Después de dejar que Balbo y Burgundo se encargasen de recompensar al piloto y a los remeros del myoparo, Cesar montó en un buen caballo alquilado y se dirigió a Roma a galope tendido. Su viaje acabaría en el Campo de Marte, pero no así sus esfuerzos penosos; tendría que buscar a alguien que se apresurase a entrar en la ciudad y localizase a Pompeyo, decisión que no agradaría a Craso, de eso César ya se daba cuenta, pero era la decisión correcta. Pompeyo tenía razón. Él necesitaba a César más que Craso. Y además Craso era un viejo amigo de César; se apaciguaría cuando éste le explicase las cosas.
La noticia de que César se encontraba a las puertas de Roma llegó a oídos de Catón y Bíbulo casi al mismo tiempo que a los de Pompeyo, porque los tres se encontraban en la Cámara soportando todavía otra sesión más para debatir el destino de los recaudadores de impuestos en Asia. El mensaje se le entregó a Pompeyo, quien dio un alarido tan fuerte que los amodorrados senadores que estaban en las gradas de atrás casi se cayeron de los taburetes y luego se pusieron en pie de un salto.
– Te ruego que me excuses, Lucio Afranio -le dijo Pompeyo riéndose muy satisfecho ya de camino hacia la salida-. ¡Cayo César está en el Campo de Marte, y yo debo ser el primero en ir a darle la bienvenida en persona!
Lo cual, en cierto modo, dejó tan aplanados a los que quedaban en la reunión, donde la concurrencia era escasa, como un publicanus de Asia. Afranio, que tenía las fasces durante el mes de junio, disolvió la asamblea por aquel día.
– Mañana, una hora después del amanecer -dijo, consciente de que tendría que oír la petición de César para presentar su candidatura in absentia, y consciente también de que el día siguiente era el último antes de las nonas de junio, cuando el oficial electoral (Celer) cerraría la barraca.
– Ya os dije que lo haría -comentó Metelo Escipión-. Es como un pedazo de corcho. Por mucho que se intente hundirle, siempre consigue salir a flote sin apenas mojarse.
– Bueno, siempre ha habido muchas probabilidades de que apareciera -dijo Bíbulo con los labios apretados-. Al fin y al cabo, ni siquiera sabemos cuándo salió de Hispania. Sólo porque hubiéramos oído que tenía planeado permanecer en Gades hasta últimos de mayo, eso no significa que lo hiciera de verdad. Pero no puede saber lo que le espera.
– Lo sabrá en cuanto Pompeyo llegue al Campo de Marte -dijo Catón con dureza-. ¿Por qué crees que el Bailarín ha convocado otra reunión para mañana? César hará la solicitud para presentar su candidatura in absentia, de eso no cabe la menor duda.
– Echo de menos a Catulo -dijo Bíbulo-. En ocasiones como la de mañana era cuando su influencia resultaba extraordinariamente útil. A César le ha ido en Hispania mejor de lo que ninguno de nosotros habíamos pensado, de manera que las ovejas se verán inclinadas a dejar que el muy ingrato se presente in absentia. Pompeyo lo recomendará así encarecidamente, y Craso también. ¡Y Mamerco! ¡Ojalá se hubiera muerto! Catón se limitó a sonreír y adoptó un aire misterioso.
Mientras tanto, en el Campo de Marte Pompeyo no tenía nada por lo que sonreír y ningún misterio que pensar. Encontró a César apoyado en la redondeada pared de mármol de la tumba de Sila, con la brida del caballo colgada de un brazo; por encima de la cabeza se leía aquel famoso epitafio: «NINGUN AMIGO MEJOR, NINGÚN ENEMIGO PEOR.» Igual se podía haber escrito para César que para Sila. O para él mismo, Pompeyo.
– ¿Qué demonios haces aquí? -exigió Pompeyo.
– Me pareció que era un lugar tan bueno como cualquier otro para esperar.
– ¿No has oído hablar de una villa en Pincia?
– No pienso estarme aquí el tiempo suficiente como para alquilarla.
– Hay una posada que no queda lejos de aquí por la vía Lata; iremos allí. Minicio es un buen hombre, y tienes que poner la cabeza bajo algún techo, César, aunque sólo sea durante unos días.
– Me pareció que era más importante encontrarme contigo antes de pensar en dónde alojarme.
Aquello le derritió el corazón a Pompeyo; él también había desmontado -desde que había vuelto a ocupar su puesto en el Senado tenía un pequeño establo dentro de Roma-, y ahora dio media vuelta y echó a andar despacio por la perfectamente recta y amplia carretera que de hecho era el comienzo de la vía Flaminia.
