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– Cumplirás diecisiete años en enero -le dijo César una vez que hubieron puesto la silla de Julia enfrente de la de él, y la de Aurelia frente a Balbo, quien ocupaba el locus consularis en el canapé-. ¿Cómo está Bruto?

Julia respondió a la pregunta con toda compostura, aunque el rostro, observó César, no se le iluminó al oír mencionar el nombre de su prometido.

– Está bien, tata.

– ¿Se está haciendo un nombre en el Foro?

– Más bien en los círculos editoriales. Sus epítomes son muy apreciados.

– La muchacha sonrió-. En realidad me parece que lo que más le gusta son los negocios, así que es una pena que tenga rango senatorial.

– ¿Teniendo como tenemos el ejemplo de Marco Craso? El Senado no le pondrá limitaciones si es listo.

– Sí, es listo.

– Julia respiró profundamente-. Le iría mucho mejor en la vida pública sólo con que su madre lo dejase en paz. La sonrisa de César no contenía ni rastro de enojo.

– Estoy de acuerdo contigo de todo corazón, hija. Yo no hago más que decirle a ella que no lo convierta en un conejo, pero, ay, Servilia es Servilia.

El nombre captó la atención de Aurelia.

– Ya sabía yo que tenía otra cosa que decirte, César. Servilia desea verte.

Pero fue a Bruto a quien vio primero; llegó a la domus publica para visitar a Julia justo cuando los cuatro salían del comedor. Tan avergonzado como siempre, le dio la mano a César con flaccidez y miró a todas partes menos a los ojos de César, característica que siempre había irritado a éste, pues le parecía algo sospechoso. Aquel espantoso acné tenía aún peor aspecto que antes, aunque a los veintitrés años ya debería haber empezado a desaparecer. Si no hubiera sido tan moreno, quizás la barba corta que se le extendía descuidadamente por las mejillas, el mentón y la mandíbula no le habría dado un aspecto tan infame; no era de extrañar que prefiriera garabatear papeles a la oratoria. De no haber sido por todo aquel dinero y el impecable árbol genealógico que tenía, ¿quién habría podido nunca tomarse en serio a Bruto?

No obstante, era evidente que estaba tan enamorado de Julia como hacía años. Bueno, gentil, fiel, cariñoso. Al posar los ojos en ella se le llenaban de afecto, y le cogía la mano como si se le fuera a romper. ¡No había necesidad de preocuparse de que la virtud de Julia hubiera estado nunca sometida a asedio! Bruto esperaría hasta que estuvieran casados. De hecho, ahora se le ocurría a César que Bruto esperaría hasta que estuvieran casados… es decir, que él no había tenido ningún tipo de experiencia sexual. En cuyo caso el matrimonio le haría mucho bien en todos los sentidos, incluidos la piel y el espíritu. Pobre, pobre Bruto. La Fortuna no había sido buena con él cuando le dio por madre a aquella arpía de Servilia. Reflexión que le llevó a preguntarse cómo se las arreglaría Julia teniendo a Servilia por suegra. ¿Sería la hija de César otra persona sobre la que la arpía clavase uñas y dientes y la acobardase sometiéndola a obediencia perpetua?

César se reunió con su arpía al día siguiente al atardecer en las habitaciones del Vicus Patricii. Cuarenta y cinco años, aunque no los aparentaba. La voluptuosa figura no se había ensanchado, ni los maravillosos pechos se le habían caído; de hecho, tenía un aspecto magnífico.

Se esperaba un frenesí, pero Servilia le ofreció una languidez lenta y erótica que César encontró irresistible, una enredada telaraña de los sentidos que ella tejió formando dibujos tortuosos que lo redujeron a él a un éxtasis indefenso. Al principio de conocerla, César había sido capaz de aguantar una erección durante horas sin sucumbir al orgasmo, pero Servilia, ahora él lo admitía, lo había vencido por fin. Cuanto más tiempo hacía que la conocía, menos capaz era de resistirse al hechizo sexual de ella. Lo cual significaba que la única defensa que tenía César era ocultarle esos hechos a ella. ¡Nunca le daría información vital a Servilia! Ella roería esa información hasta dejarla seca.

