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Mis propios asuntos -las tierras para mis veteranos, la ratificación de mis convenios en el Este, etcétera- han fracasado. Me gasté millones en sobornos para poner a Afranio en la silla de cónsul junior… ¡ha sido un dinero desperdiciado, te lo aseguro! Afranio ha resultado ser mejor soldado que político, pero Cicerón va por ahí diciéndole a todo el mundo que es mejor bailarín que político. Y eso porque Afranio se emborrachó de un modo asqueroso en su banquete inaugural del día de año nuevo y estuvo haciendo piruetas por todo el templo de Júpiter Optimo Máximo. Para mí fue una vergüenza, pues todo el mundo sabe que yo le compré el cargo en un intento de controlar a Metelo Celer, el cual, como cónsul senior, le ha pasado por encima a Afranio como si éste no existiera.

Cuando Afranio por fin logró que se debatieran mis asuntos en la Cámara durante el mes de febrero, Celer, Catón y Bíbulo lo echaron todo a perder. Sacaron de su retiro a Lúculo, que está medio imbécil con sus hongos y cosas por el estilo, y lo utilizaron para deshacerse de mí. ¡oh, yo sería capaz de matarlos a todos! Cada día lamento haber hecho lo que debía hacer al licenciar a mi ejército, por no hablar de que les pagué a mis tropas la parte que les correspondía del botín mientras todavía nos encontrábamos en Asia. Por supuesto, eso también está siendo objeto de críticas. Catón afirmó que no entraba dentro de mis atribuciones repartir el botín sin el consentimiento del Tesoro -es decir, del Senado-, y cuando le recordé que yo poseía un imperium maius que me daba el poder suficiente para hacer lo que quisiera en nombre de Roma, dijo que yo había obtenido ese imperium maius de modo ilegal en la Asamblea Plebeya, que no me había sido otorgado por el pueblo. ¡Un puro disparate, pero la Cámara le aplaudió!

Luego, en marzo, acabó el debate sobre mis asuntos. Catón impulsó una votación en el Senado sobre la propuesta de que no se debatiera asunto alguno hasta que quedase resuelto el problema de la recaudación de impuestos… ¡y los muy idiotas lo votaron! ¡Sabiendo que Catón estaba a la vez bloqueando cualquier solución al problema de la recaudación de impuestos! El resultado es que ya no se ha debatido nada más. En el momento en que Craso saca a colación el problema de la recaudación de impuestos, Catón pone en marcha una maniobra obstruccionista. ¡Y los padres conscriptos están convencidos de que Catón es un fuera de serie! No logro comprenderlo, César, sencillamente no puedo. ¿Qué ha hecho Catón en su vida? Sólo tiene treinta y cuatro años, no ha ocupado ninguna magistratura senior, es un orador chocante y un pedante de primer orden. Pero en algún momento de la trayectoria los padres conscriptos se han convencido de que es completamente incorruptible, y eso lo convierte en una maravilla. ¿Por qué no pueden comprender que la incorruptibilidad es desastrosa cuando está aliada con una mente como la de Catón? En cuanto a Bíbulo, bueno, él también es incorruptible, según ellos. Y los dos no dejan de parlotear diciendo que han prometido ser enemigos implacables de todos aquellos hombres que sobresalgan aunque sea una fracción de pulgada por encima de sus iguales. Un objetivo muy laudable. Sólo que algunos hombres simplemente no pueden evitar sobresalir por encima de sus iguales porque son mejores. Si todos tuviéramos que ser iguales, todos seríamos creados exactamente de la misma manera. Pero no es así, y ése es un hecho que no se puede evitar.

Adonde quiera que yo me dirija, César, me aúlla una manada de enemigos. ¿No comprenden los muy tontos que mi ejército puede que esté licenciado, pero que sus miembros están aquí mismo, en Italia? Lo único que tengo que hacer es dar una patada en el suelo para que broten soldados deseosos de obedecer mis órdenes. Te lo aseguro, siento grandes tentaciones de hacerlo. Yo conquisté el Este, casi doblé los ingresos de Roma, y lo hice todo como es debido. Así que, ¿por qué están en contra mía?

Pero bueno, basta ya de hablar de mí y de mis problemas. Esta carta en realidad es para advertirte de que tú también vas a verte envuelto en problemas.

