– Pronto tendré otra esposa en casa -dijo Bíbulo.
– ¿Quién?
– Otra Domicia. Catón me lo ha arreglado.
– Pues más bien parece que se lo estés arreglando tú a César -dijo con burla Cayo Pisón-. Yo que tú seguiría soltero. Y eso es lo que voy a hacer por mi parte.
A lo cual Catón no se dignó hacer ningún comentario, simplemente permaneció sentado con la barbilla apoyada en la mano y aspecto deprimido.
El año no había resultado ser un éxito para Catón, que se había visto obligado a aprender todavía otra lección más por el difícil camino: que agotar demasiado pronto la competencia que se tiene le deja a uno sin adversarios contra los cuales luchar y lucirse. Una vez que Metelo Nepote se marchó para ir a reunirse con Pompeyo el Grande, el período de Catón como tribuno de la plebe quedó reducido a la insignificancia. La única acción que emprendió después no gozó de popularidad, especialmente entre sus amigos boni más íntimos; cuando la nueva cosecha hizo que los precios del grano se pusieran por las nubes hasta llegar a alturas nunca alcanzadas, Catón legisló que se diera el grano al populacho a diez sestercios el modius… a costa de que el Tesoro pagase mucho más de mil talentos. Y César había votado a favor de aquello en la Cámara, donde Catón, con toda corrección, lo había propuesto primero. César hizo un discurso muy elegante en el que sugería que había habido un enorme cambio de corazón en Catón y le daba las gracias por ser tan previsor. Qué mortificante saber que hombres como César comprendían a la perfección que lo que él había propuesto era una cosa sensata y que se adelantaba a los acontecimientos, mientras que hombres como Cayo Pisón y Ahenobarbo se habían puesto a chillar como cerdos. ¡Incluso lo habían acusado de haberse convertido en un demagogo peor que Saturnino al mimar al proletariado!
– Tendremos que hacer que a César le embarguen por deudas -dijo Bíbulo.
– No podemos hacer eso con honor -dijo Catulo.
– Podemos, si nosotros no tenemos nada que ver en ello.
– ¡Sueñas despierto, Bíbulo! -le dijo Cayo Pisón-. La única manera de hacerlo es impedir que los pretores de este año tengan provincias, y cuando intentásemos prorrogar a los gobernadores actuales nos harían callar a gritos.
– Hay otra manera -dijo Bíbulo.
Catón levantó la barbilla de la mano.
– ¿Cómo?
– El sorteo para las provincias pretorianas se celebrará el día de año nuevo. He hablado con Fufio Caleno, y con mucho gusto vetará el sorteo basándose en que no puede decidirse nada oficial hasta que el tema del sacrilegio de la Bona Dea esté resuelto. Y, puesto que las mujeres no hacen más que machacar con que no se emprenda ninguna acción, y por lo menos la mitad del Senado es muy susceptible a las mujeres machaconas, eso significa que Fufio Caleno puede seguir vetando durante meses -añadió Bíbulo muy satisfecho-. Lo único que tenemos que hacer es susurrar al oído de unos cuantos prestamistas que los pretores de este año no llegarán a ir a provincias.
– Tengo que decir una cosa a favor de César -ladró Catón-, y es que él te ha aguzado el ingenio, Bíbulo. En los viejos tiempos no habrías logrado pensar así.
Bíbulo tuvo en la punta de la lengua una grosería para decírsela a Catón, pero no lo hizo; se limitó a sonreír débilmente a Catulo, un poco asqueado.
Catulo reaccionó de un modo más bien extraño.
– Estoy de acuerdo con el plan -dijo-, pero con una condición: que no se lo digamos a Metelo Escipión.
– ¿Y por qué no? -preguntó Catón perplejo.
– Porque yo no podría soportar la eterna letanía: ¡destruir a César por aquí, destruir a César por allá, pero nunca llegamos a hacerlo!
– Esta vez no podemos fallar -dijo Bíbulo-. Publio Clodio nunca irá a juicio.
– Eso significa que él también sufrirá. Acaba de ser elegido cuestor y nunca entrará en servicio si no se celebra el sorteo -dijo Cayo Pisón.
