Como nadie tenía un establo dentro de las murallas Servias, César salió de Roma a pie, aunque no siguió ninguna ruta que a ningún avispado usurero se le ocurriera vigilar. Ascendió por el Vicus Patricii hasta el Vicus Malum Punicum, giró por el Vicus Longus y salió de la ciudad por la puerta Colline. Desde allí atajó por la cima Pincia, donde una colección de animales salvajes divertían a los niños cuando hacía buen tiempo, de modo que llegó a la morada temporal de Pompeyo desde arriba. Esta, desde luego, tenía establos debajo; en lugar de despertar al soldado, se hizo una cama con paja limpia y se tumbó allí, aunque permaneció completamente despierto hasta que salió el sol.
Cada vez que salía para las provincias tenía que hacerlo de un modo poco ortodoxo, reflexionó con una ligera sonrisa. La última vez había ido a Hispania Ulterior envuelto en una bruma de dolor por la pérdida de tía Julia y de Cinnilla, y esta vez se iba a la Hispania Ulterior como un fugitivo. Un fugitivo con imperium proconsular, nada menos. Ya lo tenía todo planeado en la cabeza: Publio Vatinio había resultado ser un eficiente buscador de información, y Lucio Cornelio Balbo el Viejo lo estaba esperando en Gades.
Balbo se aburría, según le había dicho a César en una carta. Al contrario que Craso, no se sentía realizado ganando dinero sólo como un fin; Balbo ansiaba algún nuevo desafío ahora que él y su sobrino eran los dos hombres más ricos de Hispania. ¡Que se ocupase Balbo el Joven del negocio! Balbo el Viejo era aficionado a estudiar logística militar. Así que César había nombrado a Balbo praefectus fabrum, elección que había sorprendido a algunos en el Senado, aunque no a aquellos que conocían a Balbo el Viejo. Aquella persona nombrada era, por lo menos a los ojos de César, mucho más importante que un legado senior -él no había pedido ningún legado-, pues el praefectus fabrum era el ayudante de más confianza de un jefe militar, responsable del material y del abastecimiento del ejército.
Había dos legiones en la provincia ulterior, ambas formadas por veteranos romanos que habían preferido no volver a casa cuando por fin terminó la guerra contra Sertorio. Ahora rondarían los treinta y tantos años de edad, y estaban muy ansiosos de comenzar una buena campaña. Sin embargo, dos legiones no le bastarían en modo alguno; la primera cosa que César tenía intención de hacer cuando llegase a su dominio era alistar una legión completa con las tropas hispánicas auxiliares que habían luchado con Sertorio. Una vez que hubieran visto cómo se las gastaba César, lucharían por él del mismo buen grado que habían luchado por Sertorio. Y entonces sólo sería cosa de adentrarse en territorio inexplorado. Al fin y al cabo, era ridículo pensar que Roma consideraba suya toda la península Ibérica cuando aún no había subyugado una buena tercera parte de la misma. Pero César lo haría.
Cuando César apareció en lo alto de la escalera que bajaba desde los establos, se encontró con que Pompeyo el Grande estaba sentado en la logia admirando el paisaje del otro lado del Tíber, en dirección hacia la colina Vaticana y el Janículo.
– ¡Bien, bien! -exclamó Pompeyo al tiempo que se ponía en pie de un salto y le estrechaba la mano al inesperado visitante-. ¿Dando un paseo a caballo?
– No. He salido caminando de la ciudad, y demasiado tarde para molestar despertándote, así que me he hecho una cama de paja. Es posible que tenga que pedirte prestados un par de caballos cuando me vaya, pero sólo hasta que llegue a Ostia. ¿Puedes darme alojamiento por unos días, Magnus?
– Encantado de hacerlo, César.
– Entonces, ¿tú no crees que yo sedujera a Mucia?
– Ya sé quién hizo ese trabajo -le confió Pompeyo con aire lúgubre-. ¡Labieno, el muy ingrato! ¡Que se vaya a paseo! -Le indicó con la mano una cómoda silla a César-. ¿Es por eso por lo que no has venido a verme? ¿O porque no me dijiste más que ave en el Circus Flaminius?
