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– ¿Nada? -preguntó.

– Le buscaré otro marido.

– ¿A quién podrías convencer de que se case con ella después de esto?

– Me imagino que Publio Vatinio estaría encantado de casarse con ella. La nieta de Sila es un gran premio para alguien cuyos propios abuelos fueron italianos.

Aurelia le estuvo dando vueltas a la idea y luego asintió con la cabeza.

– Ésa es una excelente idea, César -dijo-. Vatinio fue un marido amantísimo para Antonia Crética, y ella era por lo menos tan estúpida como la pobre Pompeya. ¡Oh, espléndido! Será un marido italiano, no la perderá de vista. Pompeya estará demasiado ocupada como para que le quede tiempo para el club de Clodio.

– ¡Márchate, mater! -dijo César al tiempo que dejaba escapar un suspiro.

La segunda celebración de la Bona Dea transcurrió a pedir de boca, pero la población femenina de Roma tardó mucho en tranquilizarse, y hubo muchas mujeres recién preñadas en toda la ciudad que siguieron el ejemplo de aquellas que se encontraban presentes en la primera ceremonia; las vestales proporcionaron la medicina de centeno hasta que sus provisiones descendieron mucho. El número de bebés varones abandonados en los riscos del monte Testaceo no tenía precedentes, y por primera vez desde que alcanzaba la memoria ninguna pareja estéril los recogió para quedárselos y criarlos; hasta el último de ellos murió abandonado sin que nadie lo quisiera, La ciudad derramó lágrimas y llevó luto hasta el primero de mayo, y la situación se vio empeorada porque las estaciones estaban tan desfasadas con el calendario que las serpientes no despertarían hasta bastante más tarde. Así que, ¿quién sabría si la Buena Diosa había perdonado?

A Publio Clodio, el autor de toda aquella desgracia y pánico, se le marginó, ignoró y escupió. Sólo el tiempo curaría la crisis religiosa, pero la presencia de Publio Clodio era un perpetuo recordatorio, y no hizo lo que hubiera sido sensato, marcharse de la ciudad; Clodio decidió defenderse con cualquier argumento; alegó que era inocente y que nunca había estado allí.

También tardó en perdonarlo Fulvia, aunque lo hizo cuando hubo olvidado el gran sufrimiento que le supuso pasar por el aborto, pero sólo porque comprobó por sí misma que su esposo estaba tan lleno de dolor como ella misma. Entonces, ¿por qué lo había hecho?

– ¡No lo pensé, es que no lo pensé! -levantó la cabeza para mirar a Fulvia con ojos enrojecidos e hinchados-. Quiero decir, todo eso no es más que una tonta juerga de viejas: todas se ponen apestosamente borrachas y hacen el amor o se masturban o lo que sea… ¡Es que no lo pensé, Fulvia!

– Clodio, la Bona Dea no es así. ¡Es sagrada! No puedo decirte qué es exactamente, pues si lo hiciera me marchitaría y daría a luz serpientes para el resto de mi vida cada vez que lo hiciera, si es que pudiera hacerlo. ¡Bona Dea es para nosotras! Todos los otros dioses de mujeres lo son también de hombres, Juno Lucina, Juno Sospita y las demás, pero Bona Dea es sólo nuestra. Ella se ocupa de todas esas cosas de las mujeres que los hombres no pueden saber, o no quieren saber. Si no se va a dormir como es debido, tampoco puede despertarse como es debido. ¡Y Roma es algo más que hombres, Clodio! ¡Roma es también sus mujeres!

– Me juzgarán y me declararán culpable, ¿verdad?

– Eso parece, aunque ninguna de nosotras lo quiere así. Eso significa que los hombres se están metiendo donde no los llaman, están usurpando la divinidad de Bona Dea.

– Fulvia tiritaba de forma incontrolable-. No es un juicio a manos de los hombres lo que me aterra, Clodio, sino lo que te hará Bona Dea, y eso no puede comprarse con sobornos como se compra a un jurado.

– No hay dinero suficiente en toda Roma para comprar a este jurado.

Pero Fulvia se limitó a sonreír.

– Habrá suficiente dinero cuando llegue el momento. Nosotras, las mujeres, no queremos ese juicio. Quizás si puede evitarse, Bona Dea perdona. Lo que ella no perdonará es que el mundo de los hombres usurpe sus prerrogativas. Recién llegado después de su período como legado en Hispania, Publio Vatinio se puso a dar saltos de alegría ante la oportunidad de casarse con Pompeya.

