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– ¿Están algo preocupados los acreedores de César? -preguntó Catulo.

– Oh, sí -repuso Bíbulo-. Si logramos seguir vetando el proceso contra Clodio hasta marzo, parece que no podrá realizarse el sorteo. Y entonces ellos actuarán.

– ¿Podemos seguir haciéndolo un mes más?

– Fácilmente.

En las calendas de febrero, Décimo Junio Silano despertó de un sopor inquieto vomitando sangre. Habían pasado muchas lunas desde que pusiera la campanilla de bronce al lado de su cama, aunque la utilizaba tan raramente que siempre que lo hacía toda la casa se despertaba.

– Así es como murió Sila -le dijo con cansancio a Servilia.

– No, Silano -le animó ella en tono reconfortante-, esto no es más que una crisis. El estado de salud de Sila era mucho peor. Tú te pondrás bien. ¿Quién sabe? A lo mejor es que tu cuerpo se está purgando solo.

– Mi cuerpo se está desintegrando. Ahora estoy sangrando también por los intestinos, y pronto no me quedará sangre.

– Suspiró y trató de sonreír-. Por lo menos he logrado ser cónsul; mi casa tiene una imago consular más.

Quizás todos aquellos años de matrimonio contaban para algo; aunque no sentía pena, Servilia se conmovió lo suficiente para cogerle la mano a Silano.

– Fuiste un cónsul excelente, Silano.

– Eso creo. No fue un año fácil, pero sobreviví.

– Apretó los dedos de ella, cálidos y secos-. Es a ti a quien no he logrado sobrevivir, Servilia.

– Tú ya estabas enfermo antes de que nos casásemos. Silano se quedó callado; las larguísimas pestañas rubias se extendieron sobre sus mejillas. Qué guapo es, pensó su esposa, y cómo me gustó este hombre la primera vez que lo vi. Voy a quedarme viuda por segunda vez.

– ¿Está aquí Bruto? -preguntó Silano poco después al tiempo que levantaba los cansados párpados-. Me gustaría hablar con él.

– Y cuando Bruto llegó, Silano miró más allá de la oscura y triste cara del joven, miró a Servilia-. Sal afuera, querida, ve a buscar a las niñas y esperad. Bruto os llamará para que entréis.

¡Qué rabia le dio a Servilia que la hiciera marcharse! Pero se fue, y Silano se cercioró de que ella se había ido antes de volver la cabeza hacia el hijo de Servilia.

– Siéntate a los pies de la cama, Bruto.

Éste obedeció; tenía los ojos negros brillantes por las lágrimas a la parpadeante luz de la lámpara.

– ¿Es por mí por quien lloras? -le preguntó Silano.

– Sí.

– Llora por ti, hijo mío. Cuando yo no esté ella te será más difícil de manejar.

– No creo que eso sea posible, padre -dijo Bruto reprimiendo un sollozo.

– Se casará con César.

– Oh, sí.

– Quizás eso sea bueno para ella. El es el hombre más fuerte que he conocido.

– Pues habrá guerra entre ellos -dijo Bruto.

– ¿Y Julia? ¿Cómo os irá a vosotros dos si ellos se casan? -Más o menos igual que ahora. Nos las arreglamos.

Silano dio un débil tirón de la ropa de la cama y pareció encogerse.

– ¡Oh, Bruto, me ha llegado la hora! -exclamó-. Tantas cosas que tenía para decirte, y lo he dejado para cuando ya es demasiado tarde. Pero, ¿no es ésa la historia de mi vida?

Llorando, Bruto salió precipitadamente de la habitación a buscar a su madre y hermanas. Silano logró sonreírles; luego cerró los ojos y murió.

El funeral, aunque no se celebró a expensas del Estado, fue un acontecimiento de gran importancia que no careció de su lado estimulante: el amante de la viuda presidió las exequias del marido y pronunció un magnífico elogio desde la tribuna como si él en su vida hubiera conocido a la viuda, pero en cambio conociera al marido extraordinariamente bien.

– ¿Quién ha sido el responsable de que César pronuncie la oración fúnebre? -le preguntó Cicerón a Catulo.

– ¿Quién crees tú?

– ¡Pero ése es el lugar que le corresponde a Servilia!

– ¿Acaso a Servilia le corresponde lugar alguno?

– Es una lástima que Silano no tuviera hijos.

– Yo más bien diría que es una bendición.

Volvían caminando despacio de la tumba de Junio Silano, que se encontraba al sur de la ciudad, junto a la vía Apia.

– Catulo, ¿qué vamos a hacer respecto al sacrilegio de Clodio?

– ¿Qué le parece el asunto a tu esposa, Cicerón?

