tradición Vestal ni las costumbres. La mos maiorum no es una cosa estática, no permanece siempre como era durante los reinados de los reyes. Como todo lo demás en este mundo, cambia para adaptarse a los tiempos. Así que nada de críticas, nada de erigirte en juez. ¿Lo has comprendido?

– Sí, domine.

César le soltó las manos, sin haber llegado a acercarse a ella más de aquellos dos pies.

– Puedes irte, Cornelia, pero espera fuera. Quiero hablar con Fabia.

– Gracias, pontífice máximo -dijo Fabia radiante.

– No me des las gracias, vestal jefe, sólo aprende a enfrentarte a estos altos y bajos con sensatez -le recomendó César-. Creo que en el futuro quizás sea más prudente que yo tome parte más activa en la educación de las tres niñas. Clases una vez cada ocho días desde una hora después del amanecer hasta el mediodía. Pongamos el tercer día después del nundinus.

La entrevista había llegado a su fin, estaba claro; Fabia se levantó, hizo una reverencia y se marchó.

– Lo has llevado extraordinariamente bien, César -le indicó Aurelia.

– ¡Pobrecita! -Demasiadas zurras.

– Qué horror de vieja debe de ser la bisabuela.

– Algunas personas viven hasta que son demasiado viejas, César. Espero que yo no.

– Lo importante es, ¿habré conseguido desterrar al Catón que hay en ella?

– Oh, creo que sí. Especialmente si le das clases. Ésa es una idea excelente. Ni Fabia, ni Arruntia, ni Popilia tienen un grano de sentido común, y yo no puedo intervenir demasiado. Yo soy una mujer, no el paterfamilias.

– ¡Qué raro, mater! ¡En toda mi vida no he sido nunca paterfamílias para ningún varón!

Aurelia se puso en pie sonriendo.

– De lo cual me alegro mucho, hijo mío. Mira al joven Mario, pobre tipo. Las mujeres que tú tienes a tu cargo te están agradecidas por tu fuerza y autoridad. Si tuvieras un hijo, tendría que vivir bajo tu sombra. Porque la grandeza no se salta sólo una generación, sino usualmente muchas en todas las familias, César. Tú querrías que fuera como tú, y él se desesperaría.

El club de Clodio estaba reunido en la casa, grande y hermosa, que el dinero de Fulvia había comprado para Clodio justo al lado de la costosa ínsula de lujosos apartamentos que representaba la inversión más lucrativa que había hecho él. Todo aquel que era realmente importante estaba presente: las dos Clodias, Fulvia, Pompeya Sila, Sempronia Tuditani, Pala, Décimo Bruto -hijo de Sempronia Tuditani-, Curión, el joven Publícola -hijo de Pala-, Clodio y un afligido Marco Antonio.

– Ojalá fuera yo Cicerón -estaba diciendo con tono lúgubre-, así no tendría necesidad de casarme.

– Eso suena como una incongruencia, Antonio -le dijo Curión sonriendo-. Cicerón está casado, y además con una mujer verdaderamente astuta.

– Sí, pero tiene tanta fama de que es capaz de sacar a la gente absuelta en un juicio que incluso hay quien está dispuesto a «prestarle» cinco millones -insistió Antonio-. Si yo pudiera hacer que la gente saliera absuelta en los juicios, tendría mis cinco millones sin necesidad de casarme.

– ¡Oh! -dijo Clodio mientras se erguía en su asiento-. ¿Y quién es la afortunada novia, Antonio?

– Mi tío Lucio, que ahora es nuestro paterfamilias porque mi tío Híbrido no quiere tener nada que ver con nosotros, se niega a pagar mis deudas. Las propiedades de mi padrastro pasan, al parecer, por dificultades económicas, y ya no queda nada de lo que tenía mi padre. Así que tendré que casarme con cierta chica horrible, pero que huele a negocio.

– ¿Quién? -preguntó Clodio.

– Se llama Fadia.

– ¿Fadia? Nunca he oído hablar de ninguna Fadia -dijo Clodilla, una muy satisfecha divorciada en aquellos días-. ¡Cuéntanos más, Antonio, venga!

Antonio encogió aquellos enormes hombros suyos.

– No hay más que decir, en realidad. Nadie ha oído nunca hablar de ella.

– Sacarte a ti información, Antonio, es como exprimir a una piedra para que de sangre -intervino Clodia, la esposa de Celer-. ¿Quién es Fadia?

– Su padre es un mercader asquerosamente rico de Placentia.

– ¿Quieres decir que es gala? -preguntó Clodio ahogando una exclamación.

Otro hombre quizá hubiera picado y se hubiese puesto a la defensiva; Marco Antonio se limitó a sonreír.

– Mi tío Lucio jura que no. Dice que es una mujer impecablemente romana. Y supongo que lo dice de verdad. Los Césares son expertos en linajes.

– ¡Bueno, sigue! -le animó Curión.

– No hay mucho más que contar. El viejo Tito Fadio tiene un hijo y una hija. Quiere que el hijo entre en el Senado, y ha decidido que la mejor manera para hacerlo es encontrarle a la hija un marido noble. Al parecer el hijo es un tipo espantoso, no hay quien lo aguante. Así que me ha tocado a mí.

– Antonio le dedicó una sonrisa a Curión y mostró unos dientes sorprendentemente pequeños, pero muy iguales-. Estuvo a punto de tocarte a ti, pero tu padre dijo que antes preferiría prostituir a su hija que dar su consentimiento para que tú te casaras con Fadia.

Curión se desplomó al tiempo que lanzaba un chillido.

– ¡Qué ocurrencia! Escribonia es tan fea que sólo le interesaría a Apio Claudio el Ciego.

– ¡Oh, cierra la boca de una vez, Curión! -le dijo Pompeya-. Todos conocemos a Escribonia, pero ninguno conoce a Fadia. ¿Es bonita, Marco?

– Su dote es muy bonita.

– ¿Cuánto? -preguntó Décimo Bruto.

– ¡Trescientos talentos es el precio de salida para el nieto de Antonio el Orador!

Curión lanzó un silbido.

– ¡Si Fadio se lo pidiese a mi tata otra vez, yo con mucho gusto dormiría con los ojos vendados! ¡Eso es una mitad más de los cinco millones de Cicerón! ¡Incluso te quedará un poco después de haber pagado todas tus deudas!

– ¡Yo no soy mi primo Cayo, Curión! -le advirtió Antonio con una risita-. Yo no debo más que medio millón.

– Luego se puso serio-. De todos modos, nadie me va a dejar poner las manos sobre el dinero contante y sonante. Mi tío Lucio y Tito Fadio están acordando los términos del matrimonio de tal manera que Fadia conserve el control de su fortuna.