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No mucho después Aurelia decidió que todas habían llegado ya y abandonó el vestíbulo. Su ansiedad por asegurarse de que todo iba bien no la dejaría descansar, así que se movía constantemente de un lugar a otro y de habitación en habitación, con los ojos moviéndose como dardos de acá para allá, contando a las criadas, comprobando el volumen de los alimentos, catalogando a las invitadas y los lugares donde se habían instalado. Incluso en medio de semejante caos, aunque un caos controlado, el ábaco que tenía por mente le advertía de esto y de aquello, y todo encajaba en su sitio. Pero había algo que no hacía más que darle la lata… ¿Qué era? ¿Quién faltaba? ¡Alguien faltaba! Dos mujeres músicos pasaron paseando a su lado; se refrescaban entre pieza y pieza. Llevaban los caramillos sujetos alrededor de la cintura, para tener las manos libres y poder sujetar la leche y los pasteles de miel.

– Chryse, ésta es la mejor Bona Dea que se haya celebrado nunca -dijo la más alta de las dos.

– ¿Verdad que sí? -convino la otra, que mascullaba con la boca llena-. Ojalá todos nuestros contratos fueran la mitad de buenos que éste, Doris.

¡Doris! ¡Doris! ¡Esa era quien faltaba, Doris, la doncella de Pompeya! La última vez que Aurelia la había visto había sido hacía una hora. ¿Dónde estaría? ¿Qué tramaría? ¿Estaría llevando a escondidas leche al personal de la cocina, o habría engullido ella misma tanta leche que andaría durmiendo o vomitando por algún rincón?

Aurelia se fue, sin hacer caso de los saludos e invitaciones para unirse a diversos grupos, y siguió con el olfato un rastro que sólo ella era capaz de seguir.

En el comedor no estaba y tampoco la vio en ninguna parte del peristilo, ni en el atrio ni en el vestíbulo. Lo cual sólo dejaba por registrar la sala de recepción antes de empezar a buscar en otro territorio. El toldo de color azafrán que César había puesto en el peristilo era tal novedad que quizás por eso la mayor parte de las invitadas habían decidido congregarse allí, y las demás se habían instalado cómodamente en el comedor o en el atrio, que daban ambos directamente al jardín. Lo cual significaba que la sala de recepción, enorme y difícil de iluminar a causa de su tamaño, estaba completamente desierta. La domus publica había demostrado una vez más que doscientas visitantes y cien criadas no podían llenarla por completo.

¡Ahá! ¡Allí estaba Doris de pie a la puerta principal de la casa del pontífice máximo franqueándole la entrada a una mujer músico! ¡Pero qué músico! Una estrafalaria criatura ataviada con la más cara seda de Cos con hilos dorados, fabulosas joyas alrededor del cuello y entrelazadas entre un cabello asombrosamente amarillo. En la doblez del brazo llevaba acomodada una soberbia lira de concha de tortuga con incrustaciones de ámbar, cuyas clavijas eran de oro. ¿Acaso Roma poseía una mujer músico capaz de permitirse un vestido, unas joyas o un instrumento como los de aquella mujer? ¡Desde luego que no, pues de lo contrario habría sido famosa!

Y en Doris también había algo raro. La muchacha ponía posturas y sonreía embobada, tapándose la boca con la mano y volviendo los ojos hacia la mujer músico en una agonía de júbilo conspiratono. Sin hacer ningún ruido, Aurelia avanzó muy despacio hacia las dos con la espalda pegada a la pared, donde las sombras eran más densas. Y cuando oyó hablar al músico con voz de hombre, dio un brinco y atacó.

El intruso era un individuo ligero de mediana estatura, pero tenía la fuerza y la agilidad de un hombre joven. ¡Quitarse de encima a una mujer de avanzada edad como la madre de César no le supondría ninguna dificultad! ¡Aquel viejo cunnus! ¡Eso les enseñaría a ella y a Fabia a atormentarle a él! ¡Pero aquélla no era una mujer anciana! ¡Aquello era Proteo! Por mucho que él se retorcía y daba vueltas, Aurelia seguía colgada de él.

Aurelia tenía la boca abierta y gritaba:

– ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Es una profanación! ¡Socorro, socorro! ¡Están profanando los misterios! ¡Socorro, socorro!

Acudieron mujeres corriendo de todas partes, moviéndose automáticamente para obedecer a la madre de César como le había obedecido la gente toda su vida. La lira de la mujer músico cayó al suelo y produjo un sonido discordante; le aprisionaron los dos brazos al músico y lo vencieron simplemente porque eran superiores en número. En ese momento, Aurelia lo soltó y se volvió para quedar de cara a las presentes.