– Está destrozada. Nosotros, los hombres, nunca debimos meter la nariz en eso, pero ya que lo hemos hecho, creo que Publio Clodio debe ser condenado.

– Cicerón hizo un alto-. Debo decirte, Quinto Lutacio, que me encuentro en una situación extraordinariamente difícil y delicada.

Catulo se detuvo.

– ¿Tú, Cicerón? ¿Cómo?

– Terencia cree que tengo una aventura amorosa con Clodia.

Durante un momento Catulo no pudo hacer más que quedarse con la boca abierta; luego echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír hasta que algunos de los demás acompañantes del duelo los miraron con curiosidad. Tenían un aspecto completamente ridículo, los dos con la toga negra de luto con la delgada raya color púrpura de caballero en el hombro derecho, vestidos de forma oficial para un entierro; pero uno de ellos aullaba de risa, y el otro estaba de pie, presa evidentemente de una furiosa indignación.

– ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? -se arriesgó a preguntar Cicerón.

– ¡Tú! ¡Y Terencia! -jadeó Catulo mientras se limpiaba las lágrimas-. Cicerón, ella no… tú… ¿Clodia? -Te hago saber que Clodia lleva ya algún tiempo mirándome con ojos de cordero -dijo Cicerón muy tieso.

– Esa señora es más difícil de penetrar que Nola -dijo Catulo echando a andar de nuevo-. ¿Por qué te crees que la aguanta Celer? ¡Él sabe cómo se las gasta esa mujer! Hace arrumacos y risitas y agita las pestañas, convierte en un completo tonto a algún pobre hombre, y luego se retira detrás de sus murallas y echa el cerrojo a las puertas. Dile a Terencia que no sea tan tonta. Lo más probable es que Clodia se esté divirtiendo a tu costa.

– ¿Por qué no se lo dices tú?

– Gracias, Cicerón, pero no. Haz el trabajo sucio tú mismo. Yo ya tengo bastante con vérmelas con Hortensia, no necesito cruzar espadas con Terencia.

– Ni yo tampoco -dijo Cicerón con tristeza-. Celer me escribió, ¿sabes? Bueno, ¡me ha estado escribiendo desde que se fue a gobernar la Galia Cisalpina!

– ¿Y te ha acusado de ser el amante de Clodia? -quiso saber Catulo.

– ¡No, no! Quiere que yo ayude a Pompeyo a conseguir tierras para sus hombres. Es muy difícil.

– ¡Será si tú te alistas en esa causa, amigo mío! -le dijo Catulo con aire funesto-. ¡Puedo decirte ahora mismo que Pompeyo tendrá que pasar por encima de mi cadáver si quiere conseguir tierras para sus hombres!

– Sabía que dirías eso.

– Entonces, ¿por qué divagas?

Cicerón extendió los brazos e hizo rechinar los dientes.

– ¡Yo no tengo por costumbre divagar! Pero, ¿no sabe Celer que toda Roma está hablando de Clodia y de ese nuevo poeta, ese individuo llamado Catulo?

– Bueno -dijo Catulo en tono de consuelo-, si toda Roma está hablando de Clodia y cierto poeta, entonces no se puede tomar muy en serio lo vuestro, ¿no es cierto? Dile eso a Terencia.

– ¡Grrr! -gruñó Cicerón; y entonces decidió seguir caminando en silencio.

De forma muy apropiada, Servilia dejó pasar algunos días después de la muerte de Silano antes de enviarle a César una nota en la que le decía que deseaba verse con él… en las habitaciones del Vicus Patricii.

El César que fue a reunirse con ella no era el César de siempre; si el hecho de saber que aquélla, probablemente, sería una confrontación problemática no hubiera sido suficiente para causar ese cambio, el saber que sus acreedores de pronto le estaban apremiando sí habría bastado. Se había corrido la voz por todo el Clivus Argentarius de que aquel año no habría provincias pretorianas, lo que convertía a César, de ser cierto el rumor, en una pérdida irrecuperable para los acreedores. Era cosa de Catulo, Catón, Bíbulo y el resto de los boni, desde luego. A fin de cuentas habían encontrado un modo de negarles las provincias a los pretores, y Fufio Caleno era un tribuno de la plebe muy bueno. Y por si aún quedara algo que pudiese agravar las cosas, la situación económica las empeoraba; cuando alguien tan conservador como Catón veía la necesidad de bajar el precio del grano hasta una miseria, es porque Roma se encontraba en verdaderos apuros económicos. La suerte, ¿qué había sido de repente de la suerte de César? ¿O era que simplemente la diosa Fortuna lo estaba poniendo a prueba?