– Entonces nos acercaremos a Craso.
– No, yo me acercaré a Craso -dijo suavemente César-. Después de la paliza que nos han dado hoy en el Senado a nosotros dos, no será una sorpresa para nadie que ahoguemos nuestras penas juntos en este momento. No se nos conoce como aliados naturales, así que dejemos que todo siga igual. Marco Craso y yo somos amigos desde hace años, parecerá lógico que yo forme una alianza con él. Y tampoco se alarmarán terriblemente los boni ante esa perspectiva. Si somos tres es cuando podremos ganar. Desde ahora hasta el final del año tu participación en nuestro triunvirato, ¡me gusta esa palabra!, es un secreto que sólo conoceremos nosotros tres. Deja que los boni crean que han ganado.
– Espero poder aguantarme el genio cuando tenga que tratar con Craso todo el tiempo.
– Pero si en realidad no tienes que tratar con él casi nada, Magnus. Eso es lo bueno de ser tres. Yo estoy ahí para hacer de intermediario, yo soy el eslabón que hace innecesario que Craso y tú os veáis con demasiada frecuencia. Ya no sois colegas en el consulado, sois privati.
– Muy bien, ya sabemos lo que quiero yo. Sabemos también lo que quiere Craso. Pero, ¿qué es lo que quieres conseguir tú con este triunvirato, César?
– Quiero la Galia Cisalpina e Iliria.
– Afranio sabe desde hoy mismo que tiene una prórroga.
– No tendrá prórroga, Magnus. Eso tiene que quedar entendido.
– Es cliente mío.
– Y hace el papel secundario después de Celer.
Pompeyo frunció el entrecejo.
– ¿La Galia Cisalpina e Iliria durante un año?
– Oh, no. Durante cinco años.
Aquellos vivos ojos azules de pronto se pusieron a mirar hacia otra parte; el león que tomaba el sol sintió que ese sol se escondía tras una nube.
– ¿Qué te propones?
– Un mando grandioso, Magnus. ¿Me lo reprochas tú?
Lo que Pompeyo sabía de César se iluminó ahora con un nueva forma de apreciación: cierta historia acerca de que había ganado una batalla cerca de Trales hacía años, una corona cívica por valentía, un cuestorado bueno pero pacífico, una brillante campaña en el norte de Iberia recién terminada, pero nada en realidad fuera de lo corriente. ¿Adónde se proponía ir? A la cuenca del Danubio, era de suponer. ¿A Dacia? ¿A Mesia? ¿A las tierras de los roxolanos? Sí, ésa sería una gran campaña, pero no como la conquista del Este. Cneo Pompeyo Magnus había batallado con formidables reyes, no con bárbaros ataviados con pintura de guerra y tatuajes. Cneo Pompeyo Magnus había estado en la marcha a la cabeza de ejércitos desde que contaba veintidós años de edad. ¿Dónde estaba el peligro? No podía haber ninguno.
Un escalofrío erizó el cabello del león; Pompeyo sonrió ampliamente.
– No, César, no te lo reprocho en absoluto. Te deseo suerte.
Cayo Julio César pasó por delante de los puestos que exhibían aquellos toscos bustos de Pompeyo el Grande, entró en el Macellum Cuppedenis y subió los cinco tramos de escaleras estrechas para ver a Marco Craso, que aquel día no había estado en el Senado, pues rara vez se molestaba en asistir. Se sentía herido en el orgullo, su dilema no estaba resuelto. La ruina financiera nunca era algo que había que tener en cuenta, pero allí estaba él con toda su influencia y completamente incapaz de cumplir lo prometido en lo que de hecho era una menudencia. Su posición como la mayor estrella y la más brillante del firmamento de los negocios de Roma estaba en peligro, su reputación en ruinas. Cada día importantes caballeros venían a preguntarle por qué no había logrado que se enmendasen los contratos de la recaudación de impuestos, y cada día tenía que intentar explicar que un pequeño grupo de hombres estaban guiando al Senado de Roma como quien guía a un toro con una anilla atravesada en la nariz. ¡Oh dioses, se suponía que él era ese toro! Y algo más que su dignitas estaba menguando; muchos de los caballeros sospechaban ahora que él tramaba algo, que estaba atascando deliberadamente las negociaciones de aquellos desgraciados contratos. ¡Y se le estaba cayendo el pelo como a un gato en primavera!
– ¡No te acerques a mí! -le gruñó a César.
– ¿Y por qué no? -preguntó César sonriendo mientras se sentaba en una esquina del escritorio de Craso.
– Tengo la sarna.
– Estás deprimido. Bueno, anímate, tengo buenas noticias.
– Hay demasiada gente aquí, pero estoy tan cansado que no puedo moverme.
