Normalmente había hasta un total de diez candidatos a cónsules, seis o siete era el número más frecuente, y por lo menos la mitad de ellos procedían de las Familias Famosas. El electorado solía tener un campo donde elegir rico y variado. Pero el año en que César se presentó a cónsul la Fortuna favoreció a Bíbulo y los boni. A la mayoría de los pretores del año de César les habían concedido una prórroga en sus respectivas provincias, así que no estaban en Roma para competir en unas elecciones donde el peso se inclinaba tanto en dirección a un hombre: todo romano al tanto de la política sabía que César no podía perder. Y ese hecho reducía las posibilidades de todos los demás. Sólo otro hombre aparte de César podía convertirse en cónsul, y si acaso sería cónsul junior. César, con toda seguridad, sacaría el máximo número de votos, lo cual lo convertiría en cónsul senior. Por tanto, muchos hombres que aspiraban a ser cónsules decidieron no presentarse en el año de César. Una derrota siempre era perjudicial.
Por consiguiente, los boni decidieron apostarlo todo a un solo hombre, Marco Calpurnio Bíbulo, e iban por todas partes convenciendo a los candidatos en potencia de familia noble o antigua para que no se presentase compitiendo con Bíbulo. ¡Él tenía que ser cónsul junior! Como cónsul junior estaría en posición de hacerle la vida a César como cónsul senior muy difícil y frustrante.
El resultado fue que sólo hubo cuatro candidatos, sólo dos de los cuales procedían de familias nobles: César y Bíbulo. Los otros dos candidatos eran Hombres Nuevos, y de los dos, sólo uno tenía alguna probabilidad: Lucio Luceyo, un famoso abogado y leal partidario de Pompeyo. Naturalmente Luceyo sobornaría, pues la fortuna de Pompeyo lo respaldaba, así como la considerable fortuna que él mismo poseía. La cantidad de dinero ofrecida en sobornos le daba a Luceyo una oportunidad, pero sólo una oportunidad remota. Bíbulo era un Calpurnio, le respaldaban los boni y sin duda él también recurriría a los sobornos.
César cruzó el pomerium y entró en Roma al romper el alba.
Acompañado sólo de Balbo, bajó por la vía Lata a pie hacia la colina de los Banqueros, entró en la ciudad por la puerta Fontinalis, y bajó al Foro; la prisión Lautumiae le quedaba a la derecha y la basílica Porcia a la izquierda.
Cogió desprevenido, hábilmente, a Metelo Celer, pues el oficial electoral curul estaba sentado en su barraca mirando con embeleso un águila que se encontraba posada en el tejado del templo de Cástor, y no advirtió movimiento alguno procedente de la dirección de la prisión.
– Un auspicio interesante -le dijo César.
Celer se sofocó, se atragantó, barrió todos los papeles, hizo un montón con ellos y se puso en pie de un bote.
– ¡Llegas demasiado tarde, ya he cerrado! -exclamó.
– Venga ya, Celer, no creo que te atrevas a ser tan inconstitucional. Estoy aquí para presentar mi candidatura para el consulado antes de las nonas de junio. Hoy tienes abierto, el Senado así lo ha decretado. Cuando llegué a tu presencia, tú estabas sentado dispuesto a trabajar. Por lo tanto, aceptarás mi candidatura. No existe impedimento alguno.
De pronto el Foro inferior se había llenado de bote en bote; todos los clientes de César estaban allí, y era un hombre tan importante, al que Celer conocía, que no se atrevió a cerrar la barraca. Marco Craso avanzó con paso majestuoso hasta César y se colocó junto a su brillante y blanco hombro.
– ¿Hay algún problema, César? -gruñó.
– Ninguno, que yo sepa. ¿Y bien, Quinto Celer?
– No has entregado las cuentas de tu provincia.
