– Entonces me voy por donde tú has venido. Cruzaré el pomerium esta noche y asumiré mi imperium. Una vez que yo tenga imperium nadie puede tocarme.
– Dame autorización para que yo retire tu estipendio mañana a primera hora y te lo llevaré al Campo de Marte. Sería mejor que lo invirtieras aquí, pero, ¿quién sabe qué será lo siguiente que se les ocurra a los boni? Desde luego, están a la que salta con tal de cogerte, César.
– Me doy buena cuenta de ello.
– No creo que puedas pagarles a esos desgraciados algo a cuenta, ¿verdad? -dijo Pisón volviendo a fruncir el entrecejo.
– Iré a ver a Marco Craso cuando salga de aquí esta noche.
– ¿Quieres decir que puedes acudir a Marco Craso? -preguntó Lucio Pisón con incredulidad-. Si puedes hacerlo, ¿por qué no lo has hecho hace meses… hace años?
– Es amigo mío, no podía pedírselo.
– Sí, lo comprendo, pero yo no sería tan estirado si se tratase de mí. Pero claro, yo no soy un Julio. Se hace muy duro para un Julio estar en deuda con alguien, ¿no?
– Así es. Sin embargo, él me lo ofreció, y eso me lo pone más fácil.
– Pon esa autorización por escrito, César. No puedes llamar para que me traigan comida aquí, y estoy hambriento. Así que me voy a casa. Además, Rutilia estará preocupada.
– Si tienes hambre, Pisón, puedo darte algo de comer -le dijo César, que ya se había puesto a escribir-. Mis criados son de toda confianza.
– No, tienes mucho que hacer. César terminó de escribir la carta, la enrolló, la cerró con cera derretida caliente y la selló con el anillo.
– No tienes necesidad de saltar por encima del muro, si quieres puedes hacer una salida más digna. Las vestales están en sus aposentos, puedes salir por la puerta lateral.
– No, no puedo -rehusó Pisón-. He dejado la toga de mi lictor ahí al lado. Puedes ayudarme a subir al muro.
– Estoy en deuda contigo, Lucio -le dijo César cuando entraron en el jardín-. Puedes estar seguro de que no olvidaré esto.
Julia se había acostado, así que César tenía que hacer una dolorosa despedida menos. Sólo con su madre ya lo tenía bastante difícil.
– Debemos estarle agradecidos a Lucio Pisón -dijo ella-. Mi tío Publio Rutilio estaría muy contento, si viviera.
– Así sería. Pobre viejo.
– Tendrás que trabajar mucho en Hispania para poder salir de deudas, César.
– Sé cómo hacerlo, mater, así que no te preocupes. Y mientras tanto, estarás a salvo por si a tipos abominables como Bíbulo les da por intentar aprobar una ley u otra que permita a los acreedores cobrar de los familiares de un hombre. Voy a ver a Marco Craso esta noche.
Aurelia se quedó mirándolo.
– Creí que no lo harías.
– El me lo ha ofrecido.
«¡Oh, Bona Dea, Bona Dea, gracias! Tus serpientes tendrán huevos y leche todo el año», pensó Servilia. Pero en voz alta lo único que dijo fue:
– Entonces es un verdadero amigo.
– Mamerco hará las funciones de pontífice máximo. Vigila a Fabia y asegúrate de que el pequeño mirlo no se convierta en Catón. Burgundo sabe lo que tiene que poner en mi equipaje. Estaré en la villa alquilada de Pompeyo, no le importará tener un poco de compañía ahora que no tiene nada que hacer.
– ¿Así que no fuiste tú el que tuvo un lío con Mucia Tercia?
– ¡Mater! ¿Cuántas veces he estado yo en Picenum? Busca a un picentino y estarás cerca del objetivo.
– ¿Tito Labieno? ¡Oh, dioses!
– ¡Qué lista eres! -César le cogió la cara entre las manos y la besó en la boca-. Cuídate, por favor.
Trepó por el muro con más ligereza que Lucio Pisón y que Publio Clodio; Aurelia permaneció de pie durante bastante rato contemplándolo, luego dio media vuelta y entró. Hacía frío.
Frío hacía, pero Marco Licinio Craso estaba exactamente en el lugar donde César pensaba que estaría: en sus oficinas detrás del Macellum Cuppedenis, trabajando diligentemente a la luz de tan pocas lámparas como le permitían sus ojos de cincuenta y cuatro años; llevaba una bufanda alrededor del cuello y un chal echado por los hombros.
