– ¡Oh, Clodia, estaba segura de que no volvería a verte! -le gritó.
– ¡Querida, yo no te haría eso nunca! Pero en realidad no puedes culpar a mi hermano, ¿no es cierto? Polixena se lo cuenta todo a Aurelia.
– ¡Ya lo sé, ya lo sé! Y lo siento muchísimo, pero… ¿qué puedo hacer? -Nada, querida, nada.
– Clodia tomó asiento como un hermoso pájaro que se posara en una rama y luego sonrió al resto del grupo que había traído consigo: Fulvia, Clodilla, Sempronia Tuditani, Pala y otra mujer a la que Pompeya no reconoció-. Esta es mi prima Claudia, que ha venido del campo de vacaciones -la presentó Clodia, muy solemne.
– Ave, Claudia -dijo Pompeya Sila sonriendo con aquel habitual aspecto distraído suyo mientras pensaba que si Claudia era una palurda, se adaptaba mucho al molde de Pala y Sempronia Tuditani; fuera de donde fuera que procediese allí debían de considerarla verdaderamente espabilada, con todo aquel maquillaje y el pelo decolorado y exuberante. Pompeya trató de mostrarse-. Ya veo el parecido de familia.
– Eso espero -dijo la prima Claudia quitándose aquella fantástica mata de pelo dorado vivo.
Durante un momento dio la impresión de que Pompeya fuera a desmayarse: se quedó boquiabierta y jadeó en busca de aire.
Todo lo cual fue demasiado para Clodia y los demás. Chillaron de tanta la risa.
– ¡Sssssh! -las conminó Publio Clodio al tiempo que avanzaba a grandes zancadas y de un modo muy poco femenino hasta la puerta que daba al exterior; al llegar allí echó el pestillo por dentro. Luego volvió hasta el asiento que ocupaba, frunció la boca e hizo aletear las pestañas-. ¡Querida mía, qué apartamento tan divino! -dijo con voz aflautada.
– ¡Oh, oh, oh! -chilló Pompeya-. ¡No puedes!
– Puedo, porque aquí estoy -dijo Clodio con su voz normal-. Y tienes razón, Clodia. No está Polixena.
– ¡Por favor, por favor, no te quedes aquí! -le dijo Pompeya en un susurro; la cara se le había puesto blanca y tenía las manos encogidas-. ¡Mi suegra!
– ¿Qué, también te espía aquí?
– Normalmente no, pero la Bona Dea se celebra pronto, y va a ser aquí. Se supone que yo la estoy organizando.
– Querrás decir que la está organizando Aurelia, claro -dijo Clodio en un tono de mofa.
– ¡Pues sí, claro, lo está haciendo ella! Pero es muy meticulosa en fingir que me consulta a mí, porque yo soy oficialmente la anfitriona, la esposa del pretor en cuya casa se celebra la Bona Dea. ¡Oh, Clodio, por favor, vete! Aurelia ahora entra y sale todo el tiempo, y si encuentra mi puerta cerrada con pestillo irá a quejarse a César.
– ¡Mi pobre niñita! _canturreó Clodio envolviendo a Pompeya en un abrazo-. Me iré, te lo prometo.
Se acercó a un espejo de plata magníficamente pulida que había colgado en la pared, y con ayuda de Fulvia se colocó la peluca en su sitio.
– No puedo decir que estés guapo, Publio -le dijo su esposa mientras daba los últimos toques a la peluca-, pero pasas por una mujer muy aceptable -añadió con una risita tonta-. ¡Aunque de dudosa profesión!
– Venga, vámonos de aquí -dijo Clodio dirigiéndose a las demás-. Yo sólo quería demostrarle a Clodia que podía hacerse, ¡y puede hacerse!
Soltaron el pestillo de la puerta; las mujeres salieron agrupadas con Clodio en el centro.
Justo a tiempo. Aurelia apareció poco después; tenía las cejas levantadas.
– ¿Quiénes eran esas que salían con tanta prisa y alboroto?
– Clodia, Clodilla y unas cuantas amigas más -repuso Pompeya con vaguedad.
– Será mejor que sepas qué clase de leche vamos a servir.
– ¿Leche? -preguntó Pompeya atónita.
– ¡Oh, Pompeya, sinceramente!
– Aurelia se quedó de pie mirando a su nuera-. ¿Es que no hay nada más en esa cabeza que chucherías y ropa?
Y al oír esto Pompeya estalló en llanto. Aurelia -aunque con voz apagada- soltó una de sus infrecuentes palabrotas, todas muy suaves, y se marchó de allí a toda prisa para no darle unos cachetes a Pompeya.