– Abrió la boca y soltó un bramido a las numerosas personas que llenaban la habitación-. ¡Venga, marchaos a casa todos! ¡Venga, a casa! ¡Ni siquiera os rebajaré la paga, así que venga, marchaos!
Se marcharon a toda prisa, encantados; Craso los obligaba a todos a trabajar cada minuto mientras hubiera luz de día, y los días iban siendo cada vez más largos, pues se iba acercando el verano, aunque todavía faltaba mucho. Desde luego, cada octavo día tenían fiesta, y también eran fiestas no laborables las Saturnalia, las Compitalia y los juegos mayores, pero no tenían paga. Si no trabajabas, Craso no te pagaba.
– Tú y yo vamos a formar sociedad -le dijo César.
– No servirá de nada -respondió Craso moviendo la cabeza de un lado a otro.
– Servirá si somos un triunvirato Aquellos grandes hombros se pusieron tensos, aunque el rostro permaneció impasible.
– ¡Con Magnus, no!
– Sí, con Magnus.
– No quiero, y ya está.
– Pues entonces despídete de todo el trabajo de años, Marco. A menos que tú y yo formemos una alianza con Pompeyo Magnus, tu reputación como patrono de la primera clase está completamente destruida.
– ¡Tonterías! Una vez que seas cónsul lograrás que se reduzcan los contratos asiáticos.
– Hoy, amigo mío, me han adjudicado la provincia. Bíbulo y yo vamos a inspeccionar, medir y demarcar las rutas del ganado trashumante de Italia. Craso se quedó con la boca abierta.
– ¡Eso es peor que no conseguir una provincia! Es como para convertirte en el hazmerreír! ¡Un Julio… y un Calpurnio para ese asunto…! ¿Obligados a realizar el trabajo de funcionarios de poca monta?
– Me he fijado en que has dicho un Calpurnio. Así que tú crees que Bíbudo también lo hará. Pero sí, incluso está dispuesto a disminuir su dignitas sólo para ensuciarme a mí. Fue idea suya, Marco, y, ¿es que no te dice eso cuán seria es la situación? Los boni están dispuestos a tumbarse en el suelo para dejarse matar si ello significa que me matan a mí también. Por no decir a Magnus y a ti. Nosotros sobresalimos mucho en ese campo de amapolas, todo lo de Tarquinio el Soberbio se repite otra vez.
– Entonces tienes razón. Formaremos alianza con Magnus.
Y así de simple fue. No hubo necesidad de ahondar. Sólo hubo que ponerle debajo de la nariz los hechos y se dejó convencer. Incluso parecía que empezaba a ponerse contento acerca del proyectado triunvirato al darse cuenta de que, como tanto Pompeyo como él eran privat, no tendría que hacer ninguna aparición en público de la mano del hombre que más detestaba de toda Roma. Con César actuando de mensajero, las decencias se conservarían y aquella sociedad tripartita daría resultado.
– Será mejor que empiece yo a hacer campaña electoral en favor de Luceyo -dijo Craso cuando César se bajaba de la mesa donde estaba encaramado.
– No te gastes mucho dinero, Marco, ese caballo no galopará. Magnus lleva dos meses pagando fuertes sobornos, pero después de lo de Afranio nadie mirará a sus hombres. Magnus no es un político, no hace los movimientos adecuados en el momento adecuado. Labieno debería haber estado donde él puso a Flavio, y Luceyo debería haber sido su primer intento para asegurarse un cónsul dócil.
– César le dio una alegre palmadita a Craso en la calva y se marchó-. Seremos Bíbulo y yo con toda seguridad.
Predicción que las Centurias confirmaron cinco días antes de los idus de quintilis: César arrasó y consiguió el consulado senior, pues tenía a su favor, literalmente, a todas las Centurias; Bíbulo tuvo que esperar mucho más, pues la pugna por el cargo de cónsul junior fue mucho más reñida. Los pretores fueron decepcionantes para los triunvires, aunque podían dar por seguro el apoyo del sobrino de Saturnino después del juicio de Cayo Rabirio, y nada menos que Quinto Fufio Caleno estaba haciendo propuestas, pues sus deudas empezaban ya a hacer que se viera metido en graves apuros. El nuevo Colegio de los Tribunos de la Plebe era una dificultad, porque Meteio Escipión había decidido presentarse, lo cual daba a los boni nada menos que cuatro aliados incondicionales: Metelo Escipión, Quinto Ancario, Cneo Domicio Calvino y Cayo Fanio. En la parte más brillante, los triunvires contaban definitivamente con Publio Vatinio y Cayo Alfio Flavio. Con dos buenos y fuertes tribunos de la plebe bastaría.