– Lo has expresado muy sucintamente, Magnus.
– Bueno, ahora que ya han decidido qué hacer con Clodio deberían darme fecha a mí para mi triunfo. Por lo menos esta vez he hecho lo que es inteligente y he licenciado a mi ejército en Brundisium. No pueden decir que estoy en el Campo de Marte intentando hacerles chantaje.
– No cuentes con que te den fecha para tu triunfo.
Pompeyo se irguió en su asiento.
– ¿Qué?
– Los boni están trabajando en contra tuya, han estado haciéndolo desde que se enteraron de que volvías a casa. Piensan negártelo todo: la ratificación de los acuerdos que concertaste en el Este, las concesiones de ciudadanía que hiciste, la tierra que pides para tus veteranos; y sospecho que una de las tácticas que emplearán será tenerte fuera del pomerium el mayor tiempo posible. Una vez que puedas ocupar tu asiento en la Cámara estarás en situación de contrarrestar sus jugadas con más efectividad. Tienen un brillante tribuno de la plebe en la persona de Fufio Caleno, y creo que él está dispuesto a vetar cualquier propuesta que pueda agradarte.
– ¡Oh, dioses, no pueden hacer eso! Oh, César, ¿qué es lo que les pasa? Yo he incrementado los tributos de Roma que proceden de las provincias del Este. ¡He convertido dos en cuatro! ¡De ocho mil talentos al año a catorce mil! ¿Y sabes cuál es la parte del botín que se lleva el Tesoro? ¡Veinte mil talentos! ¡Mi desfile triunfal tardará dos días en pasar, ya que el botín que he traído es muy grande y son muchas las campañas que tengo para enseñar sobre espectaculares carrozas! ¡Con este triunfo de Asia habré celebrado triunfos en tres continentes enteros, y nadie ha hecho eso antes! Hay docenas de ciudades que llevan mi nombre o el de mis victorias… ¡ciudades que yo he fundado! ¡Tengo reyes entre mi clientela!
Con los ojos bañados de lágrimas, Pompeyo se inclinó hacia adelante en la silla hasta que las lágrimas le empezaron a caer, incapaz de creer que todo lo que había logrado no se le fuera a reconocer.
– ¡No pido que me hagan rey de Roma! -dijo mientras se limpiaba las lágrimas con gesto impaciente-. ¡Lo que pido es una meada de perro en comparación con lo que doy!
– Sí, estoy de acuerdo -convino César-. El problema es que todos saben que ellos no podrían hacerlo, pero odian conceder méritos cuando realmente existen.
– Y además, soy picentino.
– Eso también.
– Entonces, ¿qué es lo que quieren?
– Como poco, Magnus, tus pelotas -dijo César con suavidad.
– Para ponerlas donde ellos no tienen las propias.
– Exactamente.
Aquel hombre no se parecía en nada a Cicerón, pensó César mientras observaba cómo la rubicunda cara de Pompeyo se endurecía y se ponía seria. Aquél era un hombre que podía aplastar a los boni hasta hacerlos papilla de un solo zarpazo. Pero no lo haría. Y no porque le faltaran cojones para hacerlo. Una y otra vez le había demostrado a Roma que él se atrevería… a casi todo. Pero en algún lugar secreto, en un rincón de su persona, acechaba cierta conciencia, no reconocida por él, de que no era del todo romano. Todas aquellas alianzas con parientes de Sila significaban mucho, como el patente placer con que él alardeaba de ello. No, no se parecía en nada a Cicerón. Pero sí que tenían cosas en común. Y yo, que soy Roma, ¿qué haría yo si los boni me empujasen con tanta fuerza como van a empujar a Pompeyo Magnus? ¿Sería yo Sila o sería Magnus? ¿Qué me detendría a mí? ¿Habría algo que pudiera detenerme?