– Esto es un hombre -dijo con dureza.

Ahora ya se habían reunido allí la mayoría de las invitadas, que contemplaron horrorizadas cómo Aurelia le arrancaba la peluca dorada, le rasgaba la tenue y costosa túnica y dejaba al descubierto el peludo pecho de un hombre. Publio Clodio.

Alguien empezó a chillar que aquello era un sacrilegio. Los lamentos, gritos y chillidos fueron subiendo de tono hasta alcanzar tal magnitud que toda la vía Nova se asomó a las ventanas en seguida; las mujeres salieron huyendo en todas direcciones, aullando que los ritos de Bona Dea habían sido contaminados y profanados, mientras las esclavas se iban a sus aposentos a toda prisa, las mujeres músicos se postraban, se arrancaban el cabello y se arañaban el pecho, y las tres vírgenes vestales adultas se pusieron los velos por delante de los asombrados rostros para ocultar el dolor y el terror que sentían de todas las miradas excepto de la mirada de la propia Bona Dea.

Ahora Aurelia le estaba frotando el rostro a Clodio, que reía como un demente, con un pedazo de túnica que, al mancharse de negro, blanco y rojo, se convirtió en un color marrón barro.

– ¡Presenciad esto! -rugió Aurelia con una voz que nunca antes había poseído-. ¡Os llamo a todas para que seáis testigos de que esta criatura varón que se atreve a violar los misterios de Bona Dea es Publio Clodio!

Y de pronto se le acabó la diversión. Clodio dejó de carcajearse, miró fijamente aquel pétreo y hermoso rostro que tan cerca estaba del suyo y experimentó un miedo terrible. Volvía a encontrarse en aquella anónima habitación de Antioquía, sólo que esta vez lo que tenía que perder no eran los testículos, sino que lo que estaba en juego era su vida. El sacrilegio seguía siendo punible con la pena de muerte a la antigua usanza, y ni siquiera todo un olimpo compuesto por los mejores abogados que Roma hubiera dado al mundo en toda la historia sería bastante para hacer que saliera absuelto. La luz se hizo en él en un paroxismo de horror: ¡Aurelia era la Bona Dea!

Reunió hasta el último vestigio de fuerza que poseía, se liberó de los brazos que lo aprisionaban y salió huyendo precipitadamente por el pasillo que corría entre las habitaciones del pontífice máximo y el triclinium. Más allá estaba el jardín peristilo privado, y la libertad lo llamaba desde el fondo de un elevado muro de ladrillo. Como un gato se lanzó de un salto hacia la parte superior del mismo, escarbó y arañó para conseguir subirse a él, retorció el cuerpo para seguir a los brazos y cayó por encima del muro al suelo vacío.

– ¡Traedme a Pompeya Sila, a Fulvia, a Clodia y a Clodilla!

dijo Aurelia con brusquedad-. ¡Son sospechosas y quiero verlas!

– Hizo un rollo con el vestido de tejido dorado y la peluca y se los entregó a Polixena-. Guárdalos a buen recaudo; son pruebas.

La gigantesca esclava manumitida gala se encontraba de pie, en silencio, en espera de órdenes, y se le pidió que se ocupase de que las señoras se marchasen de la casa con la mayor rapidez que fuera posible. Los ritos no podían continuar, y Roma ahora se hallaba sumida en la más grave crisis religiosa que se pudiese recordar.

– ¿Dónde está Fabia?

Apareció Terencia, con una expresión que a Publio Clodio no le habría gustado ver.

– Fabia se está recuperando, pronto estará mejor. ¡Oh, Aurelia, esto ha sido espantoso! ¿Qué podemos hacer?

– Intentaremos reparar el daño, si no por nosotras mismas, por el bien de todas las mujeres romanas. Fabia es la vestal jefe, la Diosa Buena está a su cargo. Ten la bondad de decirle que vaya a los libros y averigüe qué podemos hacer para evitar el desastre. ¿Cómo podemos enterrar a Bona Dea a menos que expiemos este sacrilegio? Y si Bona Dea no es enterrada, no volverá a resucitar en mayo. Las hierbas curativas no brotarán, no nacerán bebés libres de malformaciones, todas las serpientes se marcharán o morirán, la semilla perecerá y perros negros se comerán los cadáveres en las cunetas de esta ciudad maldita.