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– Eso siempre lo he sabido.

– Y también sus hermanos. Por eso la creyeron.

– ¡Ah! Ya me parecía.

– Sin embargo, Escauro le conviene.

– De manera que tú crees que yo debería mantenerme alejado de Pompeyo.

– ¡Mil veces, sí! No puede jugar a este juego porque no conoce las reglas.

– Sila lo controló.

– Y él controló a Sila. No olvides eso nunca, César.

– Tienes razón, así fue. Incluso así, Sila lo necesitó.

– Más tonto fue Sila -dijo Servilia con desprecio.

Cuando Lucio Flavio llevó ante la plebe el proyecto de ley de tierras de Pompeyo, toda posibilidad de aprobación acabó de una vez para siempre. Celer estaba allí, en los Comicios, para atormentar y arengar; tan encarnizada fue la confrontación con el pobre Flavio que acabó por invocar su derecho a llevar las cosas sin que le pusieran obstáculos, e hizo conducir a Celer a las Lautumiae. Desde su celda, Celer convocó una reunión del Senado; luego, cuando Flavio atrancó la puerta de su casa con su propio cuerpo, Celer ordenó echar abajo la pared y personalmente supervisó la demolición. Nada le impedía salir de su celda, siendo como era una de las Lautumiae, pero el cónsul senior prefirió demostrarle a Lucio Flavio quién era él llevando sus asuntos de cónsul y de miembro del Senado desde la celda. Frustrado y muy enfadado, Pompeyo no tuvo más remedio que llamar al orden a su tribuno de la plebe. Con el resultado de que Flavio autorizó que pusieran en libertad a Celer, y no asistió a más reuniones de la Asamblea Plebeya. Fue imposible promulgar la ley de tierras.

Mientras tanto, se desarrollaba la campaña electoral para las elecciones curules a ritmo febril, estimulado enormemente el interés público por el regreso de César. De algún modo, cuando César no estaba en Roma todo tendía a ser aburrido, mientras que su presencia garantizaba que habría revuelo. El joven Curión se subía a la tribuna o a la plataforma del templo de Cástor cada vez que la una o la otra quedaba vacante, y parecía haber decidido sustituir a Metelo Nepote como el crítico más personal de César -Nepote había partido para Hispania Ulterior. El cuento del rey Nicomedes volvió a contarse con mucho embellecimiento chistoso, aunque, según le dijo Cicerón a Pompeyo preso de completa exasperación:

– Es al joven Curión a quien yo llamaría afeminado. Ciertamente fue el cachorro de Catilina, si es que no fue algo más que eso para Catilina.

– Yo creía que pertenecía a Publio Clodio, ¿no? -preguntó Pompeyo, al que siempre le costaba trabajo seguir el hilo de las intrincadas vueltas de las alianzas políticas y sociales.

Cicerón no consiguió reprimir un estremecimiento al oír aquel nombre.

– Él se pertenece en primer lugar a sí mismo -dijo.

– ¿Estás haciendo todo lo que puedes para apoyar la candidatura de Luceyo?

– ¡Naturalmente! -repuso con altivez Cicerón.

Y así era en efecto, aunque no sin constantes, casuales y embarazosos encuentros durante las ocasiones en que lo acompañaba por el Foro.

Gracias a Terencia, Publio Clodio se había convertido en un enemigo muy rencoroso y peligroso. ¿Por qué las mujeres harían la vida tan difícil? Si ella lo hubiera dejado en paz, Cicerón quizás habría podido evitar declarar contra Clodio cuando por fin se le juzgó por sacrilegio hacía doce meses. Porque Clodio anunció que durante la época de la celebración de la Bona Dea se encontraba en Interamno, y presentó algunos testigos respetables para confirmarlo. Pero Terencia sabía que no era así.

– Vino a verte el día de la Bona Dea para decirte que se iba como cuestor al oeste de Sicilia, y quería hacerlo bien -dijo con firmeza-. Era el día de la Bona Dea, ¡yo lo sé! Me dijiste que había venido a pedirte algunos consejos.