En los idus de marzo, César por fin partió para Hispania Ulterior. Reducido a unas cuantas palabras y cifras en una sola hoja de papel, Lucio Pisón en persona le llevó su estipendio, y se quedó a continuación haciéndole una alegre visita a Pompeyo, a quien César le hizo comprender con mucho esmero que Lucio Pisón era una persona cuya amistad bien merecía la pena cultivar. El fiel Burgundo, canoso ya, le llevó a César las pocas pertenencias que necesitaba: una buena espada, una buena armadura, buenas botas, un buen equipo para el tiempo lluvioso, buen equipo para la nieve y buen equipo para cabalgar. Dos hijos de su viejo caballo de guerra Toes, cada uno de los cuales tenía dedos de los pies en lugar de cascos sin herradura. Afiladeras, navajas de afeitar, cuchillos, herramientas, un sombrero que le diera sombra como el de Sila, para el sol del Sur de Hispania. No, no mucho, en realidad. En tres cofres de tamaño mediano cabía todo. Habría lujos suficientes en las residencias del gobernador en Castulo y en Gades.
Así pues, con Burgundo, algunos valiosos criados y escribas, Fabio y otros once lictores ataviados con túnicas de color carmesí y portando las hachas en sus fasces, y además con el príncipe Masintha camuflado dentro de una litera, Cayo Julio César navegó desde Ostia en un buque alquilado lo bastante grande como para dar cabida al equipaje, las mulas y los caballos que su séquito necesitaba. Pero esta vez no tendría ningún encuentro con piratas. Pompeyo el Grande los había barrido de los mares.
Pompeyo el Grande… César se apoyó en la barandilla de popa, que quedaba entre los dos enormes remos de timón, y contempló la costa de Italia que se iba deslizando por el horizonte mientras el espíritu se le elevaba y la mente, poco a poco, iba a parar a su tierra y a su gente. Pompeyo el Grande. El tiempo que había pasado con él había resultado útil y fructífero; su simpatía hacia aquel hombre crecía con los años, de eso no cabía la menor duda. ¿O era Pompeyo el que había crecido?
No, César, no seas poco generoso. El no se merece que le escatimen nada. No importa cuán mortificante pueda resultar ver a un Pompeyo conquistar a lo ancho y a lo largo, el hecho es que Pompeyo ha conquistado a lo ancho y a lo largo. Dale al hombre lo que se le debe, admite que quizás seas tú quien ha crecido. Pero el problema de crecer es que uno deja atrás lo demás, exactamente igual que la costa de Italia. Por eso pocas personas crecen. Sus raíces topan con lechos de piedra y se quedan como están, satisfechos. Pero debajo de mí no hay nada que yo no pueda apartar a un lado, y por encima de mi se encuentra el infinito. La larga espera ha terminado. Por fin voy a Hispania a mandar legalmente un ejército; pondré mis manos sobre una maquina viviente que, en las manos adecuadas -mis manos-, no puede ser detenida, ni deformada, ni descoyuntada ni desgastada. He anhelado un supremo mando militar desde que me sentaba, de niño, en las rodillas del viejo Cayo Mario y escuchaba hechizado las historias que me contaba un maestro del arte de la guerra. Pero hasta este momento no he comprendido con qué pasión, con qué fiereza he deseado ese mando militar.
Pondré mis manos sobre un ejército romano y conquistaré el mundo, porque yo creo en Roma, creo en nuestros dioses. Y creo en mí mismo. Yo soy el alma de un ejército romano. No se me puede detener, ni alabear, ni descoyuntar, ni desgastar.
Sexta parte
Pompeyo el Grande
Julia
A Cayo Julio César, procónsul en Hispania Ulterior, de Cneo Pompeyo Magnus, triumphator; escrito en Roma, en los idus de mayo, durante el consulado de Quinto Cecilio Metelo Celer y Lucio Afranio:
Pues bien, César, entrego la presente a los dioses y a los vientos con la esperanza de que los primeros doten a los segundos de velocidad suficiente para que tengas una oportunidad. Otros te están escribiendo, pero yo soy el único dispuesto a poner el dinero para alquilar el barco más veloz que pueda encontrar sólo parar transportar una carta.