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– Marco Calpurnio Bíbulo tiene una declaración que hacer -le dijo a la muy concurrida Cámara-, así que le concederé la palabra.

Rodeado de los boni, Bíbulo se levantó con un aspecto tan majestuoso y noble como su diminuto tamaño le permitía.

– Gracias, cónsul senior. Mis estimados colegas del Senado de Roma, quiero contaros una historia que hace referencia a mi buen amigo el caballero Publio Servilio, el cual no pertenece a la rama patricia de esa gran familia, pero comparte el linaje del noble Publio Servilio Vatia Isáurico. Ahora Publio Servilio tiene el censo de cuatrocientos mil sestercios, pero para estos ingresos se basa completamente en un viñedo más bien pequeño en el Ager Falernus. Un viñedo, padres conscriptos, que es tan famoso por la calidad del vino que produce que Publio. Servilio lo deja reposar durante años antes de vendérselo por un precio fabuloso a compradores de todo el mundo. Se dice que tanto el rey Tigranes como el rey Mitrídates lo compraban, mientras que el rey Fraates de los partos todavía lo compra. Quizás el rey Tigranes también lo siga comprando, dado que Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus, tomó sobre su propia autoridad absolver a aquel real personaje de sus transgresiones, ¡en nombre de Roma!, e incluso le permitió conservar el volumen de sus ingresos.

Bíbulo hizo una pausa para mirar a su alrededor. Los senadores estaban muy callados, y ninguno de los de la parte de atrás estaba sesteando. Catulo tenía razón: cuéntales un cuento y todos permanecen despiertos para escuchar igual que los niños escuchan a la niñera. César estaba sentado muy erguido, como siempre, en su asiento, con una expresión en el rostro de estudioso interés, truco que él sabía utilizar mejor que nadie, diciéndoles a los que lo veían que estaba absolutamente aburrido, pero que era demasiado bien educado para demostrarlo.

– Muy bien, tenemos a Publio Servilio, el respetado caballero, en posesión de una viña pequeña pero extraordinariamente valiosa. Ayer completamente cualificado para el censo de cuatrocientos mil sestercios que le corresponde a un caballero completo. Hoy un hombre pobre. Pero, ¿cómo puede ser eso? ¿Cómo puede un hombre perder sus ingresos de forma tan súbita? ¿Estaba endeudado Publio Servilio? No, en absoluto. ¿Se murió? No, nada de eso. ¿Hubo una guerra en Campania de la que nadie nos ha hablado? No, en absoluto. ¿Un incendio, entonces? No, en absoluto. ¿Una sublevación de esclavos? No, en absoluto. ¿Quizás un trabajador de los viñedos negligente? No, en absoluto.

Ya los tenía interesados a todos, menos a César. Bíbulo se puso de puntillas y levantó la voz.

– ¡Yo puedo deciros cómo mi amigo Publio Servilio perdió sus únicos ingresos, colegas senadores! La respuesta está en un gran rebaño de ganado al que se conducía desde Lucania a… oh, ¿cuál es ese lugar maloliente de la costa adriática al final de la vía Flaminia? ¿Licenum? ¿Ficenum? Pic… Pic… ¡lo tengo en la punta de la lengua! ¡Picenum! Se conducía el ganado desde los extensos terrenos que Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus, heredó de los Lucilios, hasta los terrenos aún más extensos que heredó de su padre, el Carnicero, en Picenum. Las reses son criaturas inútiles, realmente, a menos que uno se dedique al negocio de las armas o a hacer zapatos y recipientes para libros para ganarse la vida. ¡Nadie se come el ganado! Nadie bebe su leche ni hace queso con ella, aunque yo creo que los bárbaros del norte, de la Galia y de Germania, hacen con ella una cosa que llaman mantequilla, que untan con la misma generosidad sobre ese pan oscuro y tosco que comen, como sobre los ejes chirriantes de sus carretas. Bueno, no saben de otra cosa mejor, y viven en tierras demasiado frías e inclementes como para nutrir nuestros hermosos olivos. Pero nosotros, en esta cálida y fértil península, cultivamos el olivo así como la vid, los dos mejores dones que los dioses hicieron a los hombres. ¿Por qué habría nadie de necesitar criar ganado en Italia, y mucho menos hacerlo recorrer cientos de millas desde unos pastos a otros? ¡Es algo que sólo un rey de los armamentos o un zapatero remendón harían! ¿Cuál de las dos cosas suponéis que es Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus? ¿Hace la guerra o hace zapatos? Pero claro, a lo mejor hace botas militares y de guerra. ¡Podría ser a la vez rey de los armamentos y zapatero remendón!

