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– ¡Oh, Marco, eso es espantoso! -gritó Clodia.

– Sí, eso es lo que dije yo después de negarme a casarme con ella en esas condiciones -dijo con aire satisfecho Antonio.

– ¿Te has negado? -preguntó Pala, cuyas mejillas fláccidas se movían como las de una ardilla cuando mordisquea nueces.

– Sí.

– ¿Y qué sucedió luego?

– Acabaron por ceder.

– ¿Del todo? -No del todo, pero bastante. Tito Fadio accedió finalmente a pagar todas mis deudas y me concedió además una liquidación de un millón en metálico. Así que me caso dentro de diez días, aunque ninguno de vosotros haya sido invitado a la boda. Mi tío Lucio quiere hacerme parecer puro.

– ¡Ningún carota, ningún galo!

Todos se echaron a reír. La reunión prosiguió alegremente durante un rato, aunque no se dijo nada importante. Las únicas criadas que había en la habitación, que pertenecían a Pompeya, estaban muy compuestas detrás del canapé en el que se encontraba tumbada Pompeya junto con Pala. La más joven era su propia doncella, Doris, y la mayor era el valioso perro guardián de Aurelia, Polixena. Todos los miembros del club de Clodio eran conscientes de que Polixena informaría fielmente a Aurelia de todo lo que oyera cuando Pompeya regresara a la domus publica. Esto suponía un fastidio de grandísimas proporciones. De hecho, celebraban muchas reuniones sin Pompeya, bien porque la maldad que tramaban no era para que se la contaran a la madre del pontífice máximo, bien porque alguien iba a proponer una vez más que expulsasen del club a Pompeya. No obstante había un buen motivo por el que se permitía que Pompeya continuase formando parte del club: había ocasiones en que resultaba muy útil saber que un rígido y viejo pilar de la sociedad, que tenía una gran influencia en dicha sociedad, recibía información.

Aquel día Publio Clodio ya no pudo aguantar más.

– ¡Pompeya -dijo con voz dura-, esa vieja espía que está detrás de ti es algo abominable! ¡No hay nada que se hable aquí de lo que no acabe enterándose toda Roma, no tenemos nada que ocultar, pero yo me opongo a los espías, y eso significa que tengo que oponerme a ti! ¡Vete a casa y llévate a esa miserable espía contigo!

Aquellos luminosos y asombrosamente verdes ojos se llenaron de lágrimas; a Pompeya le comenzaron a temblar los labios.

– ¡Oh, por favor, Publio Clodio! ¡Por favor!

Clodio le volvió la espalda.

– Vete a casa -repitió.

Se hizo un embarazoso silencio mientras Pompeya se bajaba del canapé, se ponía los zapatos y salía de la habitación; Polixena iba detrás con su acostumbrada expresión de madera, y Doris gimoteaba y sorbía por la nariz.

– Eso ha sido una falta de amabilidad, Publio -dijo Clodia cuando se habían ido.

– ¡La amabilidad no es una virtud que yo estime! -repuso Dodio con brusquedad.

– ¡Es la nieta de Sila!

– ¡Me da igual, como si es la nieta de Júpiter! ¡Estoy asqueado de tener que aguantar a Polixena!

– Mi primo Cayo no es tonto -intervino Antonio-. No tendrás acceso alguno a su esposa sin que haya alguien como Polixena presente, Clodio.

– ¡Eso ya lo sé, Antonio!

– Él mismo tiene bastante experiencia -explicó Antonio esbozando una sonrisa-. Dudo que haya algún truco que él no conozca en lo que se refiere a ponerles los cuernos a los maridos.

– Suspiró, contento-. ¡El es el viento del norte, pero adorna nuestra remilgada familia! Ha hecho más conquistas que Apolo.

– ¡Yo no quiero ponerle los cuernos a César, sólo quiero librarme de Polixena! -gruñó Clodio.

De repente Clodia se echó a reír con una risita tonta.

– Bueno, ahora que los Ojos y los Oídos de Roma se han marchado de una vez, puedo contaros lo que sucedió en la fiesta de Ático la otra noche.

– Eso debe de haber sido emocionante para ti, Clodia querida -dijo el joven Publícola-. ¡Con tanto protocolo!

– Oh, desde luego, sobre todo con Terencia presente.