Fuera, en la vía Sacra, los cinco artículos auténticos, más Clodio, corrieron calle arriba en lugar de dirigirse calle abajo hacia el Foro inferior; eso era más seguro si no querían encontrarse con cierto varón al que conocían muy bien. Clodio estaba encantado consigo mismo, e iba haciendo cabriolas para llamar la atención de las señoras acomodadas que hacían las compras habitualmente en la zona del pórtico Margaritaria y en el Foro superior. Fue por eso por lo que las mujeres sintieron gran alivio cuando consiguieron llevarlo a casa sin que nadie descubriera su disfraz.
– ¡Van a estar días preguntándome quién era esa extraña criatura que iba conmigo esta mañana! -dijo Clodia con ira una vez que le quitaron los arreos y un ya lavado y respetable Publio Clodio se hubo instalado en un canapé.
– ¡Fue todo idea tuya! -protestó él.
– ¡Sí, pero no tenías por qué hacer de ti mismo un espectáculo público! ¡El trato era que tú irías y volverías bien camuflado, no que irías sonriendo y contorneándote para que todo el mundo se fijase en ti!
– ¡Cállate, Clodia, estoy pensando!
– ¿En qué?
– En una pequeña cuestión de venganza.
Fulvia se le arrimó amorosamente, notando el cambio de ánimo de su marido. Nadie sabía mejor que su esposa que Clodio llevaba una lista de víctimas dentro de la cabeza, y nadie estaba más dispuesto a ayudarle que su esposa. Últimamente la lista había menguado; Catilina ya no existía y los árabes probablemente habían sido borrados del mapa definitivamente. Así que, ¿de quién se trataría?
– ¿Quién es? -le preguntó Fulvia al tiempo que le chupaba el lóbulo de la oreja.
– Aurelia -repuso él entre dientes-. Ya va siendo hora de que alguien la ponga en su sitio.
– ¿Y cómo piensas hacer eso? -le preguntó Pala.
– De paso fastidiaré un poco a Fabia -dijo Clodio pensativo-; ella también necesita una lección.
– ¿Qué te propones, Clodio? -le preguntó Clodilla, que parecía un poco recelosa.
– ¡Una maldad! -canturreó él alegremente; agarró a Fulvia y empezó a hacerle cosquillas sin compasión.
Bona Dea era la Diosa Buena, tan antigua como la propia Roma, y por ello no poseía ni rostro ni forma; era numen. Sí que tenía nombre, pero nunca se pronunciaba, pues era demasiado sagrado. Lo que ella significaba para las mujeres romanas ningún hombre podía entenderlo, y tampoco por qué la llamaban buena. Su culto quedaba completamente fuera de la religión oficial del Estado, y aunque el Tesoro sí le concedía un poco de dinero, ella no le respondía a ningún hombre ni a ningún grupo de hombres. Las vírgenes vestales se cuidaban de ella, pues no tenía sacerdotisas propias; las vestales contrataban a las mujeres que cuidaban su jardín medicinal sagrado, y tenían la custodia de las medicinas de la Bona Dea, que eran sólo para las mujeres romanas.
Como no tenía parte alguna en la Roma masculina, el enorme recinto donde se encontraba su templo quedaba fuera del pomerium, en la falda del monte Aventino, justo debajo de un saliente rocoso, el Saxum Sacrum o piedra sagrada, y cerca del depósito de agua del Aventino. Ningún hombre osaba acercarse, ni ningún arbusto de arrayán. Una estatua se alzaba en el interior del santuario, pero no era una efigie de la Bona Dea, sólo algo que se había puesto allí para engañar a las fuerzas del mal generadas por los hombres haciéndoles creer que era ella. Nada era lo que a primera vista parecía en el mundo de Bona Dea, quien amaba a las mujeres y a las serpientes. En su recinto abundaban las serpientes. Los hombres, se decía, eran serpientes. Y poseyendo tantas serpientes como poseía, ¿qué necesidad tenía la Bona Dea de hombres?
Las medicinas por las cuales la Bona Dea era famosa procedían de un jardín que rodeaba por completo el propio templo; allí había arriates de hierbas variadas, y por todas partes se extendía un mar de centeno enfermo que se plantaba cada primero de mayo y se cosechaba bajo la supervisión de las vestales, quienes cogían sus atizonadas espigas y hacían con ellas el elixir de Bona Dea… mientras miles de serpientes dormitaban o se deslizaban entre los tallos, ignoradas e ignorantes.