Выбрать главу

– ¿Y la esposa y las hermanas de Clodio? -quiso saber Vatia Isáurico.

– Mi madre dice que son inocentes.

– Tu madre tiene razón -dijo Catulo-. Ninguna mujer romana se atrevería a profanar los misterios de Bona Dea, ni siquiera Fulvia o Clodia.

– No obstante, todavía me queda algo por hacer con respecto a Pompeya -dijo César haciéndole una seña a un acólito escriba que sostenía las tablillas-. Toma nota: «A Pompeya Sila, esposa de Cayo Julio César, pontífice máximo de Roma: por la presente te repudio y te devuelvo a casa de tu hermano. No hago reclamación alguna sobre tu dote.»

Nadie dijo ni una palabra, ni halló el valor para hablar siquiera después de que el lacónico documento le fue presentado a César para que lo firmase.

Luego, cuando el portador de la nota salió para entregarla en la domus publica, Mamerco habló.

– Mi esposa es la madre de Pompeya, pero ella no la admitirá en su casa.

– Ni nadie debería pedirle que lo hiciera -le advirtió César tranquilamente-. Por eso he dispuesto que se la envíe a casa de su hermano mayor, que es su paterfamilias. Está gobernando la provincia de África, pero su esposa se encuentra aquí. La quieran en su casa o no, deben aceptarla.

Fue Silano quien por fin formuló la pregunta que todos deseaban hacer.

– César, dices que crees que Pompeya es inocente de toda complicidad. Entonces, ¿por qué la repudias?

César alzó las rubias cejas; parecía sorprendido por la pregunta.

– Porque la esposa de César, como toda la familia de César, debe estar por encima de toda sospecha -dijo.

Y unos días más tarde, cuando se le hizo la misma pregunta en la Cámara, dio exactamente la misma respuesta.

Fulvia estuvo abofeteando a Publio Clodio a ambos lados de la cara hasta que a él se le partió el labio y comenzó a sangrar por la nariz.

– ¡Eres tonto! -gruñía Fulvia a cada bofetada-. ¡Tonto! ¡Tonto! ¡Tonto!

Clodio no trató de luchar contra ella, ni apelar a sus hermanas, que estaban allí mirando con angustiada satisfacción.

– ¿Por qué? -le preguntó Clodia cuando Fulvia hubo terminado de abofetearle.

Pasó cierto tiempo antes de que Clodio pudiera responder, y lo hizo cuando dejó de sangrar y las lágrimas dejaron de fluir. Entonces dijo: -Quería hacer sufrir a Aurelia y a Fabia.

– ¡Clodio, has destruido Roma! ¡Estamos malditos! -le gritó Fulvia.

– Oh, pero, ¿qué os pasa? -gritó él-. Un puñado de mujeres librándose de su resentimiento contra los hombres. ¿Qué sentido tiene eso? ¡Yo he visto los látigos! ¡Sé lo de las serpientes! ¡No es más que un montón de tonterías!

Pero aquello sólo sirvió para empeorar las cosas; las tres mujeres se lanzaron contra él y volvieron a abofetearle y a darle puñetazos.

– ¡Bona Dea no es una bonita estatua griega! -dijo Clodilla entre dientes-. Bona Dea es tan antigua como Roma, es nuestra, es la Diosa Buena. Toda mujer que se encontrase presente en tu profanación y que estuviese embarazada tendrá que tomar la medicina por haber formado parte.

– ¡Y eso me incluye a mí! -dijo Fulvia echándose a llorar.

– ¡No!

– ¡Sí, sí, sí! -gritó Clodia mientras le propinaba un puntapié-. Oh, Clodio, ¿por qué? ¡Debe de haber miles de maneras de vengarte de Aurelia y de Fabia! ¿Por qué cometer sacrilegio? ¡Estás condenado a la perdición!

– ¡No lo pensé, me pareció perfecto! -Intentó cogerle la mano a Fulvia-. ¡Por favor, no le hagas daño a nuestro hijo!

– ¿Es que no lo entiendes todavía? -le gritó Fulvia apartándose de él-. ¡Tú eres quien le ha hecho daño a nuestro hijo! ¡Nacería deforme y monstruoso, tengo que tomar la medicina! ¡Clodio, estás maldito!