– Sí que lo he hecho, Quinto Celer. Llegaron al Tesoro ayer por la mañana, con instrucciones de que fueran revisadas inmediatamente. ¿Quieres que vayamos juntos dando un paseo hasta el templo de Saturno ahora y averigüemos si existe alguna discrepancia?
– Acepto tu candidatura para el consulado -le dijo Celer; y se inclinó hacia adelante-. ¡Eres un tonto! -le gruñó-. Has renunciado a tu desfile triunfal. ¿Y para qué? ¡Bíbulo te tendrá atado de pies y manos, eso te lo juro! Deberías haber esperado hasta el año que viene.
– Para el año que viene no existiría Roma si a Bíbulo se le dejase campar a sus anchas. No, ésa no es la expresión apropiada, habría que decir si Bíbulo estuviera sin hacer nada y prohibiéndolo todo. Sí, eso lo expresa mejor.
– ¡Te lo prohibirá todo aunque tú seas su superior!
– Una pulga quizás lo intente.
César dio media vuelta, le echó un brazo por los hombros a Craso y se adentraron entre una multitud extasiada pero llorosa, tan disgustada por la pérdida del triunfo de César como rebosante de júbilo al verlo aparecer dentro de la ciudad.
Durante un momento Celer contempló aquel recibimiento emocionado y luego les hizo una breve seña a sus ayudantes.
– Esta barraca está cerrada -dijo; y se puso en pie-. ¡Lictores, a la casa de Marco Calpurnio Bíbulo, y daos prisa por una vez!
Como eran las nonas y no estaba fijada ninguna sesión del Senado, Bíbulo se encontraba en casa cuando llegó Celer.
– ¿Adivinas quién acaba de declararse candidato? -le preguntó entre dientes mientras irrumpía en el despacho de Bíbulo.
El rostro huesudo y pelado que lo recibió se puso todavía más pálido, algo que cualquiera habría dicho que era imposible.
– ¡Bromeas!
– No bromeo -dijo Celer mientras se dejaba caer en una silla y le echaba una mirada de desagrado al ocupante de la silla de las personas importantes, Metelo Escipión. ¿Por qué tenía que estar allí aquel lúgubre mentula?-. César ha cruzado el pomerium y ha renunciado a su imperium.
– ¡Pero si tenía que desfilar en triunfo! -Ya os advertí que él ganaría -dijo Metelo Esqipión-. ¿Y sabéis por qué gana siempre? Porque no se detiene a contar el gasto. Él no piensa como nosotros. Ninguno de nosotros habría renunciado a un triunfo teniendo la posibilidad de ser cónsul cualquier otro año.
– Ese hombre está loco -dijo Celer; y frunció el entrecejo.
– Muy loco o muy cuerdo, nunca estoy seguro -dijo Bíbulo, y dio unas palmadas. Cuando apareció un criado le dio órdenes-: Manda a llamar a Marco Catón, Cayo Pisón y Lucio Ahenobarbo.
– ¿Un consejo de guerra? -preguntó Metelo Escipión, que suspiraba como si tuviera delante la perspectiva de otra causa perdida.
– ¡Sí, sí! ¡Aunque te lo advierto, Escipión, ni una palabra acerca de que César siempre gana! No nos hace falta un profeta fatalista entre nosotros; en lo referente a profetizar la fatalidad tú estás en la liga de Casandra.
– ¡De Tiresias, muchas gracias! -dijo Metelo Escipión muy estirado-. ¡Yo no soy una mujer!
– Bueno, él lo fue durante algún tiempo -dijo Celer con una risita tonta-. ¡Y ciego también! ¿Has estado viendo copular serpientes últimamente, Escipión?
Cuando César entró en la domus publica era después del mediodía. Todo se había detenido, tanta era la gente que había afluido al Foro para verle, y también había tenido que ocuparse de Balbo; a Balbo había que concederle todas las atenciones distinguidas, y César le había ido presentando a todos los hombres preeminentes con que se encontraron.