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Llevó algún tiempo instalar a Balbo en una de las habitaciones para invitados del piso de arriba, y más tiempo todavía saludar a su madre, a su hija y a las vestales. Pero por fin, no mucho antes de la cena, pudo cerrar la puerta del despacho al resto del mundo y quedarse solo para meditar.

El triunfo era cosa del pasado; no perdió mucho tiempo pensando en ello. Muchísimo más importante era decidir qué hacer a continuación… y adivinar qué pensarían hacer a continuación los boni. La veloz partida de Celer del Foro no le había pasado inadvertida, lo cual significaba sin duda que los boni en aquel momento estarían celebrando un consejo de guerra.

Era una gran lástima lo de Celer y Nepote. Ellos habían sido antes unos aliados excelentes. Pero, ¿por qué se habían metido en el problema de convertirse ahora en mortales antagonistas suyos? Pompeyo era el blanco al que ellos apuntaban, y tampoco tenían ninguna prueba verdadera de que César, una vez que fuera cónsul, pensase convertirse en la marioneta de Pompeyo. Era cierto que César siempre había hablado en favor de Pompeyo en la Cámara, pero nunca habían sido amigos íntimos, ni les unía ningún parentesco de sangre. Pompeyo no le había ofrecido a César ningún cargo como legado suyo mientras estuvo conquistando el Este; no existía ningún estado de atnicitia entre ellos. ¿Se habrían visto obligados los hermanos Metelo a hacer suyos todos los enemigos de los boni como precio por ser admitidos en sus filas? No era muy probable, dada la influencia que poseían los hermanos Metelo. No tenían necesidad de dar coba a los boni. Los boni hubieran acudido a ellos arrastrándose.

Lo más desconcertante de todo era aquel ataque absolutamente difamatorio de Nepote en la Cámara; aquello era indicio de un rencor colosal, de un odio muy personal. ¿Por qué? ¿Lo odiaban ya dos años atrás, cuando habían colaborado con él de un modo tan espléndido? Decididamente no. César no era Pompeyo, no era víctima de la clase de inseguridad que llevaba a Pompeyo a inquietarse por si la gente lo estimaba o lo despreciaba; ahora su sentido común le decía a César que hacía dos años aquel odio no existía. Entonces, ¿por qué se habían vuelto contra él los hermanos Metelo? ¿Por qué? ¿Mucia Tercia? ¡Sí, por todos los dioses, Mucia Tercia! ¿Qué les habría dicho ella a sus hermanos de madre para justificar su forma de obrar en ausencia de Pompeyo? Entregar su noble cuerpo a alguien como Tito Labieno no la habría dejado en buen lugar ante los ojos de los dos Cecilios Metelos más influyentes que quedaban vivos, y sin embargo ellos no sólo la habían perdonado, sino que habían salido en su defensa en contra de Pompeyo. ¿Le había echado ella la culpa a César, a quien conocía desde hacía veintiséis años, cuando ella se casó con el joven Mario? ¿Les habría dicho ella que César había sido su seductor? El rumor tenía que haber salido de alguna parte. ¿Qué mejor fuente que Mucia Tercia?

De manera que los hermanos Metelo eran ahora sus enconados enemigos. Bíbulo, Catón, Cayo Pisón, Ahenobarbo y una multitud de boni menos importantes, como Marco Favonio y Munacio Rufo, harían cualquier cosa menos asesinarlo con tal de hacerlo caer. Lo cual sólo dejaba a Cicerón. El mundo estaba ampliamente provisto de hombres que nunca podían tomar una decisión, flirteaban con este grupo, halagaban a aquel otro, y acababan por no tener ningún aliado y muy pocos amigos. Así era Cicerón. De qué parte estaría él en aquel momento era algo que cualquiera tendría que adivinar; probablemente ni el propio Cicerón lo sabía. En un momento dado adoraba a su queridísimo Pompeyo, y al momento siguiente odiaba todo lo que Pompeyo era o representaba. ¿Qué oportunidad tenía César, siendo amigo de Craso? Sí, César, abandona toda esperanza acerca de Cicerón…