– ¡Sal de aquí! -gritó Clodilla-. ¡Sobre el vientre, como una serpiente!

Clodio se arrastró sobre el vientre y salió de allí como una serpiente.

– Tendrá que celebrarse otra Bona Dea -le dijo Terencia a César cuando Fabia, Aurelia y ella entraron a verle en su despacho-. Los ritos serán los mismos, aunque con la adición de un sacrificio expiatorio. Esa muchacha, Doris, será castigada de cierta manera que ninguna mujer puede revelarle a nadie, ni siquiera al pontífice máximo.

Gracias a todos los dioses por eso, pensó César, que no tuvo ningún problema en imaginarse quién constituiría el sacrificio expiatorio.

– Así pues, ¿necesitáis una ley que convierta uno de los días venideros comiciales en nefastus, y le estáis pidiendo al pontífice máximo que lo solicite en la Asamblea Religiosa de las diecisiete tribus? -Eso es -dijo Fabia pensando que debía hablar ella si no quería que César considerase que ella dependía de dos mujeres que no pertenecían al Colegio Vestal-. Bona Dea debe celebrarse en dies nefasti, y ya no hay ninguno hasta febrero.

– Tenéis razón, la Bona Dea no puede permanecer despierta hasta el mes de febrero. ¿Queréis que lo legisle para el sexto día antes de los idus?

– Eso sería excelente -dijo Terencia suspirando.

– Bona Dea se dormirá contenta -la consoló César-. Lamento que toda mujer que estuviera en la fiesta y que esté embarazada de poco tiempo tendrá que hacer un sacrificio muy especial y duro. No digo más, es un asunto de mujeres. Recordad también que ninguna mujer romana ha sido culpable de sacrilegio. Bona Dea fue profanada por un hombre y por una muchacha no romana.

– Tengo entendido que a Publio Clodio le gusta la venganza, pero a él no le gustará la venganza de Bona Dea -anunció Terencia mientras se levantaba.

Aurelia permaneció sentada, aunque no habló hasta que la puerta se cerró detrás de Terencia y de Fabia.

– He echado a Pompeya a cajas destempladas -le dijo entonces Aurelia.

– Supongo que habrás hecho lo mismo con todas sus pertenencias, ¿verdad?

– De eso se están ocupando en este momento. ¡Pobrecilla! Ha llorado tanto, César. Su cuñada no quiere acogerla, Cornelia Sila se niega… es muy triste.

– Ya lo sé.

– «La esposa de César, como toda la familia de César, debe estar por encima de toda sospecha» -citó textualmente Aurelia.

– Sí.

– A mí no me parece bien castigarla por algo de lo que no sabía nada, César.

– A mí tampoco me parece bien, mater. Sin embargo, no me quedaba otra opción.

– Dudo que tus colegas hubieran puesto objeciones si hubieras elegido mantenerla como tu esposa.

– Probablemente no. Pero era yo quien ponía objeciones.

– Eres un hombre duro.

– Un hombre que no sea duro, mater, es que está dominado por una mujer u otra. Mira Cicerón y Silano.

– Dicen que Silano está debilitándose rápidamente -dijo Aurelia ampliando el tema.

– Lo creo, si tengo que atenerme al Silano que he visto esta mañana.

– Puede que tengas motivos para lamentar divorciarte en el mismo momento en que Servilia enviuda.

– El momento de preocuparse por eso será cuando le ponga el anillo nupcial en el dedo.

– En ciertos aspectos sería una unión muy buena -dijo Aurelia, que se moría de ganas de saber qué pensaba César en realidad.

– En ciertos aspectos -convino él sonriendo impenetrable.

– ¿No puedes hacer nada por Pompeya, aparte de enviar su dote y sus pertenencias con ella?

– ¿Y por qué iba a hacerlo?

– Por ningún motivo válido, excepto que su castigo es inmerecido y ella nunca volverá a encontrar otro marido. ¿Qué hombre querría desposar a una mujer cuyo marido sospeche que ella se confabuló para cometer un sacrilegio?

– Eso es una calumnia por tu parte, mater.

– ¡No, César, no lo es! Tú sabes que ella no es culpable, pero al repudiarla no le has indicado eso al resto de Roma.

– Mater, te estás poniendo un poco pesada -le dijo César con suavidad.

Aurelia se puso en pie inmediatamente.