– Entonces, ¿qué es lo que lo hace digno de mención? -preguntó Clodio malhumorado, todavía enfadado por lo de Polixena.

Clodia bajó la voz, que se le puso tensa y cargada de trascendencia.

– ¡Yo estaba sentada enfrente de Cicerón! -anunció.

– ¿Cómo pudiste soportar semejante éxtasis? -le preguntó Sempronia Tuditani.

– ¡Querrás decir cómo pudo él soportar semejante éxtasis!

Todas las cabezas se volvieron hacia ella.

– ¡No me digas, Clodia! -gritó Fulvia.

– Pues sí -dijo Clodia muy presumida-. Cayó enamorado de mí con tanta fuerza como cae una ínsula en un terremoto.

– ¿Delante de Terencia?

– Bueno, ella estaba en otro lugar de la mesa, de cara al lectus imus, así que se encontraba de espaldas a nosotros. Sí, gracias a mi amigo Ático, Cicerón se soltó de la correa.

– ¿Qué pasó? -preguntó Curión sin poder contener la risa.

– Coqueteé con él desde el principio al fin de la cena, eso es lo que pasó. Coqueteé de modo escandaloso, ¡Y a él le encantó! Yo también disfruté. Me dijo que no sabía que hubiera una mujer tan instruida en Roma. Eso fue cuando cité textualmente algunos fragmentos de Catulo, ese nuevo poeta.

– Se volvió hacia Curión-. ¿Lo has leído? ¡Es glorioso!

Curión se limpió las lágrimas consecuencia de la risa.

– No he oído hablar de él.

– Nuevecito del todo… y lo publica Ático, naturalmente. Procede de la Galia Cisalpina, más allá del Po. Ático dice que está a punto de venir a Roma… ¡Estoy impaciente por conocerle!

– Volviendo a Cicerón -dijo Clodio, que veía posibilidades para el Foro-. ¿Cómo es en cuestiones amorosas? No creí que tuviera esas inclinaciones, francamente.

– Oh, muy tonto y picaruelo -dijo Clodia con voz aburrida. Se volvió de espaldas y dio patadas al aire-. Todo en él cambia. De pater patriae se convierte en rufián de Plauto. Por eso me resultó tan divertido. Yo no hacía más que pincharle para que cada vez se fuera poniendo más tonto.

– ¡Eres una mujer malvada! -le dijo Décimo Bruto.

– Eso es lo que pensó Terencia también.

– ¡Ah! ¿Así que ella se dio cuenta?

– Al cabo de un rato se dieron cuenta todos los presentes.

– Clodia arrugó la nariz hacia arriba y puso una cara adorable-. Cuando más rendido caía por mí, más vocinglero y tonto se ponía. Ático estaba casi paralizado de la risa.

– Se estremeció de una forma muy teatral-. Terencia estaba casi paralizada por la rabia. ¡Pobre viejo Cicerón! Por cierto, ¿por qué consideramos que es viejo? Pero repito: ¡pobre viejo Cicerón! No creo que estuvieran a más de un pie de distancia de la puerta de Ático cuando Terencia ya debía de estar royéndole el cuello.

– No iba a roerle otra cosa -apuntó con un ronroneo Sempronia Tuditani.

El aullido de regocijo que se alzó hizo que los sirvientes que estaban en la cocina de Fulvia, en el otro extremo del jardín, sonrieran. ¡Qué casa tan feliz!

De repente la alegría de Clodia cambió de tono; se sentó muy erguida y miró con júbilo a su hermano.

– Publio Clodio, ¿te atreves con una maldad deliciosa que se me ha ocurrido?

– ¿Es romano César?

A la mañana siguiente Clodia se presentó ante la puerta principal del pontífice máximo acompañada por varios miembros femeninos del club de Clodio.

– ¿Está Pompeya? -le preguntó a Eutico.

– Sí está, domina -dijo el mayordomo haciendo una inclinación de cabeza al franquearles la entrada.

Y el grupo se fue escaleras arriba, mientras Eutico se apresuraba a seguir a sus tareas. No había necesidad de llamar a Polixena; el joven Quinto Pompeyo Rufo estaba ausente de Roma, así que no habría hombres presentes.

Era evidente que Pompeya se había pasado la noche llorando; tenía los ojos hinchados y enrojecidos, y el porte desconsolado. Cuando vio que Clodia y las demás entraban bulliciosas, se puso en pie de un salto.