La guerra en el Senado para juzgar a Publio Clodio estalló justo después del fiasco del día de año nuevo en el templo de Júpiter Óptimo Máximo -muy mejorado por dentro desde el año anterior; Catulo se había tomado en serio la advertencia de César-. Quizás porque el asunto se había detenido, se decidió elegir nuevos censores; se restableció en el cargo a dos conservadores, Cayo Escribonio Curión y Cayo Casio Longino, lo cual prometía una gran cooperación por parte de los censores siempre que los tribunos de la plebe los dejasen en paz, cosa que no era un resultado inevitable estando como estaba en el cargo Fufio Caleno.
El cónsul senior era un Pisón Frugi adoptado en el seno de la rama de Pupio que procedía de la rama Calpurnio de la familia, y era uno de esos que tenían una esposa machacona. Motivo por el cual se opuso obstinadamente a que se le celebrase juicio alguno a Publio Clodio.
– El culto de la Bona Dea queda fuera de la jurisdicción del Estado -dijo llanamente-, y yo dudo que sea legal hacer algo más de lo que ya se ha hecho: el Colegio de los Pontífices se ha pronunciado y ha dicho que Publio Clodio cometió sacrilegio. Pero su crimen no está en los estatutos. Clodio no ofendió a una virgen vestal, ni intentó manipular a las personas ni a los ritos de ningún dios romano. Nada puede quitarle importancia a la barbaridad que cometió, pero yo soy uno de los que están de acuerdo con las mujeres de la ciudad: que la Bona Dea lo castigue merecidamente y a su manera cuando lo estime oportuno.
Declaración que no le sentó nada bien a su colega junior, Mesala Níger.
– ¡No descansaré hasta que se juzgue a Publio Clodio! -afirmó; y parecía decirlo en serio-. ¡Si no hay una ley en las tablillas, sugiero que redactemos una! ¡No basta con quejarse tristemente de que un hombre no puede ser juzgado porque nuestras leyes no tienen una casilla donde encaje su crimen! ¡Es muy fácil hacerle sitio a Publio Clodio, y yo propongo que así lo hagamos ahora!
Solamente Clodio, pensó César con ironía, era capaz de estar sentado en los bancos de atrás con cara de que aquel tema concerniera a todo el mundo menos a él, mientras la discusión iba subiendo de tono y Pisón Frugi estaba a punto de liarse a bofetadas con Mesala Níger.
En medio de lo cual Pompeyo el Grande se aposentó en el Campo de Marte después de licenciar a su ejército, porque el Senado no podía entrar a tratar sobre su triunfo hasta que el problema de la Bona Dea quedase resuelto. Su proyecto de ley para el divorcio lo había precedido en muchos días, aunque nadie había visto a Mucia Tercia. ¡Y el rumor decía que César era el culpable! Por lo cual a César le proporcionó un gran placer asistir a un contio en el Circus Flaminus, un lugar donde sí le estaba permitido hablar a Pompeyo. De una manera muy pobre, como se le oyó decir a Cicerón con aspereza.
A finales de enero Pisón Frugi empezó a echarse atrás cuando los nuevos censores entraron en la refriega y acordaron redactar una ley que permitiera el procesamiento de Publio Clodio por un nuevo tipo de sacrilegio.
– Eso es una completa farsa -dijo Pisón Frugi-, pero las farsas son muy apreciadas en el corazón de todos los romanos, así que supongo que es apropiada. ¡Todos vosotros sois tontos! Clodio saldrá libre, y eso lo deja en mejor posición que si continúa existiendo bajo una nube de incertidumbre.
Siendo un buen redactor legal, Pisón Frugi preparó en persona el proyecto de ley, que era severo si se consideraba desde el punto de vista de la pena: exilio de por vida y pérdida completa de todas las riquezas; pero también contenía una curiosa cláusula al efecto de que el pretor elegido para presidir el tribunal especial tenía que nombrar él mismo el jurado a dedo, lo cual significaba que el presidente del tribunal tenía el destino de Clodio en sus manos. Un pretor que estuviera a favor de Clodio supondría un jurado complaciente. Un pretor que estuviera a favor de que Clodio fuera declarado culpable, significaría el jurado más duro posible.
Aquello ponía a los boni entre la espada y la pared. Por una parte no querían en absoluto que se juzgase a Clodio, porque en el momento en que el proceso se pusiera en marcha podría hacerse el sorteo de las provincias pretorianas; y por otra parte no querían que Clodio fuera declarado culpable, porque Catulo pensaba que el asunto de la Bona Dea quedaba fuera de la incumbencia de los hombres y del Estado.