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– Los mantengo a raya.

– En los círculos financieros se dice que los pretores de este año nunca irán a provincias gracias a Clodio.

– Sí. Pero no gracias al idiota de Clodio. Gracias a Catón, a Catulo y al resto de la facción de los boni.

– Tú les has agudizado el ingenio.

– No temas, conseguiré mi provincia -le dijo César con serenidad-. La diosa Fortuna no me ha abandonado todavía.

– Te creo, César. Por eso ahora te voy a decir algo que nunca le he dicho a nadie. Otros hombres tienen que pedírmelo, pero si te encuentras con que no puedes quitarte de encima a tus acreedores antes de que se te presente esa provincia, acude a mí en busca de ayuda, por favor. Si lo hicieras yo estaría apostando mi dinero a un ganador seguro.

– ¿Sin cobrarme intereses? ¡Venga, venga, Marco! ¿Cómo iba yo a devolverte el favor si tú eres lo bastante poderoso para obtener tus propios favores sin ayuda?

– De modo que eres demasiado terco para pedírmelo.

– Eso es.

– Me doy cuenta de lo estirado que es el cuello de un Julio. Por eso te lo he ofrecido yo, incluso he dicho «por favor». Otros hombres se ponen de rodillas para pedírmelo a mí. Pero tú antes te atravesarías con la espada, y eso sería una lástima. No volveré a hablarte de ello, pero recuérdalo. No me lo estarás pidiendo, porque yo me he ofrecido y te he pedido por favor que me lo aceptes. Hay una diferencia.

A finales de febrero, Pisón Frugi convocó la Asamblea Popular y puso a votación su proyecto de ley que serviría para procesar a Clodio. Con desastrosas consecuencias. El joven Curión habló desde el suelo del Foso de los Comicios con tal eficacia que toda la concurrencia lo aclamó. Luego se erigieron los puentes de la votación y las pasarelas, pero sólo para que arremetieran contra ellos varias docenas de ardientes jóvenes miembros del club de Clodio guiados por Marco Antonio. Se apoderaron de los puentes y desafiaron a los lictores y a los funcionarios de la Asamblea con tanto valor que aquello amenazaba con convenirse en una batalla campal en toda regla. Fue Catón quien tomó las cosas en sus propias manos: subió a la tribuna e insultó a Pisón Frugi por celebrar una reunión con tal desorden. Hortensio habló en apoyo de Catón; en vista de lo cual el cónsul senior disolvió la Asamblea y, en su lugar, convocó al Senado a sesión.

En el interior de la abarrotada Curia Hostilia -todos los senadores se habían presentado para votar-, Quinto Hortensio propuso una medida de solución intermedia.

– Desde los censores hasta el cónsul junior, para mí está claro que hay un significativo segmento en esta Cámara que está decidido a llevar a toda prisa a Publio Clodio ante un tribunal para que responda por lo que hizo en la celebración de la Bona Dea -dijo Hortensio en el tono más razonable y suave que fue capaz-. Por ello todos aquellos padres conscriptos que no estén a favor de un juicio para Publio Clodio deberían pensarlo de nuevo. Estamos a punto de acabar el segundo mes sin que seamos capaces de llevar adelante los asuntos con normalidad, lo cual es la mejor manera de que el gobierno se nos venga abajo de una forma estrepitosa. Y todo a causa de un simple cuestor y su banda de jóvenes gamberros! ¡No podemos permitir que esto continúe! No hay nada en la ley de nuestro instruido cónsul senior que no pueda adaptarse para que convenga a todos los gustos. De manera que, si esta Cámara me lo permite, me tomaré los próximos días para volver a redactarla en compañía de los dos hombres que más se oponen a la forma que tiene actualmente: nuestro cónsul junior Marco Valerio Mesala Níger y el tribuno de la plebe Quinto Fufio Caleno. La próxima sesión de comicios es el cuarto día antes de las nonas de marzo. Sugiero que Quinto Fufio presente el nuevo proyecto de ley al pueblo como una lex Fufia. Y que esta Cámara acompañe el proyecto de ley con una severa orden para el pueblo: ¡Que se ponga a votación, y sin tonterías!

– ¡Yo me opongo! -gritó Pisón Frugi, con el rostro blanco a causa de la ira.