Lo más sensato era formar una alianza política con Lucio Luceyo. César lo conocía bien porque habían trabajado en muchos juicios juntos, casi siempre con César en el estrado. Abogado brillante, orador espléndido y hombre inteligente que merecía ennoblecerse a sí mismo y ennoblecer a su familia. Luceyo y Pompeyo podían permitirse sobornar, y sin duda sobornarían. Pero, ¿daría resultado? Cuanto más pensaba César en aquello, menos confiado se sentía. ¡Ojalá el Gran Hombre tuviera seguidores en el Senado y en las Dieciocho! El problema era que no los tenía, particularmente en el Senado, un sorprendente estado de cosas que podía atribuirse directamente a su antiguo desprecio por la ley y por la constitución no escrita de Roma. Les había pasado por la nariz al Senado sus propios excrementos con el fin de obligarlos a que le permitieran presentarse a cónsul sin siquiera haber sido senador. Y ellos no lo habían olvidado, ninguno de los padres conscriptos que hubiera pertenecido al Senado en aquella época lo había olvidado. Había sido en una época no muy lejana, en realidad. Una simple década. Los únicos partidarios senatoriales leales a Pompeyo eran sus paisanos picentinos como Petreyo, Afranio, Gabinio, Lolio, Labieno, Luceyo y Herenio, y ésos, precisamente, no tenían importancia. Entre todos no podían convencer a un senador de los bancos de atrás para que votase de determinada manera a menos que el senador de la parte de atrás fuera picentino. El dinero podía comprar algunos votos, pero la logística de distribuir bastante dinero entre los suficientes votantes derrotaría a Pompeyo y a Luceyo si los boni también decidían sobornar.

Por lo tanto los boni estarían sobornando. Oh, sí, decididamente. Y si Catón daba el visto bueno a los soborno, no habría manera de descubrirlo a menos que el propio César adoptase la táctica de Catón. Cosa que no haría. No por principios, sino simplemente por falta de tiempo y de saber a quién acudir para que actuase como informador. Para Catón aquello era un perfecto arte; llevaba años haciéndolo. Así que prepárate para la lucha, César, vas a tener a Bíbulo por colega junior, te guste o no…

¿Qué más podían hacer? Conseguir que a los cónsules del año siguiente se les negase después el acceso a las provincias. Y bien podía ser que lo lograsen. En aquel momento las dos Galias eran las provincias consulares que se asignaban a los cónsules, debido al malestar que existía en la provincia ulterior entre los alóbroges, los eduos y los secuanos. Las Galias solían trabajarse en tándem, la Galia Cisalpina servía como base de reclutamiento y abastecimiento para la Galia de más allá de los Alpes; un gobernador luchaba y el otro mantenía las fuerzas. A los cónsules del año en curso, Celer y Afranio, se les habían concedido ya las Galias para el año siguiente, y era Celer el que tenía que luchar más allá de los Alpes, y Afranio le respaldaría desde el lado de acá de los Alpes. Qué fácil sería prorrogarlos durante uno o dos años más. La pauta ya se había establecido, pues la mayor parte de los actuales gobernadores de provincias estaban en su segundo o incluso tercer año de permanencia.

Si los alóbroges ya se habían calmado auténticamente -y todos parecían pensar que así era-, entonces la lucha en la Galia Transalpina era un asunto entre tribus, más que una guerra dirigida contra Roma. Hacía más de un año que los eduos se habían quejado amargamente al Senado de que los secuanos y los arvernos estaban construyendo carreteras que se adentraban en territorio eduo; el Senado no les había hecho caso. Ahora les tocaba quejarse a los secuanos. Habían formado una alianza con una tribu germana del otro lado del Rin, los suevos, y le habían dado al rey Ariovisto de los suevos un tercio de sus tierras. Desgraciadamente Ariovisto no había considerado que un tercio fuese suficiente. Quería dos tercios. Luego los helvecios habían empezado a salir de los Alpes en busca de nuevos hogares en el valle del Ródano. Ninguno de estos pueblos le interesaba en realidad a César, que se alegraba de que Celer tuviera la responsabilidad de arreglar los estropicios que varias tribus guerreras de galos pudieran originar.

César quería la provincia de Afranio, la Galia Cisalpina. El sabía hacia dónde iba: al interior de Nórica, Mesia, Dacia, las tierras de alrededor del río Danubio, todo el trayecto hasta el mar Euxino. Las conquistas que hiciera enlazarían Italia con las conquistas de Pompeyo en Asia, y las fabulosas riquezas de aquel enorme río le pertenecerían a Roma, él le proporcionaría a Roma una ruta terrestre hacia Asia y el Cáucaso. Si el viejo rey Mitrídates había creído que podía hacerlo moviéndose de este a oeste, ¿por qué no iba a hacerlo César avanzando de oeste a este?