– Supongo que nueve meses aquí perdiendo el tiempo te habrán proporcionado tiempo de sobra para averiguar dónde están todas las posadas.
– Yo eso lo averigüé antes de ser cónsul.
La posada era un establecimiento bastante cómodo y respetable, y su propietario estaba acostumbrado a ver por allí a famosos militares romanos; saludó a Pompeyo como a un amigo que hiciera mucho tiempo que no veía, e indicó con cierto encanto que se daba cuenta de quién era César. Los acompañaron a un salón privado y cómodo donde dos braseros calentaban el aire, lleno de humo, e inmediatamente les sirvieron agua y vino junto con manjares tales como cordero asado, salchichas, pan reciente, cuya corteza estaba crujiente, y ensalada aliñada con aceite.
– ¡Estoy hambriento! -exclamó César sorprendido.
– Pues atibórrate. Te confieso que no me importa ayudarte. Minicio se enorgullece de su comida.
Entre bocado y bocado César logró hacerle a Pompeyo un escueto resumen de su travesía.
– ¡Viento del sudoeste en esta época del año! -exclamó el Gran Hombre.
– No, no creo que a aquello se le pudiese llamar un viento noble. Pero bastó para darme un empujón en la dirección correcta. Supongo que los boni no se esperarían verme tan pronto, ¿no?
– Catón y Bíbulo se llevaron un desagradable sobresalto, en efecto. Mientras que otros, como Cicerón, se limitaron a aparentar que daban por sentado que tú ya haría mucho tiempo que te habrías puesto en camino; no obstante, no tenían espías en Hispania Ulterior que los mantuvieran informados de tus intenciones.
– Pompeyo frunció el entrecejo-. ¡Cicerón! ¡Qué hombre tan farsante! ¿Sabes que tuvo la desfachatez de levantarse en la Cámara y referirse al hecho de desterrar a Catilina como una «gloria inmortal»? Cada discurso que pronuncia contiene alguna clase de sermón sobre cómo salvó a la patria.
– He oído que estabas a partir un piñón con él -le dijo César mientras mojaba pan en el aceite de la ensalada.
– A él ya le gustaría. Tiene miedo.
– ¿De qué? -César se recostó y dio un suspiro de satisfacción.
– Del cambio de situación de Publio Clodio. El tribuno de la plebe Herenio hizo que la Asamblea Plebeya trasladase a Clodio del patriciado a la plebe. Y ahora Clodio dice que piensa presentarse a tribuno de la plebe y exiliar a Cicerón para siempre por la ejecución de ciudadanos romanos sin haber celebrado previamente un juicio. Es el nuevo propósito que tiene Clodio en la vida. Y Cicerón está blanco de miedo.
– Bueno, comprendo que un hombre como Cicerón le tenga terror a nuestro Clodio. Clodio es una fuerza de la naturaleza. No está loco del todo, pero tampoco está completamente cuerdo. Sin embargo, Herenio se ha equivocado al utilizar a la Asamblea Plebeya. Un patricio sólo puede convertirse en plebeyo por adopción.
Minicio entró y se afanó en recoger los platos, lo que dio lugar a una pausa en la conversación que César agradeció. Era hora de ir al grano.
– ¿Todavía está atascado el Senado en el asunto de los recaudadores de impuestos? -preguntó.
– Eternamente, gracias a Catón. Pero en cuanto Celer cierre la barraca electoral voy a enviar a mi tribuno de la plebe Flavio otra vez a la plebe con mi proyecto de ley de las tierras. ¡Mutilado, gracias a ese tonto oficioso de Cicerón! Logró que se quitara del proyecto de ley todo ager publicus anterior al tribunato de Tiberio Graco, y luego dijo que los veteranos de Sila, ¡los mismísimos que se aliaron con Catilina!, debían recibir la confirmación de sus concesiones de terrenos, y que Volaterra y Aretio debían ser autorizados a conservar los terrenos públicos. La mayor parte de la tierra de mis veteranos, por lo tanto, habrá que comprarla, y el dinero tendrá que salir de los tributos incrementados procedentes del Este. Lo cual le dio a mi ex cuñado Nepote una magnífica idea. Sugirió que los aranceles e impuestos portuarios debían eliminarse en toda Italia, y al Senado aquello le pareció maravilloso. Así que consiguió un consultum del Senado y logró que su ley fuera aprobada en la Asamblea Popular.