– César, te estoy muy agradecido -le dijo sonriendo-. Naturalmente, tú no podías conservarla como esposa tuya, eso lo comprendo. Pero también sé que no me la ofrecerías a mí si creyeses que había tomado parte en el sacrilegio.

– Puede que Roma no sea tan comprensiva, Vatinio. Hay mucha gente que cree que la repudié porque estaba mezclada en el asunto de Clodio.

– A mí Roma no me importa, me importa tu palabra. ¡Mis hijos serán Antonios y Cornelios! Sólo dime cómo puedo pagártelo.

– Eso es bastante fácil, Vatinio -le dijo César-. El año que viene me iré a una provincia, y al año siguiente me presentaré para cónsul. Quiero que te presentes para el tribunato de la plebe en esas mismas elecciones.

– Suspiró-. Como Bíbulo se presentará el mismo año que yo, existen grandes posibilidades de que yo lo tenga por colega consular. El único noble que queda de cierta consideración ese año es Filipo, y creo que de momento el epicúreo que hay en él habrá vencido al político. No le ha gustado nada ser pretor. Los hombres que han sido pretores en años anteriores son patéticos. Por ello puede muy bien darse el caso de que yo necesite un buen tribuno de la plebe, si Bíbulo también tiene que ser cónsul. Y tú, Vatinio -terminó alegremente César-, serás un tribuno de la plebe extraordinariamente capaz.

– Un mosquito contra una pulga.

– Lo bueno de las pulgas es que crujen cuando uno las aplasta con la uña del pulgar -dijo César satisfecho-. Los mosquitos son criaturas mucho más elusivas.

– Dicen que Pompeyo está a punto de desembarcar en Brundisium.

– Eso dicen, es cierto.

– Y que busca tierras para sus soldados.

– En vano, te predigo yo.

– ¿No sería, quizás, mejor que yo me presentase a tribuno de la plebe el año próximo, César? Así podría conseguirle las tierras a Pompeyo, y él estaría en deuda contigo. Los únicos tribunos de la plebe que tiene este año son Aufidio Lurco y Cornelio Cornuto, ninguno de los cuales hará valer su opinión. Se dice que tendrá a Lucio Flavio al año siguiente, pero ése tampoco funcionará.

– Oh, no -dijo César suavemente-, no le hagamos las cosas demasiado fáciles a Pompeyo. Cuanto más tiempo espere, más sincera será su gratitud. Tú eres mi hombre corpus animusque, Vatinio, y yo quiero que nuestro héroe Magnus así lo entienda. Ha pasado mucho tiempo en el Este, ya está acostumbrado a sudar.

Los boni también estaban sudando, aunque ellos tenían un tribuno de la plebe que asumía entonces el cargo mucho más satisfactorio que Aufidio Lurco y Cornelio Cornuto. Se trataba de Quinto Fufio Caleno, que resultó valer más que los otros nueve juntos. Al principio de su año, no obstante, fue difícil apreciar tal cosa, debido a cierto desánimo de los boni.

– Tenemos que coger a César como sea -les dijo Cayo Pisón a Bíbulo, Catulo y Catón.

– Será muy difícil, teniendo en cuenta la Bona Dea -dijo Catulo al tiempo que sentía un estremecimiento-. Actuó en todo como debía, y Roma lo sabe. Repudió a Pompeya sin reclamarle la dote, y ese comentario acerca de que la que fuera esposa de César tenía que estar por encima de toda sospecha fue tan acertado que ya ha pasado a formar parte del saber popular en el Foro. ¡Una jugada realmente brillante! Dice que cree que ella es inocente, pero que el protocolo exige que se marche. Si tú tuvieras en casa una esposa, Pisón, o tú, Bíbulo, sabríais que no hay una mujer en toda Roma dispuesta a permitir que se critique a César. Hortensia me marea tanto hablándome de eso como Lutacia marea a Hortensio. Por qué lo hacen, no acabo de comprenderlo, pero las mujeres no quieren que a Clodio se le someta a un juicio público, y todas saben que César está de acuerdo con ellas. Las mujeres son una fuerza infravalorada en el orden de las cosas -terminó lúgubremente Catulo.