– He oído decir que desde que cruzaste el pomerium y presentaste tu candidatura, los boni te han declarado una guerra total-le dijo Servilia cuando estaban tumbados juntos en el baño.

– No te esperarías otra cosa, ¿verdad?

– No, desde luego que no. Pero la muerte de Catulo ha soltado el freno. Bíbulo y Catón son una combinación terrible en el sentido de que tienen dos ventajas que ahora pueden utilizar sin miedo a la crítica o a la desaprobación: una es la habilidad de racionalizar cualquier acción atroz y convertirla en virtud, y la otra es una total falta de previsión. Catulo era un hombre vil porque tenía una pequeñez de carácter que su padre nunca tuvo; eso le venía de tener por madre a una Domicia. La madre de su padre era una Popilia de mucho mejor cepa. Pero Catulo sí que tenía cierta idea de lo que significa ser un noble romano, y de vez en cuando alcanzaba a ver el resultado de ciertas tácticas de los boni. Así que te lo advierto, César, su muerte es un desastre para ti.

– Magnus también me ha dicho algo así acerca de Catulo. No estoy pidiéndote consejo, Servilia, pero me interesa tu opinión. ¿Qué crees tú que debería hacer yo para contrarrestar a los boni?

– Me parece que ha llegado la hora de que admitas que no puedes ganar sin algunos aliados fuertes, César. Hasta ahora has librado una batalla en solitario. Desde ahora debe ser una batalla librada junto con otras fuerzas. Tu partido se ha quedado demasiado pequeño. Agrándalo.

– ¿Con qué? O mejor dicho, ¿con quién?

– Marco Craso te necesita para recuperar su influencia entre los publicani, y Ático no es tan tonto como para adherirse ciegamente a Cicerón. Tiene debilidad por Cicerón, pero mucha mayor debilidad por sus actividades comerciales. No necesita dinero, pero anhela con fuerza tener poder. Quizás sea una suerte que nunca le haya llamado la atención el hecho de tener poder político, pues de otro modo tú te habrías encontrado con cierta competencia por su parte. Cayo Opio es el banquero más importante de Roma. Tú ya tienes a Balbo, que es el mayor banquero de todos los banqueros, en tu partido. Arréglatelas para convencer a Opio de que se pase a tu campo también. Bruto es tuyo, gracias a Julia.

Servilia estaba tumbada con aquellos hermosísimos pechos flotando suavemente en la superficie del agua; llevaba el abundante pelo negro recogido en rizos sin orden para que no se le mojase, y los grandes ojos negros miraban absolutamente hacia el interior de las capas de su propia mente.

– ¿Qué me dices de Pompeyo Magnus? -le preguntó César como de pasada.

Servilia se puso rígida; de pronto sus ojos se clavaron en los de César.

– ¡No, César, no! ¡Ese carnicero picentino no! El no entiende cómo funciona Roma, nunca lo ha entendido y nunca lo entenderá. Hay en él una mina de habilidad natural, una fuerza enorme para lo bueno o lo malo. ¡Pero no es romano! Si fuera romano, nunca le habría hecho al Senado lo que le hizo antes de ser cónsul. No tiene una vena sutil, no está convencido por dentro de ser invencible. Pompeyo cree que las normas y las leyes se han hecho para romperlas en su beneficio personal. Sin embargo ansía la aprobación de los demás, y se encuentra desgarrado perpetuamente por deseos conflictivos. Quiere ser el Primer Hombre de Roma para el resto de su vida, pero en realidad no tiene ni idea de cuál es la manera correcta de hacer eso.

– Es cierto que no manejó con mucho acierto su divorcio de Mucia Tercia.

– Eso se lo achaco yo a Mucia Tercia -dijo ella-. No hay que olvidar quién es ella. Hija de Escívola, amada sobrina de Craso el Orador. Sólo un patán picentino como Pompeyo la habría encerrado en una fortaleza a doscientas millas de Roma durante varios años seguidos. Así que cuando le puso los cuernos a Pompeyo lo hizo con un palurdo como Labieno. Mucho mejor habría sido si lo hubiera hecho contigo.