– Te mereces cada sestercio que ganas -dijo César al entrar en la amplia habitación con tanto sigilo que Craso dio un salto al oírlo hablar.
– ¿Cómo has entrado?
– Exactamente la misma pregunta le he hecho yo a Lucio Pisón hace un rato. El había trepado por el muro de mi peristilo. Yo he forzado la cerradura.
– ¿Que Lucio Pisón ha trepado por el muro de tu peristilo?
– Sí, para poder darles esquinazo a los alguaciles que rodean mi casa por todas partes. Todos aquellos acreedores que no me fueron recomendados ni por ti ni por mi amigo gaditano Balbo se han presentado hoy en el tribunal de Pisón y han solicitado que se embargase mi estipendio.
Craso se recostó en la silla y se frotó los ojos.
– Tienes una suerte verdaderamente fenomenal, Cayo. Te corresponde en el sorteo la provincia que querías, y tus acreedores más sospechosos van a presentarle esa demanda precisamente a tu primo. ¿Cuánto quieres?
– Sinceramente, no lo sé.
– ¡Tienes que saberlo!
– Esa fue la única pregunta que olvidé hacerle a Pisón.
– ¡Vaya, qué típico de ti! Si fueras cualquier otro, te echaría al Tíber pensando que eras la peor apuesta del mundo. Pero en cierto modo noto en mis huesos que tú vas a ser más rico que Pompeyo. No importa desde qué altura caigas, siempre aterrizas de pie.
– Deben de ser más de cinco millones, porque han pedido la cantidad entera del estipendio.
– Veinte millones -dijo Craso al instante.
– Explícate.
– Un cuarto de veinte millones les proporcionaría unas ganancias que merecerían la pena, puesto que tú estás sometido a interés compuesto desde hace por lo menos tres años. Probablemente pediste prestado tres millones en total.
– ¡Tú y yo, Marco, nos hemos equivocado de profesión! -le dijo César echándose a reír-. Nosotros tenemos que recorrer medio mundo, hacer ondear nuestras águilas y espadas ante bárbaros salvajes, exprimir a los plutócratas autóctonos con más fuerza que un niño estruja a un cachorrito, hacernos completamente odiosos a las personas que deberían estar prosperando debajo de nosotros, y luego responder ante el pueblo, el Senado y el Tesoro en el momento en que llegamos a casa. Y todo ese tiempo podríamos estar ganando más dinero aquí, en Roma.
– Yo gano muchísimo en Roma -dijo Craso.
– Pero tú no prestas dinero con intereses.
– ¡Yo soy un Licinio Craso!
– Precisamente.
– Veo que estás vestido para un viaje. ¿Significa eso que te marchas?
– Hasta el Campo de Marte. Una vez que asuma mi imperium mis acreedores no podrán hacer nada. Pisón cobrará mi estipendio mañana por la mañana y me lo llevará.
– ¿Cuándo verá a tus acreedores de nuevo?
– Pasado mañana a mediodía.
– Muy bien. Yo estaré en el tribunal cuando lleguen los prestamistas. Y no sufras demasiado, César. Muy poco dinero mío se llevarán esos tipos consigo, si es que se llevan algo. Seré fiador de cualquier cantidad que Pisón estipule. Con Craso respaldándote, no les quedará más remedio que esperar.
– Entonces te dejo en paz. Te estoy muy agradecido.
– No le des importancia. Puede que algún día yo te necesite a ti con la misma desesperación.
– Craso se levantó, cogió una lámpara y acompañó a César toda la escalera abajo hasta la puerta-. ¿Cómo has podido ver para subir? -le preguntó.
– Siempre hay algo de luz, incluso en la escalera más oscura.
– Pues eso me lo pone más difícil.
– ¿Qué?
– Pues, verás -dijo el imperturbable-, yo había pensado erigirte una estatua en un lugar muy público el día que seas elegido cónsul por segunda vez. Iba a encargarle al escultor que hiciera una bestia con parte de león, parte de lobo, parte de anguila, parte de comadreja y parte de ave fénix. Pero entre que aterrizas de pie, que puedes ver en la oscuridad y que vagas como un gato en celo por Roma, tendré que hacer que pinten toda la estatua a rayas, como un tigre.