Qué fascinante, pensó César sin dejar de mantener aquella expresión de estudioso interés. ¿Irá detrás de mí o irá detrás de Magnus? ¿O está matando dos pájaros de un tiro? ¡Qué desgraciado parece el Gran Hombre! Si pudiera hacerlo sin que se notase, ahora mismo se levantaría y se marcharía. Pero esto no me suena como una cosa propia de nuestro Bíbulo. ¿Quién le escribirá últimamente los discursos?

– El enorme rebaño de ganado se metió, sin mirar por dónde andaba, en Campania, atendido por unos cuantos pastores bribones, si es que a los que acompañan ganado se les puede llamar pastores -dijo Bíbulo muy al estilo de un narrador de historias-. Como sabéis, padres conscriptos, cada municipium de Italia tiene sus rutas y senderos especiales reservados para el movimiento de ganado de un lugar a otro. Incluso los bosques tienen pistas bien delimitadas para el ganado: para trasladar a los cerdos hasta las bellotas de los robledales durante el invierno; para trasladar a las ovejas desde los pastos altos hasta los bajos al cambiar las estaciones; y, sobre todo, para trasladar a las bestias al mayor mercado de Italia, los corrales del Vallis Camenarnm, en la parte exterior de las murallas servias de Roma. Estas rutas, senderos y pistas son todos ellos terrenos públicos, y el ganado que circule por ellos no puede adentrarse en terrenos de propiedad privada para destruir hierba de propiedad privada, ni cosechas ni… viñas.

– Hizo una pausa muy larga esta vez-. Desgraciadamente -continuó diciendo Bíbulo al tiempo que suspiraba-, los bribones pastores que atendían aquel rebaño no conocían el paradero del sendero apropiado… aunque, añado, ¡siempre tienen esos senderos su buena milla de anchura! El ganado encontró suculentas vides para comer. Sí, mis queridos amigos, esas malvadas e inútiles bestias que pertenecían a Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus, invadieron el precioso viñedo que le pertenecía a Publio Servilio. Lo que no se comieron lo pisotearon hasta enterrarlo. Y, por si no estáis familiarizados con los hábitos y características del ganado, os diré una cosa más al respecto: su saliva mata el follaje, o si no, si las plantas son jóvenes, impide que vuelvan a crecer durante un período de dos años. Pero las vides de Publio Servilio eran muy viejas. De manera que se murieron. Y mi amigo, el caballero Publio Servilio, es ahora un hombre arruinado. Incluso lloró por el rey Fraates de los partos, que nunca más volverá a beber ese noble vino.

Oh, Bíbulo, ¿será posible que quieras ir a parar adonde yo creo que vas?, se preguntó César en silencio, sin cambiar de postura ni de expresión.

– Naturalmente, Publio Servilio se quejó a los hombres que dirigen las amplias propiedades y posesiones de Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus -continuó Bíbulo con un sollozo-, pero sólo para que le dijeran que no había posibilidad de compensarle pagándole por la pérdida del mejor viñedo del mundo. Porque… porque, padres conscriptos, ¡la ruta por la cual ese ganado se estaba transportando había sido supervisada hacía ya tanto tiempo que los linderos habían desaparecido! ¡Los bribones pastores no habían errado, porque no tenían ni idea de dónde se suponía que estaban! Seguramente los linderos no estarían en un viñedo, desde luego. Naturalmente. Pero, ¿cómo podría probarse eso en un juicio o ante el tribunal de] pretor urbano? ¿Conoce alguien, en cada municipium siquiera, dónde están los mapas que muestran las rutas, pistas y senderos reservados para ganado trashumante? ¿Y qué hay del hecho de que hace unos treinta años Roma absorbiera el total de la península Itálica bajo su dominio a cambio de conceder a toda la población la plena ciudadanía? ¿Hace eso que Roma tenga el deber de delinear las rutas, senderos y pistas para ganado de una punta de Italia a la otra? ¡Yo creo que sí!