– ¡Oh, oh, oh, yo también! -se oyó en forma de agudo alarido procedente de la grada del fondo; y hacia abajo fue rodando Clodio para ir a caer de rodillas en mitad del suelo de la Curia Hostilia, con las manos juntas delante en actitud de súplica, servil y aullante. Tan extraordinaria fue aquella actuación que el Senado entero, que estaba lleno hasta los topes, quedó estupefacto de asombro. ¿Lo estaría haciendo en serio? ¿Estaría actuando? ¿Eran aquellas lágrimas de risa o de pena? Nadie lo sabía.

Mesala Níger, que tenía las fasces durante el mes de febrero, hizo señas a sus lictores.

– Sacad de aquí a esta criatura -dijo tajante.

Sacaron a Publio Clodio en volandas y pataleante y lo depositaron en el pórtico del Senado; lo que le pasó después fue un misterio, pues los lictores le cerraron la puerta en las narices y lo dejaron allí chillando.

– Quinto Hortensio -dijo Mesala Níger-, yo añadiría una cosa a tu propuesta. Que cuando el pueblo se reúna el cuarto día antes de las nonas de marzo para votar, llamemos a la milicia. Ahora quiero celebrar una votación para que se pronuncien los senadores.

Había cuatrocientos quince senadores en la Cámara. Cuatrocientos votaron a favor de la propuesta de Hortensio; entre los quince que votaron en contra se encontraban Pisón Frugi y César.

La Asamblea Popular captó bien la indirecta, y aprobó el proyecto de la lex Fufa, lo que lo convertía en ley, durante una reunión que se distinguió por la calma… y por el número de soldados de la milicia distribuida alrededor del Foro inferior.

– Bien -dijo Cayo Pisón cuando la reunión se disolvía-, entre Hortensio, Fufio Caleno y Mesala Níger, Clodio no habría de tener muchos problemas para salir absuelto.

– Ciertamente, le han quitado todo el hierro al proyecto de ley original -dijo Catulo, no sin satisfacción.

– ¿Te fijaste en lo agobiado por la preocupación que parecía estar César? -preguntó Bíbulo.

– Los acreedores lo están apremiando sin compasión -apuntó Catón con júbilo-. Me he enterado por un corredor de bolsa en la basílica Porcia de que los alguaciles aporrean cada día la puerta de la domus publica, y que nuestro pontífice máximo no puede ir a ninguna parte sin que ellos le vayan detrás. ¡Ya lo tenemos!

– De momento sigue siendo un hombre libre -dijo Cayo Pisón, menos optimista.

– Sí, pero ahora tenemos unos censores peor dispuestos hacia César que su tío Lucio Cotta -recordó Bíbulo-. Ellos se dan cuenta de lo que está pasando, pero no pueden actuar hasta que no tengan pruebas ante la ley. Y eso no ocurrirá hasta que los acreedores de César desfilen hasta el tribunal del pretor urbano y exijan el pago de las deudas. Y eso no puede tardar mucho.

Y no tardó; a menos que las provincias pretorianas salieran a sorteo y se asignasen en los próximos días, César, en las nonas de marzo, vería su carrera arruinada. No le dijo ni una palabra de esto a su madre, y asumía una expresión tan severa siempre que ella se encontraba cerca de él que la pobre Aurelia no se atrevía a decirle nada que no tuviera que ver con las vírgenes vestales, con Julia o con la domus publica. ¡Qué delgado se estaba quedando su hijo! Perdía cada vez más peso, aquellos pómulos angulosos sobresalían afilados como cuchillos y la piel del cuello le colgaba cómo la de un viejo. Día tras día la madre de César iba al recinto de Bona Dea para darle leche de verdad a cualquier serpiente insomne que hubiera por allí, quitaba las malas hierbas del jardín, dejaba ofrendas de huevos en la escalera que llevaba a la puerta del templo cerrado de Bona Dea. ¡Mi hijo no! ¡Por favor, Diosa Buena, mi hijo no! ¡Yo soy tuya, llévame a mí! ¡Bona Dea, Bona Dea, sé buena con mi hijo! ¡Sé buena con mi hijo!

El sorteo se llevó a cabo.

A Publio Clodio le cayó en suerte el destino de cuestor en Lilibeo, al oeste de Sicilia, pero no podía abandonar Roma para hacerse cargo de sus obligaciones en aquel puesto hasta que hubiera sido sometido a juicio.