– ¡Magnus, yo soy un simple ex pretor! Tú eres el héroe del siglo, uno no puede acercarse más que los consulares, y para eso lo hacen de cuatro en cuatro.
– Sí, pero por lo menos yo puedo hablar contigo, César. Tú eres un verdadero soldado, no un comandante de salón. Cuando llegue el momento, sabrás morir con el rostro cubierto y las botas puestas. La muerte no encontrará en ti nada que dejar al descubierto que no sea hermoso.
– Homero. ¡Qué bien dicho, Magnus!
– He leído mucho en el Este, y le he cogido mucha afición. Fíjate, tenía conmigo a Teófanes, de Mitilene.
– Un gran erudito.
– Sí, eso para mí era más importante que el hecho de que sea más rico que Creso. Me lo llevé a Lesbos conmigo, lo hice ciudadano romano en el ágora de Mitilene delante de todo el pueblo. Luego, en su nombre, liberé a Mitilene de pagar tributos a Roma. Aquello les cayó muy bien a los lugareños.
– Como debe ser. Creo que Teófanes es pariente cercano de Lucia Balbo, de Gades.
– Sus madres eran hermanas. ¿Conoces a Balbo?
– Muy bien. Nos conocimos cuando yo era cuestor en Hispania Ulterior.
– Me sirvió como explorador cuando estuve luchando contra Sertorio. Yo le concedí a él la ciudadanía y también a su sobrino, pero había tantos a quienes dársela que los repartí entre mis legados para que el Senado no pensase que yo estaba concediéndole la ciudadanía a la mitad de los hispanos. Balbo el Viejo y Balbo el Joven le tocaron a un Cornelio… Léntulo, creo, aunque no al que ahora llaman Spinther.
– Se echó a reír gozosamente-. ¡Me encantan los apodos inteligentes! ¡Es curioso que a uno lo apoden por el nombre de un actor famoso por representar papeles secundarios! Eso dice lo que el mundo opina de un hombre, ¿no es así?
– Así es. He nombrado a Balbo el Viejo mi praefectus fabrum.
Los vivos ojos azules de Pompeyo chispearon.
– ¡Muy astuto de tu parte!
César miró a Pompeyo de arriba abajo con descaro.
– Pareces estar muy en forma para ser un viejo, Magnus -le dijo con una sonrisa.
– Cuarenta y cuatro -dijo Pompeyo mientras se golpeaba el vientre liso, muy complacido.
Desde luego, daba la impresión de estar en muy buena forma. El sol del Este había hecho que casi se le juntasen las pecas unas con otras y había intentado aclararle la mata de pelo de vivo color dorado: tan espeso como siempre, notó César con tristeza.
– Tendrás que darme una relación detallada de todo cuanto ha ocurrido en Roma en mi ausencia.
– Creí que tus oídos se habrían quedado sordos de tanto oír esa clase de noticias.
– ¿Cómo, crees que yo iba a dejar que me las contasen charlatanes engreídos como Cicerón?
– Creía que erais buenos amigos.
– Un hombre metido en política no tiene verdaderos amigos -le dijo deliberadamente el Gran Hombre-. Cultiva sólo lo que le resulta conveniente.
– Absolutamente cierto -convino César riendo entre dientes-. Habrás oído por ahí lo que le hice a Cicerón con Rabirio, naturalmente.
– Me alegro de que le clavases el cuchillo. ¡De otro modo estaría parloteando de cómo hacer desaparecer a Catilina es más importante que conquistar el Este! Fíjate, Cicerón tiene sus aspectos útiles. Pero parece que siempre piense que todos los demás tienen el mismo tiempo que él para escribir cartas de mil páginas. Me escribió el año pasado, y logré contestarle con unas cuantas líneas de mi puño y letra. ¿Y qué hace él? ¡Se ofende y me acusa de que lo trato con frialdad! Debería salir a gobernar una provincia, y así aprendería lo que es ser un hombre ocupado. En cambio se tumba cómodamente en su canapé, en Roma, y nos da consejos a los militares sobre cómo llevar nuestros asuntos. Al fin y al cabo, César, ¿qué hizo él? Soltó unos cuantos discursos en el Senado y en el Foro y envió a Marco Petreyo para que aplastase a Catilina.