– ¡Querida mía, estás equivocada! -había logrado decir Cicerón con voz ahogada-. ¡Las provincias ni siquiera se asignaron hasta tres meses después de eso!

– ¡Tonterías, Cicerón! Tú sabes tan bien como yo que los sorteos se arreglan. ¡Clodio sabía adónde le iba a tocar ir! Es por esa ramera de Clodia, ¿verdad? No quieres declarar contra él por causa de ella.

– No quiero declarar porque el instinto me dice que ésta es una bestia durmiente que yo no debería despertar, Terencia. ¡Clodio nunca se ha preocupado mucho por mí desde que ayudé a defender a Fabia hace trece años! Entonces me caía mal. Ahora lo encuentro detestable. Pero tiene edad suficiente para estar en el Senado y es un patricio Claudio. Su hermano mayor, Apio, es un gran amigo mío y de Nigidio Figulo. La amicitia debe conservarse.

– Lo que sucede es que tú tienes una aventura con su hermana Clodia, y por eso te niegas a cumplir con tu deber -le dijo Terencia con aire terco.

– ¡Yo no tengo una aventura con Clodia! Ella se está desgraciando a sí misma con ese poeta, Catulo.

– Las mujeres no son como los hombres, marido -dijo Terencia con una lógica espantosa-. No tienen tantas flechas en sus carcajs para disparar. Ellas pueden tenderse de espaldas y aceptar un arsenal entero.

Cicerón cedió y prestó declaración, destruyendo así la coartada de Clodio. Y aunque el dinero de Fulvia compró al jurado -que lo absolvió por treinta y un votos contra veinticinco-, Clodio no había perdonado ni olvidado. Además, cuando Clodio, inmediatamente después, ocupó su asiento en el Senado e intentó hacerse el gracioso a expensas de Cicerón, la lengua revoltosa de Cicerón había cubierto a éste de gloria y a Clodio de ridículo: un nuevo rencor que Clodio albergaba.

Al principio del año en curso el tribuno de la plebe Cayo Herenio -era picentino, así que, ¿estaría actuando según órdenes de Pompeyo?- había empezado a iniciar acciones para que la situación de Clodio cambiase de patricio a plebeyo a través de una ley especial en la Asamblea Plebeya. El marido de Clodia, Metelo Celer, había contemplado aquello con cierta diversión, y no había hecho nada para revocarlo. Ahora se le oía decir a Clodio por todas partes que en el momento en que Celer abriese la barraca para las inscripciones de las elecciones de la plebe, él se presentaría a solicitar que se le permitiera presentarse candidato a tribuno de la plebe. Y que una vez que tuviera el cargo haría procesar a Cicerón por ejecutar a ciudadanos romanos sin juicio. Cicerón estaba aterrorizado, y no se avergonzó de decírselo a Ático, a quien le rogó que utilizase la influencia que tenía sobre Clodia e hiciera que ésta convenciera a su hermano pequeño para que desistiera. Ático se negó, y se limitó a decirle que nadie podía controlar a Publio Clodio cuando le daba por llevar a cabo una de sus venganzas. Y Cicerón era la persona que había elegido en aquel momento para vengarse.

A pesar de lo cual, los encuentros fortuitos se producían. Si a un candidato a cónsul no le estaba permitido ofrecer espectáculos de gladiadores en su propio nombre y con su propio dinero, no había nada que impidiera que otra persona ofreciera un grandioso espectáculo en el Foro en honor del tata o del avus del candidato, siempre que ese tata o ese avus fuera también antepasado o pariente del que daba el espectáculo. Por lo tanto, nada menos que Metelo Celer, el cónsul senior, iba a celebrar unos juegos de gladiadores en honor de un antepasado común de Bíbulo y de él.

Clodio y Cicerón iban ambos dándole escolta a Luceyo mientras éste avanzaba por el Foro inferior lanzado poderosamente a hacer propaganda electoral, y se encontraron juntos debido a ciertos movimientos de los que iban rodeando a César, que se encontraba a su vez haciéndose propaganda electoral allí cerca. Y como no había más remedio que poner buena cara y comportarse agradablemente el uno con el otro, Cicerón y Clodio se pusieron a ello.