Todo empezó con esos estupendos informes que le mandas con regularidad al Senado: una perfecta campaña contra los lusitanos y los galaicos; montones de oro y tesoros; apropiada disposición de los recursos y funciones de la provincia; las minas están produciendo más plata, más plomo y más hierro que durante medio siglo; perdón para las ciudades que Metelo Pío castigó; los boni deben de haberse gastado una fortuna en enviar espías a la Hispania Ulterior para cogerte en alguna falta. Pero no han podido hacerlo y, según los rumores, nunca lo harán. No les ha llegado ni el más pequeño tufillo de extorsión o especulación de ningún tipo en los círculos próximos a ti, sino cubos de cartas de agradecidos residentes de Hispania Ulterior en las que dicen que a los culpables se les castiga y a los inocentes se les exonera. El viejo Mamerco, príncipe del Senado -se está deteriorando gravemente, por cierto-, se levantó en la Cámara y dijo que tu conducta como gobernador había proporcionado un manual de conducta gubernativa, y los boni no pudieron refutar ni una palabra de lo que dijo. ¡Cómo duele eso!

Toda Roma sabe que tú serás cónsul senior. Aunque dejemos aparte el hecho de que tú siempre eres quien saca más votos en las elecciones, tu popularidad está creciendo a pasos agigantados. Marco Craso va por ahí diciéndoles a todos los caballeros de las Dieciocho que cuando tú seas cónsul senior, el asunto de la recaudación de impuestos se arreglará en seguida. De lo cual deduzco que sabe que va a necesitar tus servicios… y también sabe que los tendrá.

Pues bien, yo también necesito tus servicios, César. ¡Mucho más de lo que los necesita Marco Craso! Lo único que está en juego en su caso es su influencia dañada, mientras que yo necesito tierras para mis veteranos y tratados que ratifiquen mis convenios en el Este.

Desde luego, hay muchas probabilidades de que tú ya te encuentres de camino, de regreso a casa -Cicerón, ciertamente, parece creer que así es- pero a mí me da en la nariz que tú eres como yo, propenso a quedarte hasta el último momento para que todo quede bien atado y cualquier enredo quede aclarado.

Los boni acaban de dar el golpe, César, y han sido extraordinariamente astutos. Todos los candidatos a las elecciones para cónsul tienen que presentar la candidatura como muy tarde antes de las nonas de junio, aunque las elecciones no se celebrarán hasta cinco días antes de los idus de quintilis, como es habitual. Animado por Celer, Cayo Pisón, Bíbulo -que es candidato él mismo, desde luego, pero que se encuentra a salvo dentro de Roma porque es como Cicerón, no quiere irse nunca a gobernar una provincia- y por el resto de los boni, Catón logró que se aprobase un consultum para poner la fecha de cierre de las candidaturas en las nonas de junio. Más de cinco nundinae antes de las elecciones, en vez de las tres nundinae que establecen la costumbre y la tradición.

Alguien debe de haber hecho correr el rumor de que tú viajas como el viento, porque luego han ideado otra estratagema para fustrarte: ésta por si llegas a Roma antes de las nonas de junio. Celer le pidió a la Cámara que fijase una fecha para tu triunfo. Se mostró muy afable, lleno de elogios para el espléndido trabajo que has hecho como gobernador. ¡Después de lo cual sugirió que la fecha de tu desfile triunfal se fijase en los idus de junio! Y a todos les pareció una idea espléndida, así que la moción se aprobó.

De manera, César, que si logras llegar a Roma antes de las nonas de junio, tendrás que solicitar al Senado que te permita presentar tu candidatura a cónsul in absentia. No puedes cruzar el pomerium y entrar en la ciudad para inscribir tu candidatura en persona sin renunciar a tu imperium y, por consiguiente, a tu derecho al triunfo. Añado que Celer tuvo buen cuidado en hacer notar a la Cámara que Cicerón había hecho aprobar una ley que prohibía que los candidatos al consulado presentasen su candidatura in absentia. Un suave recordatorio que yo interpreté como que quería dar a entender que los boni piensan oponerse a tu petición de presentar la candidatura in absentia. ¡Te tienen agarrado por las pelotas, exactamente como tú dijiste -con toda razón!- que me tienen agarrado a mí. Me pondré a trabajar para convencer a nuestras senatoriales ovejas -por qué se dejan conducir por un simple puñado de hombres que ni siquiera tienen nada de especiales?- para que hagan que se te permita presentar la candidatura in absentia. Y lo mismo harán Craso, Mamerco, el príncipe del Senado, y muchos otros, yo lo sé.